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Día del médico y de la médica

por FRANCISCO VIOLA. DR. EN PSICOLOGÍA

- 00:08 Opinión

El pasado viernes, 3 de diciembre, se celebró el día del profesional de la medicina. Se lo celebró en un mundo que desde hace dos años vive atravesado por una realidad que no imaginábamos.

Una de esas realidades que leíamos en libros de historia, en último caso. Algo que no podía pasar de forma universal. Sí, podían ocurrir epidemias en lugares lejanos que, con mayor o menor sensibilidad sufríamos por lo ajeno, pero creyendo que estábamos protegidos más o menos por la modernidad en tantos lugares.

O sea, sabíamos que existen enfermedades que matan, pero que ellas ya no llegaban de forma indiscriminada.

Como nunca, sin que medie catástrofe natural, la muerte, la enfermedad nos tocó bien de cerca, sin respetar ninguna condición, casi sin excepción. La salud fue conmocionada, aún lo está. Así, llegamos a este nuevo diciembre, pensando que todo iba a estar bien pero aún estamos en una situación con alguna incertidumbre. Son dos años que nos golpearon tanto, nos afectaron tanto, nos dolieron tanto.

En esta realidad, hay gente que se enfermó como todos los años, algunas se curaron como todos los años. En esta realidad se conmemora este día llamado del médico (médicas incluidas, aunque no se visibilicen con el masculino). Este día se instauró por iniciativa de la Confederación Médica Panamericana, en honor al médico y científico cubano Carlos Juan Finlay Barrés, quien descubrió la causa de la fiebre amarilla en el mosquito Aedes aegypti. O sea, se descubrió que algo que era mortal, podía combatirse con medidas higiénicas y que de ese modo se podrían resolver los problemas.

Lo tenemos claro para el dengue, también trasmitido por mosquitos. No lo tenemos tan claro para lo obvio de esta pandemia de Covid-19: medidas protectoras, barbijos, distancia social, alcohol en gel, lamentablemente y más lamentable para aquellos que hoy ya no están por esta infección.

Un día para hacer el alto del camino y pensar en algo bueno sobre el estar en esta profesión. Sólo que, como lo sabemos en carne propia, este tiempo, másque  nunca, el dolor humano nos llegó de otro modo. Más directo, más personal, más cercano y más vivido. La incertidumbre nos puso en evidencia. Así que, la fiesta se debe transformar en un recordatorio de lo obvio: somos humanos, frágiles y mortales. Sin embargo, porque eso es así, somos capaces de intentar siempre de procurar formas de aliviar el sufrimiento o intentarlo con la convicción de creerlo y de esforzarnos por eso.

Así que está bien tener un día para recordar que, en ocasiones, la profesión que uno tiene sirve para lo que hace falta: ser un poco más humanos o intentarlo con el mayor entusiasmo, aún con riesgo de no poder hacerlo siempre. Pero, vaya que tantas veces se consigue.

Por los que no están, por los que hoy ya no están y por los que vendrán. Por la convicción que seguir formando médicos y médicas es un intento serio de hacer que el mundo sea un poco mejor. Vaya como homenaje, como recuerdo y como esperanza. Feliz día, entonces a aquellas personas que nunca olvidan la premisa esencial de la medicina que tan bien sintetizó Pérez Tamayo: “La medicina no es una ciencia y, quizás tampoco un arte, sino un espacio creado para que el encuentro humano colabore en la superación del sufrimiento utilizando los mejores recursos de la ciencia y del arte”. l


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