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Besar

Por Francisco Viola. Médico y Dr. en Psicología.

- 01:42 Opinión

El martes pasado fue 13, con su famoso “ni te cases ni te embarques”. Lo primero parece ser que ha descendido en la Argentina y lo segundo, pandemia de por medio, también. Pero también los 13 de abril se instauró el día internacional del beso. Surgió por un gancho comercial, como recuerdo del día en el cual, hace pocos años, una pareja logró el récord Guinness de duración de un beso. Nada romántico, nada sensual, nada más allá de la paciencia y el objetivo del record.

Pero sirva eso para, en esta ocasión, escribir sobre el beso como gesto romántico/sexual/sensual. Lo hago porque creo que es uno de los ejemplos más plenos de la humanidad. Efectivamente, por la amplitud de sus significados, por la simplicidad de su ejecución, por la evidencia de sus efectos y por las posibilidades de su alcance. Me quedo con esa idea que vuelve a mí.

Ahora bien, esta idea conlleva comprender que besar es más que una gimnasia de labios. Besar es una antología de nuestros andares. Es la opción que nos ofrece nuestro cuerpo para que, en un movimiento de músculos y mucosas, podamos sintetizar milenios de evolución y de porvenir, aunque sean besos de un momento únicamente. Por eso un beso es un bosquejo de nuestras ambiciones, un plano del laberinto de nuestro futuro. Se condensan en esos movimientos tan simples, la imperiosa necesidad del otro que define a la humanidad. Por más que un beso sea circunstancial, por más que sea alejado de todo sentimiento, por más que sea un gesto vacío. Aún en esos casos, el otro siempre está presente. No pretendo por ello decir que el beso es la perfección del ser humano, pero vaya que en el podemos exponer nuestras imperfecciones que, paradójicamente, es una de las perfecciones del ser humano. Perfección que se alcanza no por hacerlo de modo artístico o impecable sino porque podemos condensar, en ese movimiento, la suma de los universos que nos componen.

Si uno rememora los besos dados pueden aceptar que el mismo puede servir como una puerta infranqueable o el hilo de Ariadna para cualquier laberinto. Es lo que te invita a sumergirte en el arte del encuentro, en la vivencia de la intimidad o, en ocasiones las señales de atención para que te evites los problemas.

Ahora bien, un beso, el buen beso –no el perfecto, sino el realizado con cierta dedicación- es, sin dudas, aquel que nos permite autorizar deseos, manifestar sentimientos, energizar el instante, codificar el infinito, o simplemente transitar un momento único -que queramos irrepetible por lo de eterno o lo de fugaz-, que, en ocasiones, nos permite respirar el alma. Ese beso es el lujo que nos debemos permitir, buscándolo sin prisa, sin pausa, sin vueltas, sin obligación, con deseo.

El Kamasutra, del cual nos ocuparemos en otra columna, expone 22 formas de besar, mostrando que besar es más que mucosas, músculos y saliva. Es comunicación que podemos hacer, descubrir, perfeccionar. Tiene los múltiples sentidos que podemos crear y, con ello, imaginar universos y, valga decirlo, crearlos. Es más que los labios sobre donde decidas y te acepten. Es una forma posible de diálogo. Un gesto que oscila entre esa pequeña nada y una gran intimidad. Porque el beso es la amplitud de los sentidos condensada en un gesto que está entre lo pasajero que puede ser o la puerta que abre donde estar un momento de eternidad efímera.

Escribo esto y pienso en dos cuestiones que no podemos soslayar: la primera que estamos en pandemia por lo tanto debemos tener los cuidados que esto implica. Lo segundo, que besar, sigue siendo un termómetro de la pareja. Un termómetro, valga esta imagen en esta época, nos permite evaluar la situación para tomar medidas al respecto para mejorar. Así que comprendamos que besar es animarse. La intencionalidad puesta a prueba. El consentimiento como norma, la disponibilidad como energía, la intimidad como intuición. El otro como necesario, imprescindible, importante. Uno como participe presente, activo y dispuesto. Siendo, siempre, el otro y uno casi al mismo tiempo.

Besar es una prueba más que la humanidad tiene las herramientas para ser mejor. Para ser, definitivamente, superiores. No como dioses, sino como humanos que comprenden que el otro es nuestra salvación



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