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Maria Sirois: “Pedir ayuda es un acto de coraje y fortaleza”

Una charla con la psicóloga estadounidense para comprender que, aun en tiempos difíciles, siempre se puede recuperar la esperanza y renacer del enorme dolor de una pérdida. Y que construir una vida alegre y con sentido es posible si nos dejamos sostener.

- 02:17 Para vivir mejor

Un texto de Sophiaonline.com.ar

“¿Qué es lo más importante que tenemos que entender en esta pandemia? Que a menudo dos realidades conviven al mismo tiempo. Es un momento difícil y, sin embargo, existe algo maravilloso y compasivo que hace que los seres humanos se vuelvan generosos, creativos, considerados, cuidadosos. Hemos visto las dos aristas en este tiempo. Y las dos son verdad“. Imposible no empezar nuestra charla con el tema del que más se habla por estos días: la pandemia. Bien sabe la psicóloga estadounidense Maria Sirois cuánto nos duelen las cicatrices de esta crisis que, en mayor o menor medida, nos ha marcado a todos.

Esa es la razón para nuestro encuentro por Zoom: abordar la enfermedad, la vida, la muerte, el dolor, la resiliencia, la alegría. Temas sobre los que trata su nuevo libro, Pequeño curso de felicidad para enfrentarse a una pérdida (y a otras situaciones difíciles y oscuras) (Urano), una guía de reflexión y autocuidado que María comenzó a escribir luego de la muerte de su hermano John – que falleció en 2010– para dedicárselo a todos aquellos que están transitando una pena muy grande y que, aunque cada mañana despiertan, no logran sentirse de verdad vivos.

Es jueves por la tarde en Buenos Aires y también en Massachusetts, donde Maria atiende la videollamada con una sonrisa. Mientras por acá, al sur del planisferio, es otoño, allá, al norte, despunta una exultante primavera. Por eso, como cada día desde que decidió ser feliz –a pesar de dos dolorosos divorcios y la partida de ese hermano menor que, de pequeño, se aferraba a su mano camino a la escuela– hoy también ha puesto en la casa un ramo de flores de su jardín. Metáfora de esa capacidad infinita de florecer que, dice, todos tenemos. Pero que, cuando el sufrimiento tocó a su puerta, ella misma, especialista en acompañar a otros, no alcanzó a ver.

“Cuando la desesperación nos embarga no somos nosotros mismos. No somos capaces de encontrar los patrones que nos arraigaban ni las creencias que nos mantenían en pie. Ante la pérdida, sabíamos quiénes éramos. Después, nos convertimos en algo no limitado por una estructura, como si los puntales de nuestro andamio se agitaran por la noche y nuestros propios huesos perdieran su forma”, describe en un tramo de su libro al respecto de su pena y, conforme avanzan las páginas, señala: “El arte de perder consiste en enfrentarse a la verdad, en observar de qué modo concreto se rompe la escultura de tu ser y después llevar benevolencia a esa rotura“. Porque, según explica, cuando lo malo llega, deberemos decidir compasivamente quiénes vamos a ser en ese momento que nos ha tocado atravesar.

Maria recibió la videollamada de Sophia desde su casa en Lenox, Massachusetts.

–¿Cómo se sigue una vez que nos hemos roto?

–Cuando algo terrible ocurre, como la pérdida de alguien amado, nuestro mundo conocido se desintegra y ya no tiene más sentido. Parece que vamos a enloquecer y lleva tiempo integrar ese dolor. Pero fijate que no hablo ni de resolverlo ni de terminar con él, sino de aprender a integrarlo. Hay que darse el permiso para experimentar el dolor en todo su espesor y de que dure lo que sea necesario: meses, años… A todos nos habita una fuerza vital poderosa y nos apropiamos de ella eligiendo respetar nuestros dolores.

–¿Entonces es cierto que siempre podemos florecer?

