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Un buen docente nos cambia la vida

La escuela puede ser un espacio amoroso o un espacio hostil, todo depende de la mirada que tengan maestros/as y directivos.

- 14:17 Opinión

La escuela es la institución social por excelencia que construye subjetividades, más allá de las condiciones con las que llegamos a ella. Puede ser un espacio amoroso o un espacio hostil, todo depende de la mirada que tengan maestros/as y directivos.
Para muchos niños y niñas, la institución educativa es el paso de la vida familiar a la vida social sin tantos sobresaltos; para otros, es un salto al vacío, es el ingreso a un mundo diferente y nuevo que puede dejar recuerdos instalados para siempre. La historia de Albert Camus intentará explicarlo.
Camus fue un novelista, ensayista, dramaturgo, filósofo y periodista francés nacido en Argelia, en 1913. Su padre falleció cuando él tenía un año, en la Primera Guerra Mundial. Criado por su madre y su abuela, su vida estuvo inmersa en la pobreza, no sólo material, sino también simbólica, ya que en su casa nadie leía ni escribía. Pero a esto no lo vivió como una limitación ni tuvo una infancia triste ni atormentada. Al contrario, al respecto decía: “Junto a ellos, no he sentido la pobreza ni la necesidad, ni la humillación. ¿Por qué no decirlo? He sentido, y todavía siento, mi nobleza. Ante mi madre, siento que pertenezco a una raza noble: la que no envidia nada”
Falleció el 4 de enero de 1960, en un trágico accidente automovilístico en las cercanías de París. En ese hecho, dentro de su automóvil llevaba un maletín negro en el que se encontró un manuscrito de 144 páginas, la cual fue su obra póstuma: “El primer hombre”. Esta novela es de carácter autobiográfico y según Álvarez Uría, la que proporciona ricos elementos de reflexión sobre las funciones sociales de la escuela, acerca de algunas posibles alternativas a los mecanismos escolares de relegación de los estudiantes procedentes de las clases trabajadoras, y también materiales para comprender el importante papel de las interrelaciones existentes entre familia y escuela en el proceso mismo de subjetivación.
En su obra, escrita en tercera persona, en la primera parte, narra su propia infancia y su paso por la escuela. Sllí señala: “No, la escuela no sólo les ofrecía una evasión de la vida de familia. En la clase del señor Bernard por lo menos la escuela alimentaba un hambre más esencial para el niño que para el hombre, que es el hambre de descubrir. En las otras clases les enseñaban sin duda muchas cosas, pero un poco como se ceba a un ganso. Les presentaban un alimento ya preparado rogándoles que tuvieran a bien tragarlo. En la clase del señor Germain, sentían por primera vez que existían y que eran objeto de la más alta consideración: se los juzgaba dignos de descubrir el mundo”.
En cuanto a su maestro decía: “Después venía la clase. Con el señor Bernard era siempre interesante por la sencilla razón de que él amaba apasionadamente su trabajo. Para él esos relatos formaban parte de la poderosa poesía de la escuela, alimentada también por el olor del barniz de las reglas y los lapiceros… Sólo la escuela proporcionaba esas alegrías. E indudablemente lo que con tanta pasión amaban en ella era lo que no encontraban en casa, donde la pobreza y la ignorancia volvían la vida más dura, más desolada, como encerrada en sí misma; la miseria es una fortaleza sin puente levadizo”.
Camus resaltaba que, en una escuela pobre, situada en un barrio pobre y a la que acudían los hijos de los pobres, contaba con un maestro capaz de estimular el hambre de descubrir. Era perfectamente consciente de que, tras su paso por la escuela, ya nada volvería a ser igual. En su obra, escribió: “El señor Germain lo había echado al mundo, asumiendo sólo la responsabilidad de desarraigarlo para que pudiera hacer descubrimientos todavía más importantes”.
Lo más interesante es que, una vez adulto, al recibir su premio Nobel en 1957, escribe: “He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido”.
A partir de la historia de este novelista, es interesante plantear la importancia de las experiencias inclusivas en la escuela y de estas prácticas que enfrentan al fracaso casi predestinado por las condiciones de vida. Y así, con la mirada amorosa de las/os docentes, al igual que en Camus, el aula llegará con nuevas palabras, cuentos, metáforas y abrirá a otras posibilidades de vida y, además, le ayudará a ese niño o a esa niña a sostener su propia voz convencido/a de lo que piensa porque alguien creyó en ella o en él alguna vez.
Dice Alonso, en Tierra de lectores (1998): “La palabra salva de la soledad, del dolor, del paso del tiempo, del miedo a la muerte, de sentirnos tan insignificantes en un mundo que muchas veces pareciera no tener sentido. La palabra libera, nos permite enfrentarnos con nuestra íntima verdad, nos permite decirle al mundo quiénes somos y como vemos al mundo”.

