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Cuba y nosotros

- 12:17 Opinión

Por Mariano Caucino.Especialista en relaciones internacionales. Ex embajador en Israel y Costa Rica.

La reciente controversia por la negativa del Presidente de la República a condenar las sistemáticas violaciones a los Derechos Humanos en Cuba amerita recorrer el fascinante y complejo vínculo entre la Argentina y ese país.

El triunfo de la Revolución liderada por Fidel Castro conmovió a los argentinos. El ingreso del líder a La Habana tuvo lugar pocos días antes de la visita de Arturo Frondizi a los Estados Unidos -la primera de un mandatario argentino a ese país en toda la historia- en ese enero histórico de 1959. En su visita a la Casa Blanca, Frondizi planteó al Presidente Dwight D. Eisenhower su inquietud por la situación cubana: “Castro no es un Betancourt con barba”. Oscar Camilión escribió en sus Memorias (2000) que el presidente argentino “se encontró con una gran indiferencia”. Castro llegó a ser recibido en Nueva York “como una figura que encarnaba los mejores ideales de la libertad y la democracia”. La Revolución atravesaba entonces su etapa romántica y sus consignas de liberación encandilaban al mundo.

Pero es más fácil hacer una revolución que mantenerse fiel a las causas que la motivaron. Más pronto que tarde el nuevo régimen abrazaría el comunismo y a través de encarcelamientos y ejecuciones instalaría una tiranía que persiste hasta nuestros días.

Una tragedia de seis décadas recién había comenzado. El impacto de los fusilamientos a los altos mandos del Ejército cubano encendió alarmas en las Fuerzas Armadas de nuestro país. El castrismo envenenaría por décadas la política latinoamericana a través de su decisión de “exportar la revolución” financiando y formando los movimientos guerrilleros que asolaron a la región.

Frondizi se encontró entonces frente a un dilema crucial. Por un lado, intentó inicialmente proteger la autonomía de la isla y respetar su soberanía ante la insistencia norteamericana de excluir a Cuba de la Organización de Estados Americanos (OEA). Cuba era víctima del subdesarrollo y Frondizi sostenía que esa era la verdadera causa de la expansión del comunismo. Los hechos se precipitaron en la cumbre interamericana de Punta del Este, en agosto de 1961. Para entonces John F. Kennedy había asumido la Presidencia y había lanzado su iniciativa de la “Alianza para el Progreso”.

La reunión mostró la división que se había producido en el sistema interamericano. El representante de Cuba, Ernesto “Che” Guevara, no adhirió a la declaración. La delegación argentina la integraban, entre otros, Roberto Alemann, Oscar Camilión, Arnaldo Musich, Leopoldo Tettamanti, Orlando D´Adamo y Horacio Rodríguez Larreta, asesor del canciller y padre del actual Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Un episodio singular tuvo lugar horas más tarde. Secretamente, Guevara viajó a Buenos Aires, donde fue recibido por Frondizi. Pero, como era previsible, la presencia del “Che” en Olivos fue descubierta por los servicios de inteligencia. El hecho aceleraría el conflicto interno entre el presidente y las FFAA.

Durante años persistirían las conjeturas sobre qué motivaciones condujeron a Frondizi a complicarse como mediador en la crisis entre Cuba y los Estados Unidos. El presidente argentino habría comprendido que la revolución cubana era irreversible pero que debía perseguirse el compromiso de que no buscaría exportarla. Camilión cree que haber recibido al Che Guevara fue un grave error por parte de Frondizi. “La iniciativa no tenía ningún sentido, porque el costo interno era incomparablemente superior a cualquier tipo de beneficio internacional que la Argentina pudiera recoger. Hasta el día de hoy no logro comprender por qué Frondizi dio ese paso, que fue muy mal visto por las Fuerzas Armadas y contribuyó a acrecentar la tremenda desconfianza que existía”. Frondizi había incursionado en un juego peligroso. En enero de 1962, en medio de una inmensa presión, rompió relaciones con Cuba. Pero ya era demasiado tarde. Meses más tarde sería derrocado, como consecuencia del resultado electoral de las elecciones provinciales del 18 de marzo de ese año que dieron el triunfo a una fórmula neo-peronista, algo inaceptable para la retrógrada mentalidad militar de la época.

Retrospectivamente, Frondizi tuvo razón. Había cometido un error político gigantesco pero su pensamiento estratégico era correcto. Haber excluido a Cuba del sistema inter-americano arrojó a Castro a brazos de los soviéticos.

