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Biden, Putin y el peso de la experiencia

- 14:20 Opinión

Acaso como consecuencia de la ausencia de expectativas que existían de cara a la primera reunión entre Joe Biden y Vladimir Putin, el resultado de la cumbre entre el nuevo presidente de los Estados Unidos y su par de la Federación Rusa pudo resultar mejor que lo esperado.

Un intento por evitar una reedición de una “Guerra Fría” -de pronto un título tentador para la prensa- entre los poseedores de los dos mayores arsenales nucleares pudo despertar una suerte de moderado optimismo. Un corresponsal explicó que los mandatarios habrían entendido la necesidad de alcanzar un “compromiso de dialogar y de intentar entenderse”. Por lo pronto se selló un acuerdo de retorno inmediato de los respectivos embajadores a las dos capitales, después de varios meses de ausencia.

Precisamente Edward Luce, autor de “The New Cold War” (2008), escribió en el Financial Times que una combinación de bajas expectativas, ausencia de ilusiones y el modesto objetivo de estabilizar el vínculo con el Kremlin otorgaron a Biden un “sentido del realismo” del que escaparon anteriores presidentes. Esas austeras esperanzas contrastan con los intentos de mejorar las relaciones con Rusia que cada nueva Administración norteamericana ha procurado desde el fin de la Guerra Fría. Pero el vínculo entre Washington y Moscú parece condenado a una suerte de eterna repetición en el que los ensayos de incrementar las relaciones son seguidos inexorablemente por un período de deterioro de las mismas.

Decano entre los presidentes de las grandes potencias, Putin llegó a Ginebra cargado de experiencias -buenas y malas- a la reunión que dio inicio a una relación con el quinto presidente norteamericano con el que le toca convivir.

Al heredar el poder de manos del exhausto Boris Yeltsin, el último día del siglo pasado, Putin se convirtió en Jefe de Estado de una Rusia que había experimentado el trauma de la pérdida del imperio soviético y la turbulenta transición del socialismo al capitalismo sin escalas. Su contraparte entonces era Bill Clinton, quien atravesaba el tramo final de sus ocho años en la Casa Blanca. Por entonces, el Presidente de los Estados Unidos era sin dudas el hombre más poderoso de la Tierra. Washington había emergido como la única superpotencia en un mundo que había mutado de la bipolaridad a la unipolaridad. La Unión Soviética se había desintegrado, su imperio en Europa del Este se había derrumbado como un castillo de naipes y China aún no había logrado alcanzar el rol de potencia de primera categoría al que accedería más tarde. Una borrachera de optimismo recorría el mundo y muchos imaginaron el “Fin de la Historia”. Fue entonces cuando comenzaron una serie de malentendidos que persisten hasta nuestros días. La política de expansión de la OTAN no podía haberse hecho sin provocar a Moscú. Pero de nada servirían algunas prevenciones. Voces autorizadas, como la del legendario embajador George Kennan advirtieron que se trataba de un “error fatídico”. Pero esas prevenciones no fueron escuchadas.

La hermosa capital de Eslovenia, Liubliana, sería el escenario de la primera reunión bilateral entre George W. Bush (hijo) y Putin, el 16 de junio de 2001. Aquel día, de pronto embriagado de un optimismo un tanto excesivo, Bush aseguró que en su encuentro con su par ruso había podido “ver el alma en sus ojos”. Su vicepresidente, Dick Cheney, tenía otras percepciones: graficó que cada vez que veía al jefe del Kremlin no podía alejar de su mente un mismo pensamiento: “KGB, KGB, KGB”. Durante algunos años, sin embargo, rusos y norteamericanos conseguirían cooperar en la lucha contra el terrorismo. Putin ofrecería muestras de amistad. El 11 de septiembre se convirtió en el primer Jefe de Estado en comunicarse con Bush y ofrecer: “¿En qué puedo ayudarte? Pero los tiempos en que Rusia cooperó con los EEUU -por caso permitiendo el acceso a través de su territorio para la operación en Afganistán- se agotaron al poco tiempo. La segunda guerra de Irak provocaría un quiebre en el sistema global. La decisión de atacar al régimen de Saddam Hussein en forma unilateral, acompañado por pocos aliados y sin autorización del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, terminaría de alejar a Washington de Moscú.

La llegada de Barack Obama a la Casa Blanca coincidió con el interregno en el que Dmitri Medvedev ocupó la Presidencia y Putin pasó a actuar en su capacidad de primer ministro. Un tiempo que pareció ofrecer la posibilidad de “resetear” la relación. Pero una serie de decisiones conseguirían los resultados inversos a los declamados. Washington envió a Moscú un embajador -Michael McFaul- que fue visto por los rusos como un activista, circunstancia agravada por el hecho de que los jerarcas del Kremlin interpretaron que detrás de las “Primaveras Arabes” y las “Revoluciones de Color” se escondía una mano norteamericana. Una declaración de Hillary Clinton pareció diseñada para dinamitar la relación. Aquella tuvo lugar cuando la entonces secretaria de Estado aseguró que había “algo mal” en el resultado electoral de las elecciones parlamentarias de 2011 que fueron la antesala del regreso de Putin a la Presidencia. En tanto, la crisis en Ucrania y la anexión -o recuperación según Rusia- de Crimea generaron un colapso en las relaciones ruso-americanas, provocando la aplicación de duras sanciones y una caída significativa del precio del petróleo. Pero ese derrumbe en el valor del barril, de 115 a menos de 50 dólares, obligó a Putin a reorientar sus prioridades estratégicas hacia China, firmando un acuerdo de provisión energética de características “históricas” con Beijing en el verano de 2014.

