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Día de pesca

- 01:14 Opinión

Por Francisco Viola

Médico y doctor en Psicología



Soy un hombre de la universidad. He sido formado largamente en instituciones universitarias donde, también, han sido formados hombres y mujeres que ocupan y ocuparán puestos claves en nuestro medio. Gente que aprendió herramientas de trabajo y desarrolló aptitudes para poder hacer frente a las diversas problemáticas del mundo actual. Así, podemos decir, la universidad formó profesionales convencidos de su profesión y capacitados para ejercerlas, en muchos casos

Gente que en la mayoría de las veces venían de familias donde ya habían recibido una educación y, por lo tanto, estamos hablando de profesionales que tienen en su espalda más de 30 años de educación, entre la formal y la informal. Ellos son los que, muchas veces se han convertido en rectores de universidades, ministros de economías, pero también en diputados, secretarios de estado, gobernadores, presidentes, empresarios, jueces, etc.

Gente que ha sido educada para llevar a buen término una gestión, una empresa, una situación determinada. Evidentemente, si un país tiene universidades consideradas como buenas, es lógico esperar que los profesionales que egresan de ellas sean capaces y los académicos sean excelentes. Sin embargo, y digo lo ya dicho por otros, algo falla. Si, algo falla pues el sistema encuentra desigualdades, corrupción, ultrajes, humillaciones, incompetencias, logorrea incompatibles con la realidad, impunidades varias (oral, diplomática, pecuniaria), etc. Esta supuesta incoherencia entre formación y práctica más que una duda existencial, es una frustración que carcome el espíritu y, muchas veces, debilita el tejido social.

Pensando en ello, y sin quererlo, encontré la respuesta, lejos de la universidad. Para ser exacto, estando cerca de la playa donde he podido ver a los pescadores en su tarea cotidiana, en el trabajo compartido. Lo hice, cuando, un día participé de la pesca con ellos. Pues comprendí que existe en la observación de esas tareas mucho para aprender. No me refiero a fórmulas, ni a recetas, ni a recursos tecnológicos, sino a valores. No se trata de idealizar las cosas, pero si, ver en gestos cotidianos los valores que muchas veces no encontramos en otros sitios, donde se supone que existen más estudios y por lo tanto una mayor probabilidad de toparse con la verdad.

La pesca con red implica a muchas personas. Ellas tienen que estar alerta por lo que es su bien común: la pesca. Ahora bien, no se trata de salir a lo loco al mar, en el caso de “mis” pescadores. No, ellos pescan con una barcaza y con la red que ellos han tejido. El proceso comienza por identificar al cardumen cerca de la orilla. Una persona recorre la playa oteando el mar. Con paciencia y con seriedad hace su recorrido. Su misión consiste en reconocer el momento en que haya la mayor parte de peces cerca de la orilla. No es tan evidente y tampoco es algo que se hace así nomás. Son horas, muchas veces, de cara al mar, recorriendo arena y horizonte. Seriedad, responsabilidad y confianza. Vaya los primeros valores en concreto y en práctica. No como código deontológico, sino como práctica para el bien común.

Cuando logra divisar el cardumen, tiene que avisar al resto, nada de gritos, nada de corridas, el movimiento vertiginoso de una remera o algún trapo da la señal. Aunque parezca evidente, señalemos que para que esa señal tenga importancia, tiene que haber alguien para recibirla. Alguien dispuesto a esperar que otra persona comunique. Disponibilidad y solidaridad son ejecutadas con certeza.


Eso da inicio a una maquinaria que debe aprontarse rápidamente para ejecutar las nuevas tareas que deben realizarse: sacar la barca al mar, dejar caer la red, rodear el sitio donde se supone que están los peces. Todo esto salvo que no haya contraorden porque el cardumen se desparramó. Si eso pasa, todo vuelve a lo anterior, y no hay problemas, pues se mantiene todo con el mismo entusiasmo ya que la señal fue dada con cierta certeza y la disponibilidad está basada en esa confianza. Ahora bien, si se mantiene la orden, tiene que salir la barca, lanzar la red y rodear el cardumen, lo más rápido posible. Cada uno hace algo, hasta estar expectante pero dispuesto.