La crisis de los misiles en Cuba pondría al mundo al borde de un conflicto nuclear entre los EEUU y la Unión Soviética en octubre de aquel año. El canciller Carlos Manuel Muñiz -luego fundador del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI)- actuó velozmente para despejar cualquier perspicacia. Argentina estaba del lado de los EEUU.

Una década después se inscribió un nuevo capítulo en las relaciones argentino-cubanas. Transcurrían los últimos días de febrero de 1974 cuando el entonces ministro de Economía José Ber Gelbard realizó una promocionada gira a la isla. Escondido bajo el pretexto de una “misión comercial”, la Argentina otorgó créditos al régimen castrista por cientos de millones de dólares. En su obra De Chapultepec al Beagle (1984), el embajador Juan Archibaldo Lanús aseguró que el crédito se ampliaría luego hasta alcanzar la cifra de mil doscientos millones de dólares. Ello equivale a unos seis mil millones de dólares de nuestros días.

El crédito de Gelbard a Cuba era parte de un esfuerzo realizado entonces para “ampliar los horizontes de exportación en mercados no tradicionales” lo cual implicaba en los hechos un acercamiento al bloque socialista. Gelbard viajó a Cuba acompañado por una gran comitiva, integrada por representantes de la General Motors, Fiat y Chrysler. Pero cuando, quince años más tarde, Cuba decretó el default de su deuda externa al verificar la imposibilidad de mantener la asistencia económica financiera de la Unión Soviética, los créditos otorgados por la Argentina cayeron en default. Todos los esfuerzos posteriores por intentar recuperar el dinero de los argentinos fracasaron. Uno tras otro. Cuba nunca devolvió un solo dólar.

La dictadura militar surgida del golpe de estado del 24 de marzo mantendría una errática política exterior. Por un lado, hacía gala de su adhesión a su cosmovisión “Occidental y Cristiana”, pero en medio de la guerra de Malvinas el canciller Nicanor Costa Méndez viajaría a La Habana buscando el apoyo del líder comunista cubano, entonces Chairman del Buró del Movimiento No Alineados. El abrazo de Costa Méndez con Castro sintetizó las contradicciones del Proceso.

La apertura democrática en 1983 abrió nuevos escenarios. Raúl Alfonsín se convertiría en el primer presidente argentino en viajar a Cuba. Su visita a La Habana en octubre de 1986 provocó críticas opositoras. En especial, porque su desplazamiento a la isla fue antecedido por su visita a Moscú. Pero el viaje de Alfonsín tenía una motivación especial: disuadir a Castro que cesara de alimentar al Frente Patriótico Manuel Rodríguez que con su accionar terrorista pretendía desestabilizar al régimen militar chileno de Augusto Pinochet. Las violentas acciones del brazo armado del PC chileno contribuían a alejar las posibilidades de una apertura democrática.

Fiel a su estilo, Menem combinó amabilidad en las formas y firmeza en sus convicciones en su relación con Castro. El dictador cubano enviaba habanos al riojano y éste retribuía atenciones con vinos de su propia bodega, pero las diferencias políticas eran irreconciliables. Durante diez años Menem sostuvo que en Cuba no había democracia y se preguntó una y mil veces por qué Fidel no permitía elecciones libres si era tan popular. En ese marco, condenaría en las Naciones Unidas las violaciones de Derechos Humanos en Cuba al tiempo que cuestionaba el embargo norteamericano sobre la isla. Una línea que en su momento sería mantenida por el gobierno de Fernando de la Rúa provocando que Castro lo atacara calificándolo de “Lamebotas yanqui”. Aquella votación en Naciones Unidas enfrentó ideológicamente a De la Rúa y su canciller Adalberto Rodríguez Giavarini con el ala alfonsinista y frepasista de su coalición. Pero De la Rúa se mantuvo fiel a sus principios y se aferró a la condena al régimen por su triste récord en materia de DDHH.

Por entonces Cuba atravesaba el período más difícil desde 1959. La caída de la Unión Soviética traería aparejadas las dificultades del denominado “Período Especial”. Los habitantes de la isla serían sometidos a la escasez más profunda. No pocos aventuraron que los días de Castro en el poder se acercaban a su fin. Andrés Oppenheimer escribió un libro titulado Castro´s Final Hour (1992) en el que explicaba que la desintegración del imperio soviético era un golpe demoledor. Pero su análisis olvidó una regla fundamental. Los comunistas no se rinden nunca.