Putin responde con burlas a las acusaciones de Biden, que lo llamó  'asesino' - Enfoque Internacional

Intuitivamente, Donald Trump insinuó que buscaría mejorar los lazos entre Washington y Moscú como una forma de contener el avance chino. Pero aquellas correctas tentativas chocarían con la imposibilidad real de conseguir esos propósitos. Una serie de acusaciones -reales o no- sobre la supuesta incidencia del Kremlin en la campaña electoral de 2016 tornaron en ilusorias las intenciones de alcanzar una distensión en la relación bilateral. Las perspectivas de mejorar la posición de los EEUU a través de consolidar un triángulo virtuoso entre Washington-Moscú-Beijing, al estilo de la audaz y revolucionaria diplomacia de Richard Nixon y Henry Kissinger en los setenta, tendrían que esperar mejores ocasiones.

Tal vez consciente de estas constantes históricas, el nuevo mandatario norteamericano haya ensayado una aproximación prudente, desprovista de las ilusiones con las que en su día Trump llevó a su cumbre con Putin en Helsinki (Finlandia) en 2018 pero sin repetir el exabrupto con el que se refirió a su par ruso en marzo de este año, cuando durante una entrevista televisiva lo llegó a calificar de “asesino”.

Probablemente Biden sea el hombre con mayor experiencia en materia de política exterior que ha llegado a la Casa Blanca en las últimas cuatro o cinco décadas con las solas excepciones de Richard Nixon y George H. W. Bush (padre). Esa realidad fue destacada por el especialista en relaciones internacionales y vicepresidente del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI) Francisco de Santibañes quien sostiene que “más allá de que Biden enfrenta presiones de los sectores más progresistas del partido, su vasta experiencia hace pensar que entiende que tiene que mejorar las relaciones con Rusia ante el crecimiento de China”.

Días más tarde, otros desarrollos hicieron florecer algunas esperanzas. El día 22, los gobiernos de Alemania y Francia hicieron un llamado a desarrollar una nueva estrategia frente a Rusia. Diplomáticos alemanes indicaron que la canciller Angela Merkel propondrá que la Unión Europea invite al presidente ruso a una cumbre con líderes del bloque, en una iniciativa que contaría con el apoyo del jefe del Elíseo Emmanuel Macron.

Razones históricas y presentes alimentaron esa aproximación. Berlín interpreta que la cumbre Biden-Putin podría proveer un marco para “revivir” las relaciones con Rusia, cuya mejora procura gran parte del establishment económico del país, el más poderoso de la Unión Europea. A su vez, las relaciones galo-rusas hicieron evocar a los memoriosos. Durante la década del sesenta, en plena Guerra Fría, el general Charles de Gaulle había impulsado una “relación especial” con la Unión Soviética. Su política hacia Moscú era compatible con su visión de una Europa integrada “del Atlántico hasta los Urales” que en los hechos implicaba un freno a los Estados Unidos y sus aliados del otro lado del Canal de la Mancha.

La iniciativa franco-alemana, sin embargo, despertó reacciones diversas. El premier italiano Mario Draghi se mostró de acuerdo con la búsqueda de reiniciar las relaciones con Putin, pero otras naciones del bloque expresaron su rechazo. En especial, la perspectiva generó inquietud en Polonia y los países del Báltico. Otros eventos contribuyeron a recordar los límites existentes en las deterioradas relaciones entre Rusia y las potencias occidentales. Inevitablemente, las maniobras de un destructor británico en el Mar Negro, al sur de Crimea, aumentaron las tensiones entre Londres y Moscú. Informaciones consignaron que la decisión fue autorizada directamente por el premier Boris Johnson pese a las “advertencias” presentadas por el titular del Foreign Office Dominic Raab, provocando un incidente diplomático, dado que el Kremlin exigió a Londres investigar la inmersión del buque de bandera inglesa en sus aguas territoriales, la que calificó como “grosera violación” de las normas internacionales.

En ese marco pueden leerse las claves de la cumbre Biden-Putin del pasado día 16 en la Ville la Grange, frente al Lac Leman. Aquella que mostró a dos experimentados estadistas “satisfechos, aunque no eufóricos”, tras la clausura de un encuentro del que nadie esperaba nada. Acaso como evocó el propio jefe del Kremlin -citando a Tolstoi- no existe tal cosa como la felicidad absoluta en este mundo. Tan sólo nos están reservados, de tanto en tanto, algunos destellos de felicidad.


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