La barca sale de un lado de la playa, hace un semicírculo rodeando el cardumen y vuelve a la playa, los peces ya están rodeados por la red. Pero hace falta sacarlos con rapidez. La gente comienza a tirar. Allí es donde decido participar. Me encuentro de repente tirando de la red en un extremo del semicírculo. La gente se va moviendo, uno me mira y sólo asiente, es todo. Pocas indicaciones, pero justas: más para aquí, ustedes dos para allá, etc. Algunos se meten en el mar, a pesar de frío, pues tienen que bajar la red para que no se escapen algunos peces por debajo. Se tira, se jala, se va sacando la red, mientras eso pasa, los otros “oteadores” los que están más lejos llegan corriendo para poder tirar la red. Con fuerza. Las indicaciones son claras para los que están siempre, los otros “los foráneos” de la tarea jalamos sin movernos del sitio de la tarea.

Fuerza y movimiento tras un único objetivo. La red va emergiendo del mar, y con ella poco a poco los peces quedan atrapados en la malla. La tarea no es simple e insume mucho esfuerzo, fatiga el cuerpo y las manos duelen por la soga áspera. Supongo que ellos deben estar acostumbrados. Siempre la constancia en una actividad da los hábitos necesarios. Surge la nueva virtud sin esperarlo: constancia.

Finalmente, la red está fuera del mar, sólo parece que queda descansar sobre la arena junto a ella. Me dejo caer agitado sobre la arena, veo mis manos rojas, no de sangre sino de circulación, y contemplo red, hombres, barca y peces por alrededor mío. Allí percibo que la tarea sigue y los demás, los que trabajan de ello, continúan sin pausa. Así como un ballet cada uno hace lo suyo: unos sacan los peces de la red y los ponen bien lejos del mar. Peces que boquean y se agitan en la arena. Al hacerlo uno lo cuenta y proclama bien alto el número conseguido: cien. Confieso, me parecían mucho menos. Otros ya están en la próxima tarea, acomodar la red dentro de la barcaza. Todos de nuevo a la tarea, salvo los que nuevamente van a recorrer la playa para otear el horizonte.

El que se va a esta última tarea pasa, me sonríe y me dice, que agarre uno de los pescados pues me corresponde. Agradezco sonriendo, mientras pienso algo así como: “bueno, si, aunque después no lo haré”. El insiste, tome uno. Sigo sentado. Los demás trabajan. Pasan por la arena y los peces pequeños son devueltos con celeridad al mar. No se desperdicia y se piensa en el futuro. Un pez pequeño no sirve para alimentar a nadie y dejarlo en la playa priva de peces en el futuro. Tal vez no para su red, sino para las de otros, pero después de todo, estamos en la misma barca. No pensará en eso, tal vez, pero así es. Previsión, dedicación, economía. Vaya que hay virtudes en ello. Siguen subiendo la red sobre la barca, todos hacen algo, no se habla mucho, alguno fuma.

De nuevo unos desplazan los pescados, aún más lejos de la playa, los ordenan en fila, los cuentan nuevamente. Dicen que luego harán la repartija. Los ayudo a poner y me dispongo a irme. Uno me mira, me dice “ya se va, ¿si?, tome uno”. Esta vez no puedo evitarlo, espero, me da una tainha, y me dice sonriendo “puede hacerla al horno. Queda muy rica”. Solidaridad, estamos todos en un mismo barco, gratitud, reconocimiento, generosidad.

Demasiadas virtudes hay en esta actividad y a fuerza de hacerlas real para poder sobrevivir, seguramente se hacen hábitos reales. No son aptitudes, son actitudes templadas en el quehacer cotidiano.

Allí está la respuesta y al mismo tiempo el calvario: ¿Por qué diablos no viene como materia obligatoria en nuestras universidades el participar de las tareas de la tierra? Tal vez si lo hicieran, nuestros superdotados estudiantes y profesionales tendrían un poco más de eso y a lo mejor las aptitudes se acompañarán de actitudes fundamentales para hacer las cosas bien: repaso la lista de virtudes y no me queda más que lamentar que tanto gobierno no las haya tenido. Tal vez, la metáfora del pescador no era tan mala cuando se la propuso hace casi dos mil años.



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