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El Padre y Jesús moran en los discípulos

- 02:16 El Evangelio

En la perspectiva de su muerte, ya tan cercana, Jesús resume el significado de su vida y de su ministerio, y explica a los discípulos que su ida al Padre será beneficiosa para ellos. Su marcha no va a suponer una separación total, ya que van a continuar gozando de la presencia de Dios, aunque de otra manera.

 

"Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará y vendremos a él, y haremos morada en él". El encuentro con el "Viviente" se le promete al que ama. El acento se pone en la relación de amor que une al discípulo con el Hijo, y al Padre y el Hijo con el discípulo. La iniciativa la tiene el Padre, el entra en diálogo de amor con el discípulo que, por la fe, se ha hecho una sola cosa con el Hijo.

 

La morada de Dios y el Hijo en el discípulo es algo que se realiza en el presente de la fe de aquel que cree en el Hijo y guarda su palabra y lo ama fielmente. Los discípulos viven ya, desde ahora, la comunión perfecta con el Padre y el Hijo. Dios no habita ya en el templo, sino en el Hijo, y en aquellos que creen en él y lo aman.

 

La promesa de la presencia divina iba asociada a la condición de la fe: "Guardar mi palabra". Ahora, la inteligencia y apropiación de esta palabra por parte de los creyentes se dará gracias a la acción del Paráclito: el Espíritu Santo enviado por el Padre en el nombre del Hijo. El Espíritu Santo tendrá la función de enseñar y hacer que se recuerde la palabra de Jesús. Les ayudará a interpretarla correctamente, y los introducirá en la verdad misma. Es decir, los ayudará a hacer "experiencia" de la Palabra, que es Jesús.

 

El papel interpretativo del Espíritu, totalmente en relación con el mensaje del Hijo, hace de la comunidad el lugar en donde se recibe siempre de nuevo su revelación y se actualiza de forma creativa en la existencia de los creyentes. Esto significa que la palabra de Jesús permanecerá viva a lo largo de los siglos.

 

Conclusión

 

Siempre es bueno para la Iglesia, la comunidad de los discípulos, escuchar la Palabra, escuchar a Jesús. El nos habla hoy, como ayer. Escucharlo y ser fiel a sus enseñanzas nos predispone para que el mismo Dios venga a morar en nosotros. Esa presencia de Dios en la comunidad, por la acción del Espíritu, la une en comunión, hace que los discípulos nos amemos como hermanos, y nos impulsa a la misión para ser sus testigos en el mundo. Es el Espíritu el que nos comunica de parte de Jesús el don de la paz, para que construyamos una humanidad fraterna, sin discriminaciones ni injusticias, una humanidad capaz de construir una cultura de la paz, donde el diálogo y la búsqueda de la verdad sean las banderas que nos liberen de tantas esclavitudes y mezquindades. Los cristianos tenemos mucho para aportar, comunicar la paz de Jesús que es gozo y vida para el mundo.


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