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“Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre”

Evangelio según san Mateo 6,7-15

- 22:47 El Evangelio

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Vosotros orad así:

"Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal".

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas».

La oración es la fuerza del cristiano

Dios no sólo es el padre de Jesús, sino también nuestro padre; de cada uno en particular y de todos como familia suya y hermanos de su Hijo primogénito. Aquí encontramos expresado todo el mensaje espiritual de la Biblia. Cuando la rezamos con atención, lo que expresamos con nuestros labios transforma nuestro corazón, nuestros sentimientos, nuestra forma de pensar y de actuar.

Esta oración contiene siete peticiones, tres en honor de Dios: que su nombre sea santificado, respetado, alabado; que su reino se extienda por todo el mundo y llene el corazón de todas las personas; que su divina voluntad se cumpla en la tierra, como se cumple en el cielo.

Y a continuación siguen cuatro peticiones a favor nuestro: en primer lugar pedimos a nuestro Padre el alimento para cada día y el perdón de todas nuestras ofensas. Por último pensando en nuestros errores y pecados le pedimos a nuestro Padre que aparte de nuestro camino las tentaciones que nos acechan y los males que nos amenazan en la convivencia familiar, en el trato con nuestros amigos y vecinos. El perdón es un punto central en la oración cristiana.

Y por último decimos: "y líbranos del mal" o del Malo, con mayúsculas, que es el demonio. Él busca siempre nuestra perdición. Cuando abrimos la Biblia, vemos que él fue el tentador para arruinar a la humanidad. Y así termina la oración cristiana que, en su brevedad, resume todo el evangelio. Decimos con toda razón que la oración es la fuerza del cristiano. Lo sabía muy bien aquella madre cristiana que cuando llegaba la noche encontraba la tranquilidad para hablarle al Señor.


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