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“Anda, y no peques más”

Lectura del santo evangelio según san Juan 8, 1-11.

- 23:36 El Evangelio

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.

Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿Qué dices?”. Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.

Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”. E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: “Mujer, ¿Dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?”. Ella contestó: “Ninguno, Señor”. Jesús dijo: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”.


Jesús perdona nuestros pecados y acompaña nuestras debilidades

Este relato de Juan sobre la mujer sorprendida en flagrante delito de adulterio, pone a Jesús nuevamente ante el conflicto con la Ley y los fariseos. Jesús es un incordio para los estamentos del poder político y religioso de los judíos. Por eso intentan ponerle trampas.

“La Ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú ¿Qué dices?” le preguntan. Jesús, como en el relato del tributo al César, donde apela a la imagen que refleja la moneda, podría haber recurrido al Sanedrín, que era quien tenía atributos para sentenciar estos delitos. Podía haberse abstenido del confrontamiento. Pero en lugar de esconderse o rehuir su compromiso, se compadece de la mujer pecadora a la que ha perdonado sin prejuzgarla. “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”. Porque Jesús no ha venido a juzgar ni a condenar, sino a traer la salvación. Así, ante este reto todos fueron retirándose, empezando por los mayores, hasta el último. Y Jesús perdona a la mujer.

“Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”. Él se compadece del pecador, conoce la debilidad del ser humano, y como Dios mismo, quiere y busca la conversión del pecador para que por su arrepentimiento, llegue a la vida. No nos corresponde a nosotros ser jueces de los actos de los demás, porque sólo Dios conoce el interior de las personas.l Él nos enseña a ser condescendientes, tolerantes y generosos con los demás. Nos invita a tener un corazón compasivo y misericordioso. Dios nos brinda la opor tunidad de difundir el amor y la amistad, de disfrutar y promover el gozo del perdón y la reconciliación, de abrirnos al hombre nuevo, solidarios, capaz de paz y de esperanza. El hombre convertido, como el buen ladrón, que recibe la bendición de la salvación: “hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

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