Por Carina Cabo

La escuela es la institución social por excelencia que construye subjetividades, más allá de las condiciones con las que llegamos a ella. Puede ser un espacio amoroso o un espacio hostil, todo depende de la mirada que tengan maestros/as y directivos.
Para muchos niños y niñas, la institución educativa es el paso de la vida familiar a la vida social sin tantos sobresaltos; para otros, es un salto al vacío, es el ingreso a un mundo diferente y nuevo que puede dejar recuerdos instalados para siempre. La historia de Albert Camus intentará explicarlo.

Camus fue un novelista, ensayista, dramaturgo, filósofo y periodista francés nacido en Argelia, en 1913. Su padre falleció cuando él tenía un año, en la Primera Guerra Mundial. Criado por su madre y su abuela, su vida estuvo inmersa en la pobreza, no sólo material, sino también simbólica, ya que en su casa nadie leía ni escribía. Pero a esto no lo vivió como una limitación ni tuvo una infancia triste ni atormentada. Al contrario, al respecto decía: “Junto a ellos, no he sentido la pobreza ni la necesidad, ni la humillación. ¿Por qué no decirlo? He sentido, y todavía siento, mi nobleza. Ante mi madre, siento que pertenezco a una raza noble: la que no envidia nada”.

Falleció el 4 de enero de 1960, en un trágico accidente automovilístico en las cercanías de París. En ese hecho, dentro de su automóvil llevaba un maletín negro en el que se encontró un manuscrito de 144 páginas, la cual fue su obra póstuma: “El primer hombre”. Esta novela es de carácter autobiográfico y según Álvarez Uría, la que proporciona ricos elementos de reflexión sobre las funciones sociales de la escuela, acerca de algunas posibles alternativas a los mecanismos escolares de relegación de los estudiantes procedentes de las clases trabajadoras, y también materiales para comprender el importante papel de las interrelaciones existentes entre familia y escuela en el proceso mismo de subjetivación.

En su obra, escrita en tercera persona, en la primera parte, narra su propia infancia y su paso por la escuela. Sllí señala: “No, la escuela no sólo les ofrecía una evasión de la vida de familia. En la clase del señor Bernard por lo menos la escuela alimentaba un hambre más esencial para el niño que para el hombre, que es el hambre de descubrir. En las otras clases les enseñaban sin duda muchas cosas, pero un poco como se ceba a un ganso. Les presentaban un alimento ya preparado rogándoles que tuvieran a bien tragarlo. En la clase del señor Germain, sentían por primera vez que existían y que eran objeto de la más alta consideración: se los juzgaba dignos de descubrir el mundo”.

En cuanto a su maestro decía: “Después venía la clase. Con el señor Bernard era siempre interesante por la sencilla razón de que él amaba apasionadamente su trabajo. Para él esos relatos formaban parte de la poderosa poesía de la escuela, alimentada también por el olor del barniz de las reglas y los lapiceros… Sólo la escuela proporcionaba esas alegrías. E indudablemente lo que con tanta pasión amaban en ella era lo que no encontraban en casa, donde la pobreza y la ignorancia volvían la vida más dura, más desolada, como encerrada en sí misma; la miseria es una fortaleza sin puente levadizo”.

Camus resaltaba que, en una escuela pobre, situada en un barrio pobre y a la que acudían los hijos de los pobres, contaba con un maestro capaz de estimular el hambre de descubrir. Era perfectamente consciente de que, tras su paso por la escuela, ya nada volvería a ser igual. En su obra, escribió: “El señor Germain lo había echado al mundo, asumiendo sólo la responsabilidad de desarraigarlo para que pudiera hacer descubrimientos todavía más importantes”.

Lo más interesante es que, una vez adulto, al recibir su premio Nobel en 1957, escribe: “He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido”.

A partir de la historia de este novelista, es interesante plantear la importancia de las experiencias inclusivas en la escuela y de estas prácticas que enfrentan al fracaso casi predestinado por las condiciones de vida. Y así, con la mirada amorosa de las/os docentes, al igual que en Camus, el aula llegará con nuevas palabras, cuentos, metáforas y abrirá a otras posibilidades de vida y, además, le ayudará a ese niño o a esa niña a sostener su propia voz convencido/a de lo que piensa porque alguien creyó en ella o en él alguna vez.

Dice Alonso, en Tierra de lectores (1998): “La palabra salva de la soledad, del dolor, del paso del tiempo, del miedo a la muerte, de sentirnos tan insignificantes en un mundo que muchas veces pareciera no tener sentido. La palabra libera, nos permite enfrentarnos con nuestra íntima verdad, nos permite decirle al mundo quiénes somos y como vemos al mundo”.

Fuente: Infobae

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