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La pila de piedra

Por Juan C. Castiglione.

- 02:30 Opinión

Es cuestión de estar en la montaña para comprender los riesgos que impone el desafiarla. ¿Cómo es posible guiarse en zonas agrestes y escabrosas? El escritor salteño Juan C. Dávalos relata en el cuento “El viento blanco” la penuria de cuatro baqueanos que debían arrear cien toros y adentrarse en los Andes, cuando “un nublado tapó todos los rumbos, el camino se borró bajo la nieve”. Los cerros son traicioneros, y por eso Dávalos pone en boca de Calloja que “No hay que jugarse con la cordillera”. Felizmente, Antenor Sánchez, el patrón del grupo, descubre algo que los orienta y dice: - “Allá está la apacheta. Por aquél filo hay salida”.

La apacheta (en aimará, apachita) es un apilamiento de piedras que guía desde hace centurias a los nativos en las montañas sudamericanas. ¿Cómo y por qué surgieron estos amontonamientos de piedra?

Si los anales históricos son certeros, a la orden dada por el onceavo soberano Topa Inca Yupanqui, hace más de quinientos años, los indígenas comenzaron a apilar piedras en los cerros de estas latitudes, según legado de Felipe Guamán Poma de Ayala en “Nueva Crónica y Buen Gobierno”.

Pero no está claro para qué construían las apachetas los indios, ya que hay amontonamientos pétreos de varios tipos. Están los cónicos, colocados astutamente en los pasos o abras en donde el paisaje cambia de un espacio a otro, o a la vera de las sendas en las amplias mesetas de altura, condiciones que favorecen extraviar al caminante. Otros apilamientos forman montículos que imitan el perfil de la montaña asociada, como el del volcán Misti.

Las apachetas señalan la cartografía segura para el buen camino en los puntos cruciales, pero trascienden la función visual, porque invitan al viajero a una dilación ritual. El indio y el lugareño se acercan a la apacheta, y en tradición sagrada que viene del Inca, adoran al creador Pacha Camac. Cada cual deja su piedra, que será parte del mojón cónico, como voto perdurable que subsistirá a su propia muerte, y que unirá en forma real su camino con el de sus hijos y nietos. A la piedra suman otra ofrenda de flores, paja torcida a lo izquierda, mascadas de coca, pelos, y cosas que se degradan e ingresan a los brazos poderosos e invisibles de la Mama Pacha. Así, las apachetas abren puertas arcanas que permiten el dialogo profundo con las fuerzas de la tierra, según el exquisito ritual de las creencias andinas.

El Inca Garcilaso de la Vega dice en “Los Comentarios Reales de los Incas” (Tomo I, Lima) que el vocablo apacheta alude al que hace llevar, aunque observa la sutileza de los indios, quienes no aclaran quién es el que lo expresa ni qué es lo que hace acarrear. ¿Es el caminante o el creador? ¿Es el viaje del momento, o el de la vida plena? ¿Es trasladar la carga del trayecto o la de toda la existencia, con las penurias a cuesta?

La seriedad con que el lugareño vuelve su atención al rito, el hondo agradecimiento, el clamor por ayuda en el traslado y la seguridad en la integración de mundos para otros inadvertidos, hablan de la necesidad que todos tenemos de un peregrinaje profundo y de ser asistidos en ese viaje.

La rica tradición andina fue lamentablemente perseguida por los españoles, quienes luego del Concilio de Lima ordenaron la destrucción de las apachetas, pensando que luchaban contra idolatrías y supersticiones. Afortunadamente, el plan no pudo ser completado, ya que los lugareños se resistieron y continuaron la afanosa tarea de alzar pilas de piedra, prolongando la devoción ancestral a las fuerzas de la illa y la ispalla.

La apacheta es una pila de piedras, pero mientras viva un solo devoto de los Andes, no será algo inerte. Puede que esas rocas rocen la superficie, pero conectan y abren a un mundo oculto y maravilloso. La unidad de las esferas integradas le da vigor al viajante, lo ayuda a sobrellevar la carga y lo orienta en la búsqueda profunda. Gracias a los montículos, quien se adentra en nuestras montañas se une a sus antepasados, y con su propia ofrenda aguarda sereno el encuentro venidero de sus hijos. De alguna manera, el tiempo allí se detiene y lo material se embebe de espíritu.


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