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El lado B de Qatar

Por Sergio Sinay.

- 01:38 Opinión

La pelota no se mancha, declamó alguna vez Diego Maradona. Pero la pelota hace tiempo que está embarrada y cubierta de manchas indelebles, hechas de sobornos, partidos arreglados, campeonatos con ganadores predeterminados, arbitrajes de aberrante parcialidad y barras bravas vinculadas al narcotráfico, la prostitución y la servicial violencia política antes que al inexistente amor por sus clubes. El presente Mundial de Qatar pone máculas del fútbol a la vista de manera inocultable, aun cuando sean muchos los que se nieguen a verlas o intenten ocultarlas de manera hipócrita e impúdica. Dicho esto por un futbolero de toda la vida.

Como en cada Mundial o en cada Olimpíada, también en este se inició, desde el momento de la designación de la sede, un vasto y apabullante operativo de mercadeo, publicidad, transacciones políticas, planes económicos y manipulación de mentes que cubre todos los rincones del planeta. En este caso coordinado por la FIFA, una gigantesca corporación que incluye casi tantos o más países que las Naciones Unidas, que se maneja con leyes propias, las que en muchos casos se sobreponen a las de los países miembros o directamente las desconocen, y cuyas actividades, escudándose en lo deportivo, trasuntan tintes cuasi mafiosos.

 Esta copa deja en claro lo que significa el sportswashing, palabra instalada desde el periodismo inglés que puede traducirse como “lavado de cara a través del deporte”. Un procedimiento por el cual países y personas (políticos, presidentes, deportistas, empresarios, personajes del mundo del espectáculo, etcétera) usan eventos deportivos para borrar de la memoria de la opinión pública aspectos o actividades aberrantes. Se trata de usar deportes masivos (fútbol a la cabeza, básquet, boxeo, automovilismo, ciclismo) o de llevar a la masividad a deportes de público más restringido (como el polo, el hockey, el rugby) para ampliar los mercados y campos de operaciones y obtener multitudinarios testigos para el blanqueo de imagen.

El sportswashing no nació ahora, tiene antecedentes y ejemplos importantes en la era moderna. Quizás el más notable sean los Juegos Olímpicos de Berlín en 1938, cuando el nazismo estaba en su apogeo y, con todas sus siniestras características a la vista, se encaminaba a desatar, un año más tarde, la Segunda Guerra, en la que murieron más de 60 millones de personas y el horror alcanzó su cumbre. De ahí en más abundan los ejemplos, y basta con citar unos pocos: México con las Olimpiadas de 1968, Argentina con el Mundial 1978, el Mundial de Rusia 2018, el Mundial de básquet en China 2019, el de 1978 en Filipinas (bajo el yugo de Ferdinando Marcos), la pelea entre Muhammad Alí y Joe Frazier en 1975, también en Filipinas bajo Marcos, el Mundial de 1934 en la Italia de Mussolini, los numerosos grandes premios de Fórmula Uno que se corrieron y se siguen corriendo en países que no respetan derechos humanos ni reglas democráticas, otro tanto ocurre con torneos de Tenis, los Juegos Panamericanos de 1991 en Cuba, etcétera.

 Qatar es un pequeño reino ubicado en la Península Arábiga. Su superficie es de apenas 11,571 km² y su población de 2.931 millones de personas, según el Banco Mundial. Su actual emir es, desde 2013, el jeque Tamim bin Hamad Al Thani. Él tiene el poder absoluto y no existen partidos políticos. Las mujeres carecen prácticamente de derechos, aunque oficialmente se diga lo contrario, pero no se verifique en la vida cotidiana (tal como ocurre en Dubai y Emiratos Árabes, otros pequeños reinos contiguos, y en Arabia Saudita). La homosexualidad está penada, igual que las relaciones sexuales fuera del matrimonio, y aunque se pretenda que existe la libertad de expresión, esta no tiene donde ni cómo manifestarse. Hasta 1939 este emirato hubiese pasado inadvertido en el globo terráqueo, perdido en el desierto, pero en ese año (el del comienzo de la Guerra) se descubrieron allí fabulosas reservas petrolíferas. No todo es arena en el desierto. Hasta entonces las principales actividades eran la pesca y la búsqueda de perlas. En 1971, cuando la compañía holandesa Shell finalizó su pozo North West Dome 1 (compartido por su extensión con Irán), a la reserva petrolífera se sumó el yacimiento de gas más grande del mundo. Y, además de acceder a la riqueza descomunal que hoy se traduce en construcciones faraónicas (escenográficas, sin uso ni habitantes reales) y en un derroche insultante frente a la pobreza de países del área, Qatar se convirtió en una preciada joya para el Occidente rico y poderoso, que en materia de aprovisionamiento energético es un gigante con pie de barro. Que haya financiado a movimientos terroristas (los mismos que produjeron asesinatos masivos en el propio Occidente), que omita los derechos y el funcionamiento de instituciones democráticas que Europa Occidental venera, que en plena época de masivos movimientos por la equidad de género las mujeres cataríes vivan bajo la tutela masculina (como niñas o como mascotas), pasó inadvertido para el mundo, y  sobre todo para los países, entre ellos los más poderosos del mundo, que, después de la pandemia más que nunca, están aterrorizados por su insuficiencia energética. Mimar a Qatar, callar, fue la consigna de gobiernos y de marcas. También de la mayoría de los protagonistas de la copa, salvo honrosas excepciones, como los planteles de Alemania, Inglaterra y Dinamarca. Y ni hablar de hinchas que solo miran a la pelota y a sus ídolos y hacen caso omiso de todo lo que el Mundial tapa y de los fines últimos a los que sirve.

Como dijo Martín Luther King (1929-1968), el asesinado luchador por los derechos civiles: “Nada en el mundo es más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez consciente”. Dolorosa verdad en tiempos de sportswashing. Así se oculta cómo los ídolos, entre ellos Lionel Messi con sus contratos millonarios (incluido uno fabuloso en dólares para encabezar el lavado de cara de Arabia Saudita), entran en transacciones con marcas que fueron denunciadas por apelar al trabajo esclavo y al trabajo infantil, y callan (con lo poderosas que podrían ser sus voces) ante la oscuridad que se extiende más allá de los lujosos estadios en donde el show eclispsa a indignantes realidades. El 7 de abril de 2022 se podía en un informe de Amnistía Internacional: “Cada vez más, muchos gobiernos tratan de ocultar las atrocidades que se cometen en sus países organizando competiciones, patrocinando o comprando equipos que limpien su imagen. Denunciamos esta práctica que intenta tapar las violaciones de derechos humanos detrás de los valores y la fascinación que provoca el deporte en todo el mundo”.

 


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