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El Espíritu ayudará a los discípulos a conocer y amar a Dios

Juan 16, 12-15.

- 22:35 El Evangelio

Con Pentecostés se inicia una nueva etapa en la historia de la salvación, en la que Jesús se hace presente entre los discípulos a través del don del Espíritu.

La función del Paráclito es ser testigo: “él dará testimonio sobre mí”. Al escuchar al Espíritu, los discípulos no deberán dudar en su fe ni de la misión que tienen que cumplir. Cristo ha vencido al pecado y la muerte y los sostiene para que sean sus testigos ante el mundo.

Por eso, el Espíritu “los conducirá a la verdad plena”, para que conozcan a Dios que es Padre de misericordia y al mismo Jesús que dio su vida por nosotros. Si Jesús no condujo a sus discípulos a la verdad plena era porque ellos no podían todavía comprender la profundidad del misterio de amor que es Dios. Por eso, ahora, el Espíritu de la Verdad es el intérprete autorizado de Jesús.

Él transmitirá el “hablar” del Hijo glorificado, comunicará lo que le pertenece en propiedad por su comunión perfecta con el Padre. El Paráclito ayudará a los discípulos a entender las palabras pronunciadas y las acciones realizadas por Jesús, pero, más aún, comunicará la revelación presente que es la del Hijo glorificado en Dios.

El hablar del Espíritu no proviene de su propia autoridad, de la misma manera que tampoco Jesús hablaba por su propia iniciativa: el Espíritu oirá de Jesús lo mismo que Jesús oía del Padre. Si el Espíritu expresa lo que oye del Hijo es para comunicarlo. En este sentido, el Espíritu será la expresión del mismo Jesús. Lo que el Espíritu comunica, que es propiedad del Hijo, orienta no sólo al conocimiento del misterio sino hacia la vida que está en el Padre y en el Hijo, hacia la gloria dada desde toda la eternidad al Hijo, hacia el amor que es propio de Dios.


Conclusión

La revelación del Dios “Trinidad” es el misterio más sublime de vida, de comunión y de amor que nos comunica Jesús. Revela a Dios como Padre de misericordia que envía a su Hijo al mundo para realizar un proyecto de liberación y salvación que incluye la transformación de toda la realidad: humana y del cosmos. A la vez, envía al Espíritu de verdad, para que nos haga parte de ese misterio que Dios es en sí mismo. El Espíritu nos introduce en la experiencia del amor que es Dios, nos hace partícipes de su comunión de vida, para que podamos ser testigos de su presencia en el mundo. Por eso, para nosotros, la Trinidad de Dios no es una “idea para conocer y contemplar” sino una realidad de vida y amor para experimentar. El Espíritu, en este sentido, nos c o m u n i - ca la vida íntima de Dios que es comunión y vida.

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