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El debido respeto

Por Sergio Sinay

- 07:59 Opinión

En su Diccionario del uso del español, invalorable joya para quien ame a la palabra como herramienta esencial de la comunicación humana, la filóloga zaragozana María Moliner (1900-1981), quien en épocas oscuras sostuvo un compromiso conmovedor con la lengua que hablamos, define la palabra convivir como vivir con otro en la misma época y en el mismo lugar. Pero no se detiene allí. Agrega palabras conexas a esa idea, como conversar, tolerar, coexistir.

Personalmente incluyo también estos conceptos: asociar, aceptar, aunar, compatibilizar, consensuar, integrar. En cada uno de estos vocablos está implícita una presencia.

La del otro, el prójimo, el semejante. Y todas ellas se pueden sintetizar en una idea: convivir es respetar. Parece obvio, aunque sin embargo ha dejado de serlo. Vivimos tiempos en los que se hace necesario rescatar la presencia del otro, requisito básico para hablar de valores, de ética y de moral. Todo valor moral, desde la honestidad a la sinceridad, desde la confianza a la responsabilidad, pasando por cada uno de los que podemos enumerar, solo es concebible a partir de la alteridad.

Se es honesto, sincero, responsable, confiable, puntual, comprometido, con el otro. Si eliminamos su presencia eliminamos el valor al que nos referimos. Los valores no existen antes que las personas, y mucho menos sin ellas. Porque son la savia de un contrato moral por el cual nos comprometemos a respetarnos más allá de nuestras ideas, gustos, historias, idiomas, niveles sociales, económicos o culturales, razas, nacionalidades. Respetarnos. Esa es la palabra clave.

El valor intrínseco

Ya en el siglo dieciocho, en sus Lecciones de Ética, el filósofo Emmanuel Kant (1724-1804), uno de los pensadores más vigentes e influyentes de Occidente, había considerado que el respeto, a diferencia del amor, por ejemplo, es absolutamente obligatorio entre los seres humanos. No estamos obligados a amar a todo el mundo, decía. Lo cual, por otra parte, sería imposible, ya que el amor es una construcción que requiere tiempo, presencia, acompañamiento, experiencias compartidas, tanto dolorosas como gozosas. Amar a todo el mundo significa expresar una abstracción y puede terminar en no amar realmente a nadie, porque el amor necesita encarnar.

Pero el respeto, señalaba Kant, sí es obligatorio e independiente del camino o las experiencias compartidas con otra persona. Según su pensamiento cada uno de los seres humanos tiene un valor intrínseco. Es decir, vale por sí mismo, no por los servicios que presta, por las expectativas ajenas que satisface, no por su “valor de uso”.

Ninguna persona debe convertirse en instrumento de otra y, de acuerdo con Kant, en ese valor intrínseco consiste la dignidad. Respetamos la dignidad del otro, no su profesión, su historia, sus ideas (especialmente si coinciden con las nuestras), su religión, su raza o nacionalidad. Al contrario, sostenía el filósofo alemán, hacemos abstracción de todo ello y respetamos a cada ser humano por su existencia, por su “valor intrínseco”.

Sobre esta base vienen otras consideraciones. Ese respeto inicial y obligatorio debe, sin embargo, ser ganado. No puede ser usado como salvoconducto para hacer cualquier cosa o para sentar un privilegio.

Un padre o una madre serán respetados como tales en la medida en que cumplan con sus funciones y no solo por la invocación del rol. Respeto no es obediencia. Y no se funda sobre la base del temor. Las autoridades o un mandatario (o mandataria) no serán respetados por el cargo que ocupan sino por la forma y los valores con los que ejercen ese cargo. Es la dinámica de las interacciones humanas la que da vida, contenido y trascendencia a la noción de respeto que, de lo contrario, queda en un mero enunciado.

La trama más delicada El respeto, como se ve, se consuma a partir de una verdadera convivencia y no del simple rejunte o amontonamiento de seres humanos bajo categorías tales como familia, sociedad, nación, etcétera. Debe ser ratificado cada día a través de conductas, acciones y actitudes. Y va más allá de la simple cortesía o amabilidad. Porque se puede ser cortés y amable en las formas y convertir a estas en simples coberturas para la inmoralidad, la corrupción material y moral, para la indecencia, para la manipulación.

Donde hay auténtico respeto están ausentes estas acechanzas. Cuando el respeto se ausenta, las tramas humanas se rompen y comienza la fragmentación que nos lleva a agruparnos en tribus en las que solo se acepta al que tiene las mismas creencias, ideas, gustos y prejuicios. Tribus de autoconfirmación, en las que el que no pertenece es enemigo o sospechoso. Lo que hoy se conoce como grietas, y que se encuentran no solo en la política, sino en cualquier ámbito de la vida, incluido el plano íntimo. Según el sociólogo israelí Avishai Margalit, autor de La sociedad decente, en las sociedades que él denomina de esa manera las personas se respetan entre sí y las instituciones respetan a las personas. En las sociedades que denomina “humillantes” ocurre que las personas no se respetan entre sí, no respetan normas, reglas ni leyes (cunde la anomia) y, a su vez, no son respetadas por las instituciones, los funcionarios y los gobernantes.

El respeto es una trama delicada en la que basta que se corte o rompa un punto para que todo el tejido se diluya. Y, como sucede con todos los valores, es en los pequeños actos y actitudes cotidianas que ejercemos en nuestra intimidad, en la familia, en el trabajo, en la vida urbana, en la social y en nuestro comportamiento ciudadano, en donde esa trama comienza a tejerse o destejerse. Fiestas clandestinas, ignorar el uso de barbijo (“porque me molesta”, “porque estoy sano”, “porque leí que no sirve”, etc.), festejos a espaldas de la ciudadanía en los palacios del poder, vacunaciones de privilegio, compra de certificados falsos, promesas incumplidas y tantas otras conductas públicas y privadas evidenciadas durante estos meses largos y especiales, bien pueden tomarse como síntomas de cómo estamos en materia de respeto. Y también como un recordatorio para repasar las propias conductas y alinearlas con este valor imprescindible para cualquier idea de convivencia. l


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