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De las finanzas al vino: compró Sheraton Mendoza, es bodeguero y dueño de 1000 sombreros

Julio Camsen compró el hotel Sheraton en Mendoza. Experto en finanzas, es el presidente de un grupo de administración de fondos institucionales y familiares, que sumó una fintech. Hombre de campo, hace 10 años creó una bodega con tecnología de Israel.

- 11:20 El Cronista

Amante del aire campestre, los sombreros, los caballos, las finanzas, el turismo, la hotelería y las obras de arte, Julio Camsen encontró su lugar en el mundo en Gualtallary, corazón del Valle de Uco mendocino, donde hace 10 años plantó la primera cepa en su finca. Hoy, Huentala Wines tiene 230 hectáreas.

"Encontré allí un lugar que me enamoró a primera vista y me sigue erizando la piel", asegura el dueño del Sheraton Mendoza Hotel y tercera generación de un grupo de administración de fondos institucionales y familiares, que ahora suma una fintech financiera.



¿Qué es Huentala Wines?

Un sueño hecho realidad. Una bodega que no inicié como hobby, sino como un emprendimiento muy serio, bien diseñado y planificado. Apuntamos a ser una de las 10 de mayor exportación. De pequeño, aprendí a buscar la excelencia en todos los ámbitos de la vida y esta no es la excepción. Uno de los puntos más salientes es que nuestro producto es limitado, pues vendemos las uvas de nuestros propios viñedos, un diferencial determinante.



¿Cuándo empezó tu amor por el campo?

Desde que tengo uso de razón. Mi padre y mi abuelo alimentaron la pasión por estar en el campo de una manera muy sentida. Ellos promovieron mi amor incondicional por la vida agrícola y, dentro de este rubro, específicamente los viñedos y los animales. Gracias a ellos, descubrí un sentimiento único relacionado con la vida en la finca. Quiero trasmitirles a mis hijos y nietos el legado que heredé. ¡Mi nieta mayor plantó la primera cepa!



¿Qué es lo más importante que te enseñó el campo?

Muchísimo. Recuerdo que llevábamos una pala corazón en el baúl del auto y andábamos por el campo. Allí aprendí a trabajar la tierra, a hacer pozos y a comprender los suelos. Una de las grandes enseñanzas grabadas a fuego es que todo cambia permanentemente.

Hace 50 años, antes de la llegada de Michel Rolland a Salta, la forma en que buscábamos terruño fértil para el viñedo era muy diferente. La tierra no tenía que tener piedra: íbamos en pos de suelos más francos, limpios de impurezas. Asimismo, la planta se guiaba de otra manera. Aquel concepto que me inculcaron de pequeño cambió rotundamente con el paso del tiempo. Además, hemos descubierto que la piedra encontrada en el viñedo ayuda a que el grano madure de una manera óptima.

Por supuesto que todo ese devenir lo acompañamos con innovación. Hoy, en nuestro viñedo de Gualtallay, a 1400 msnm, trabajamos con tecnología satelital e inteligencia artificial junto a Taranis, una sofisticada empresa israelí. Así, podemos observar el viñedo desde arriba, lo que nos permite distinguir las partes húmedas, las secas y los tipos de plantas que tenemos en las diferentes parcelas.



¿Y cómo surgió tu amor por el vino?

Hace 25 años realicé un curso de sommelier y me di cuenta que el mundo vínico era mucho más complejo de lo que creía. Allí encontré el germen definitivo de la pasión, me entusiasmé y comencé a recorrer viñedos a caballo. Finalmente, tuve que elegir entre dos lugares que me cautivaron. Por un lado, Barrancas, en Maipú, a media hora de la ciudad de Mendoza, y Gualtallary, a una hora de distancia, frente al Cordón del Plata. Me quedé aquí, donde compré en el año 2002, pues entendí que era 'el' lugar. Me encariñé con el terruño, el paisaje y, desde entonces, no dejé de estudiar la zona. Desde aquel 10 de octubre de 2010, fecha en que plantamos la vid, junto al equipo enológico y agronómico, empezamos a hacer pruebas con diferente cepajes.

Estamos haciendo un gran trabajo de calicatas con el geofísico Guillermo Corona, quien está realizando una investigación muy profunda para conocer, con exactitud, qué tipo de suelos tenemos en cada hectárea. El objetivo es poder conocer cómo se alimentan nuestras plantas.


¿Cómo es tu vínculo con los mejores enólogos argentinos de todas las generaciones, devenidos en grandes amigos?

Con Marcelo Pelleriti, Roberto de la Mota y Jorge Riccitelli hemos realizado una partida limitada con uvas de nuestra finca en Gualtallary. Ha sido un concepto inédito en la viticultura nacional. En su máxima expresión de sensibilidad y con absoluta libertad, estos enólogos se convirtieron en editores, dando rienda suelta a su creatividad. Cada partida ha sido exclusiva y sus etiquetas llevaron su firma, propio de la genialidad de los artistas.



¿De dónde viene tu don de buen anfitrión?

Del mundo de las finanzas. A través de los años, descubrí que este negocio se hace desde las relaciones, la profundización de vínculos y en sociedad. Así, encontré un gran placer más allá de lo económico. Los clientes, que al principio representaban vínculos meramente comerciales, devinieron en amigos, a los que me gusta agasajar. Todo esto es fruto de hacer las cosas con responsabilidad.

Estoy focalizado en la reingeniería de la Argentina que vendrá. Actualmente, soy tercera generación dedicada al negocio de administración de fondos institucionales y de familias en Chimpay Inversiones Eficientes.

Bajo la tutela de hijo menor, que ya es cuarta generación, lanzamos la fintech Ohana, comunidad digital & billetera virtual que hace 4 años venimos desarrollando con 50 jóvenes profesionales.



¿Es cierto que usás sombrero desde tus 14 años y todo el tiempo?

La pasión por los sombreros surgió a partir de una necesidad. Cuando era muy pequeño, me tocaba esperar el turno de agua para regar la finca familiar. Aquel turno podía ser diurno o nocturno, según nos lo asignase el tomero. Cuando nos tocaba de día, usaba sombrero de paja (chupalla), que mojaba en la acequia, por donde pasaba el agua fresca y cristalina. Me acostumbré a tener siempre algo en la cabeza. Llevo sombrero puesto ininterrumpidamente desde mis 14 años. Lo uso en todo momento del día, sea una juntada con amigos, cumpleaños o cualquier tipo de evento social.

A través de los años, atesoro desde sombreros del noroeste argentino hasta californianos pensados para andar a caballo y australianos creados para realizar pesca con mosca. Tengo modelos con piel de camello o conejo, de paja natural, los Panamá y los confeccionados con diferentes cueros. Me enamoré de todos los formatos habidos y por haber, pues me gusta tener sensaciones especiales en mi cabeza. Así, surgió mi apodo: "el hombre de los mil sombreros".

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