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El humor y la salud

Por Alberto Tasso.

- 02:36 Opinión

A Carlos Carabajal

Entre tantos buenos aportes para el cuidado de la salud que leo y escucho en la prensa y la radio, provenientes de especialistas de múltiples disciplinas, no he visto aun referencias que concedan al humor el lugar que merece. El producto, en su mayor parte de elaboración artesanal aunque también puede ser industrializado, viene en diferentes formatos, envases y sustancias, a saber dichos, escritos, dibujos, canciones, gestos y actuaciones. No lo distribuyen los boticarios, no figura en los recetarios médicos, no se administra en clínicas o sanatorios ni figura en los manuales de Clínica General.

Sin embargo es de uso público y gratuito, salvo si viene envasado en libro, disco o entrada a un espectáculo (por ejemplo Garrick o Les Luthiers en su tiempo). Lo hallamos en el diálogo familiar, la conversación con amigos y amigas, la mesa de café (cuando la frecuentábamos sin barbijo), en la sabiduría irónica del viejo y la crítica satírica del joven, en el refrán y la filosofía, en la política y desde luego el cine y el teatro.

Cada cultura y cada sociedad posee un humor característico, y la nuestra no es una excepción. Más aún, diré que descolla en ese arte singular, a la vez intimista y social, hasta el punto de haber creado un estilo con múltiples expresiones. Una de ellas es el relato oral que narra anécdotas referidas a personajes y situaciones más o menos reales, adobadas con el lenguaje popular.

El humor santiagueño ha sido analizado por Bernardo Canal Feijóo desde la psicología y el folclore en “El reverso humorístico de la tristeza criolla” (1940) y por Jorge Washington Ábalos en “Como dijo un santiagueño” (1948). El tema requiere un libro que ya estamos escribiendo, guiados por la frase del olvidado y desdentado poeta Plauto “La prosa y la risa valen más que la prisa”, la del médico (autotitulado) Dr. Jordán Yleret “El humor mental distiende el sistema neuronal, el oral el muscular y el gestual el óseo” y la del místico Apócrifum “Si aprendes a burlarte de ti mismo podrás entretenerte en este aburrido mundo”.

El Almanaque Humorístico de 1900

Como ejemplo de la bibliografía disponible, hoy me refiero a este libro de singular historia, que Canal Feijóo llamó “la primera obra indígena de la literatura santiagueña”. Se trata del Almanaque Humorístico para 1900, que imitando los almanaques usuales que evocaban al santoral día por día, enumera 365 “santos” y “santas”, personajes reales identificados por su nombre de pila y un apodo que los hacía reconocibles por un rasgo de carácter, ocupacional o físico; no pocas veces se trata de quichuismos.

La publicación causó sensación. 24 horas después desaparecían los ejemplares: la policía, por razones de “moralidad y buenas costumbres” los retiró de la circulación, incautándose de la edición. Se han conservado pocos ejemplares. Una copia llegó a manos de un periodista de EL LIBERAL que la publicó en su momento y fue incluida en el Número del Cincuentenario del 9 de noviembre de 1948.

Su autor era Daniel Soria, de 40 años, escribano público y diputado provincial, perspicaz observador y atento escucha del habla popular y su humor satírico. “Este almanaque -explicaba el autor- no tiene otro objeto que el de hacer conocer de los lectores los hombres con que las generaciones pasadas” y las presentes llamaban y llaman actualmente a los habitantes racionales de Santiago. Algunos han tomado su denominación de una palabra de cariño; otros, por defectos físicos; aquéllos, por el arte, oficio o profesión que desempeñaban; y los menos, con el fin de ofenderlos, cosa bien lejos de nosotros. Al publicarlos sólo nos guía el propósito de que los renombres o reapellidos con que nos llaman actualmente y los nombraban antes, no se extingan, y así como queremos que los nuestros se conserven, anhelamos también que los demás se perpetúen, para que las futuras generaciones conozcan esas denominaciones. Rogamos, en consecuencia, que no los tomen como una ofensa, sino como una palabra de cariño y como un recuerdo del aprecio que conservamos a los que fueron y a los que nos lean. Pedimos igualmente que no tengan en cuenta para nada al cumplir sus obligaciones religiosas, los santos y días que consignamos, porque ellos están colocados al capricho y mal gusto del autor. Hecha esta aclaración, facultamos a todos los que quieran aceptar, que ayunen el día que les parezca o que no tengan qué comer, que guarden fiesta cuando les dé la real gana o que no tengan qué hacer y que celebren el santo a quien más fe le tengan o que les convenga”.

El libro contiene, además, pronósticos y movimientos astronómicos, que cito con la pluma de Canal Feijóo en “El primer humorista santiagueño” (Revista Vertical Nº 17, 1940).

Era un opúsculo de 50 páginas organizado a imagen de los almanaques corrientes. Anunciábase allá, por ejemplo, que “todos las sábados habrá eclipse total de deudores, y los acreedores serán visibles en todas las calles”. Sobre movimientos astronómicos señalaba que “todas las mañanas la Tierra abrirá la puerta al Sol, para que salga del otro lado del Río Salado, pase por sobre el Dulce y el Cerro dé Guasayán, y vaya a ocultarse del otro lado del Ambato”. Vaya una consecuencia envidiable, comentaba el autor; cuántas mujeres desearían que sus adoradores sean así...

En materia de pronósticos, aseguraba “que los jueces políticos dictarán sus fallos condenando al enemigo político, que los empleados serán igualmente libres para votar por los que mandan, que no habrá cuatreros si las autoridades no les ayudan, que las langostas harán menos daño al erario nacional que las comisiones encargadas de extinguirlas, que los hombres andarán en dos pies, aunque los más, entre ellos el autor, mejor lo harían en cuatro”.

En el santoral del mes de septiembre encontramos a San Ramón Jabonero, San Napoleón Cabezón, Santa Eulalia Lluchuca, San Benito Champi y San Pablo Punta-e-poncho.

La obra estaba prologada por Pablo Lascano que afirmaba “Una palabra, un mote, es a veces la punta de un hilo que conduce a la raíz de ciertos y determinados acontecimientos. Un sobrenombre suele caracterizar una familia, una costumbre; y todos estos datos son materiales para el historiador, para el filósofo y aun para el filólogo. Las multitudes son olvidadizas, y ha hecho usted una buena obra archivando en su calendario a los que en la sucesión de los días contemporáneos fueron bautizados y crismados por las auras populares”.

Este acertado juicio ayuda a valorar el curioso libro que comentamos, muestra de las funciones del humor, en este caso descriptivo y satírico, aplicado con gracia a personas y costumbres, en especial a la política. La crítica hizo bien a la salud de la democracia que nacía en una sociedad con rígida estructura de clases, opresión de los sectores populares y escuela pública que prohibía el quichua, a las que se sumaba la pandemia del paludismo.

¿Sorprende que el humor ayude a superar los momentos difíciles? De ningún modo, como nos informa Carlos Carabajal en su inolvidable relato “Velorios eran los de antes”.


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