Un cóctel de represión y apertura a las inversiones al turismo extranjero ofrecieron una solución para la supervivencia de la dictadura. El cínico Castro reemplazó el “Oro de Moscú” por las divisas de visitantes europeos y canadienses sedientos de sol, playas y sexo. Mejores noticias llegarían al finalizar la década. El régimen parasitario encontraría poco después otro financista cuando Hugo Chávez Frías llegó al poder en Venezuela. Después de diez años de penurias, Castro vio cumplir una meta de largo alcance. Controlar el gobierno venezolano, inmensamente rico en petróleo, había sido un anhelo desde hacía décadas. Los petrodólares de Venezuela alargarían la vida del régimen.

Para entonces en la Argentina había llegado al poder Néstor Kirchner. Su llegada al poder implicó un claro giro a la izquierda. Una temprana manifestación de ese fenómeno tuvo lugar durante la estadía de Castro en Buenos Aires para asistir a la asunción del santacruceño. En un interminable discurso en las escalinatas de la Facultad de Derecho, el dictador pontificó ante una multitud sobre las virtudes del socialismo. Más tarde volvió a su suite del Four Seasons. El flamante canciller Rafael Bielsa sostuvo dos días después que “no me atrevo a afirmar que en Cuba se violan los derechos humanos”, en una declaración que parece hermanarlo con las actuales autoridades. Pero las relaciones con Cuba se complicarían como consecuencia del caso de la doctora Hilda Molina y Kirchner nunca viajó a La Habana.

El fallecimiento de Kirchner inauguró una etapa en la que el gobierno de su sucesora viviría un creciente romance con Cuba. En enero de 2013, Cristina Kirchner hizo una promocionada visita a la isla. Los hechos coincidieron con la enfermedad terminal y la posterior muerte de Hugo Chávez, que fue comunicada el 5 de marzo de ese año. Algunos analistas sostienen que a partir de entonces los jerarcas cubanos comenzaron un estudiado y sofisticado cortejo de la presidenta argentina. Elucubraciones indican que, tentándola con una elevación a la categoría de futura líder de una suerte de liga tercermundista global, los cubanos lograron fascinarla. Una perspectiva como tal pudo encandilarla al punto que ello podría brindar una posible interpretación sobre los motivos eventuales de algunas medidas de política exterior aparentemente inexplicables. Sobre todo las adoptadas en el tramo final de su mandato. Algunas de las cuales acarrearon consecuencias dañinas sobre su figura y cuyos efectos se proyectan hasta nuestros días. Lo cierto es que las relaciones argentino-cubanas se intensificaron en el marco de una política exterior crecientemente anti-occidental.

El resto pertenece al presente o al pasado inmediato. El kirchnerismo perdió el poder en 2015 y durante la Administración del Presidente Mauricio Macri el vínculo con Cuba fue canalizado a través de correctos y discretos diplomáticos profesionales. Pero para entonces la Argentina había dejado de ser el aliado de los miembros del Foro de Sao Paulo para volver a sus tradicionales relaciones con los países democráticos de las Américas.

Esta cronología estaría incompleta si no se consignaran los frecuentes y prolongados viajes a la isla que Cristina Kirchner realizó, ya fuera del poder, durante aquellos años, sobre todo a partir de una desgraciada situación de carácter familiar. Sus extendidas peregrinaciones a Cuba alimentaron toda suerte de rumores. En tanto, un cuarto gobierno kirchnerista se inauguró en diciembre de 2019. En palabras y hechos, la diplomacia Fernández-Kirchner-Solá auxilió a las dictaduras de las Américas (Cuba, Venezuela, Nicaragua) en cada oportunidad que le fue presentada en la OEA o en otros foros internacionales.

En los últimos días se produjo una significativa manifestación de ciudadanos cubanos en reclamo de libertad, comida, medicamentos y vigencia de sus Derechos Humanos. Dotados de un coraje admirable, arriesgaron sus vidas frente a la brutal represión de los esbirros del régimen.

Desde los tiempos de Frondizi hasta el presente, Cuba ha estado presente una y otra vez en el devenir de nuestra política exterior. Después de sesenta y dos años, los ideales de su Revolución fueron olvidados para siempre y reemplazados por muertes, exilios forzados, miseria y hambre. Una realidad acaso incómoda para algunos que aseguran desconocer qué sucede en Cuba. Esa actitud tiene un nombre. Se llama negacionismo.

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