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Por el día del mañana y por el mañana

- 23:42 Opinión

Por Francisco Viola

Médico y doctor en Psicología

Hay una canción que me gusta mucho que dice algo así como: “y si estuve en otra vida fui mujer… cuando me miro las manos”. Es, tal vez, “la mano” una maravilla síntesis de nuestras opciones como ser humano. Nuestras manos son, por ejemplo, el salto cualitativo de nuestra humanidad por la famosa oposición del pulgar, pero, también, es un bello ejemplo de la mítica esencia mágica que nos rodea a todos y todas cuando damos la mano como un gesto de sincera compañía. Es la mano la que construye y es la mano la que empuña el puñal que asesina. Es la mano que recibe y es la mano la que rechaza. Es la mano que vota, es la mano que impide. Es la mano la que acaricia y la que golpea.

Miro mis manos y encuentro en ella lo femenino que me acompaña, que me invita. Es la mano la que trasmite ternura y es la mano, la que logra, a veces, bailar. Son estas manos las que escriben estas líneas y las que, no en pocas ocasiones, reflejan amor, exasperación, impotencia, dolor, esperanza, entre otras cosas. Manos, manos capaces de todo y al mismo tiempo con tantas limitaciones.

¿A qué viene este cuento en este día tan específico? –Día de la Mujer, recuerdo- Sería la pregunta obligada. ¿Un simple delirio? Ojalá los tenga seguido, en su sentido más utópico. Pero no, no es en este caso; las manos son la metáfora que manifiesta la necesidad infinita de recordar en que parte de la distancia de nuestra humanidad están nuestras manos. Un 8 de marzo de 1857: ciento treinta mujeres fueron muertas en un incendio en la fábrica donde trabajaban (es una forma de decir, puesto que las condiciones eran bastante deplorables y podríamos hablar de esclavitud sin enrojecernos). Ese día, manos masculinas cerraron un galpón para luego quemar a manos femeninas. Manos de un lado y manos de otro lado, Sin embargo, entre ellas una distancia sideral que implica dos opciones de vida. Es decir, entre la distancia entre quien utilizan las manos para agredir y las manos para acoger; entre aquellas que son usadas para construir y aquellas que sirven para destruir; entre quienes utilizan las manos para la brutalidad y los que la utilizan para bailar; entre los que la utilizan para oprimir y para liberar; entre los que la utilizan para la fuerza bruta y los que la utilizan para el amor. Entre esas distancias, la pregunta fundante para una sociedad que deseamos son dos: ¿dónde ponemos nuestras manos, simbólicamente hablando: en las cadenas que cierran las puertas o en quienes las impiden? Y, obviamente: ¿Qué sociedad queremos construir para el futuro en relación a esto?

Para responder la primera pregunta, sugiero que este 8 de marzo, aunque también cada día, sería bueno imaginar las manos que fueron siempre femeninas, es decir que ofrecieron un poco de calidez, de confianza, de cariño, de compañía, de placer, de alegría y procurar sentirlas nuevamente, no como un recuerdo sino como una inspiración. Quizás, si lo hacemos, seamos capaces de hacer un paso más, hacia lo mejor de nosotros mismos, eso que nos espera, muchas veces, en alguna parte de nuestra esencia.

Para pensar la segunda pregunta: el camino es cotidiano y lo decimos tantas veces la educación como norte (particularmente la educación sexual integral), los DDHH como brújula, el empoderamiento de las personas como metodología y la equidad en los recursos como plan estratégico.

Hoy, levantemos nuestras manos, como un deseo y una convicción que seremos capaces de intentar que nuestras manos bailen la alegría de estar vivos y defiendan lo necesario para evitar esos malos 8 de marzos que siguen pasando. Quizás así, estemos homenajeando mejor a ese femenino que queremos y, también, a nuestra propia humanidad. l


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