­–Hace alrededor de veinte años, algunas investigaciones comenzaron a preguntarse “¿Somos mejores en los momentos difíciles?”. Eso nos ayudó a comprender que la mayoría de la gente crecía a través de los peores momentos de su vida y su alma se volvía más grandes. En Psicología, eso se llama “Teoría del crecimiento post traumático”. Claro que ese crecimiento no se da inmediatamente, pero siempre es posible: la adversidad nos convierte en personas más asentadas y fuertes internamente, y un poco más sabias para tomar decisiones. Es, de algún modo, como atravesar el desierto. Y al final siempre podemos desplegarnos, si elegimos conscientemente prácticas y perspectivas que sean respetuosas con nosotros mismos.

–¿Por qué es importante no esconder nuestras cicatrices, como en el kintsugi, el arte japonés que resalta con oro las roturas de los objetos?

–Hay una linda historia, en la que una mujer que acaba de perder a su hijo le pide al Buda que se lo devuelva. El Buda le dice: “Consideraré tu pedido cuando encuentres la casa del no sufrimiento”. Entonces ella viaja por el mundo durante un todo año tocando a la puerta de cada casa para conocer a las personas. Y cuando vuelve a visitar al Buda solo le dice una cosa: “Gracias”. Es que al fin comprende que no existe lugar donde el sufrimiento esté ausente. Todos hemos perdido algo. Todos tenemos cicatrices. A todos nos han roto el corazón y hemos fallado de algún modo. Es simplemente la forma de ser humanos. Con el tiempo, los más resilientes se vuelven cada vez más seguros abrazando esas roturas, esas imperfecciones, porque saben que lo están haciendo lo mejor posible.

–¿Qué les dirías a aquellos que no pueden encontrar vivencias luminosas por estos días?

–Primero, hay que hacer lo posible por respetar sus experiencias, tener empatía y no negar la realidad. La realidad es muy difícil. Pero sí recordarles lo bueno. Yo envío a la gente historias que salen en los diarios acerca de personas siendo increíblemente buenas y generosas. Hay evidencias de esa compasión en todos lados, solo tenemos que salir a buscar. Compartir ese tipo de información es una buena manera de ayudar a ver.

Iluminar la oscuridad

Dice Maria que a renacer del dolor se aprende y que eso es lo que enseña en cada uno de los cursos y conferencias que, antes de la pandemia, brindaba alrededor del mundo. Pero remarca que el camino es largo y no tiene atajos: “La felicidad es algo que viene desde adentro, no nos es dada por el universo. No se trata solo de estar sonrientes: es, además, deleitarnos y ser agradecidos. Hay muchos estados de felicidad y maneras de vivirlos. Por eso debemos preguntarnos cuáles son las cosas que nos inspiran y buscar la forma de hacerlas prioritarias“.

–¿Dónde buscar la sabiduría necesaria para encontrar ese “cielo en el infierno” al que te referís en el libro?

­–Lo primero es reconocer y abrazar nuestro sufrimiento, dándonos permiso para sentirlo. Pero luego tenemos que movernos de ahí y seguir adelante. Para eso siempre hay que pedir ayuda. Puede ser alguien profesional, como un terapeuta o un maestro de sabiduría; pero también un amigo o un colega y también la Divinidad, algo superior. Hay muchas maneras de pedirla y hay que entender que eso no nos vuelve débiles, al contrario, se trata de un acto de coraje y fortaleza. Encontrar el cielo en el infierno es tener la capacidad de ver lo bueno en el mundo y aferrarse a eso.

–¿Podemos también pedir ayuda a la naturaleza?

–Sí y los beneficios son muy profundos. Primero, porque nos conecta con algo más grande que nosotros mismos; nos permite salir de nuestra mente para ver más allá. Y después porque contemplar la belleza es un hábito sanador: un paisaje, un animal o una flor nos ofrecen una experiencia muy luminosa. Nuestro entorno natural tiene montañas, bosques, océanos que producen una respuesta química en nuestro cerebro que hace que el estrés baje y nos sintamos en calma. Pero, al mismo tiempo, nos energiza, así que el beneficio es doble. Además, en la naturaleza siempre existe lo inesperado, el misterio, algo que no ocurre habitualmente cuando estás sentado delante de un Zoom (se ríe). En el mundo natural, las cosas sorprendentes siempre aparecen, por eso es importante salir a explorar.

–Hablás del misterio, me gusta eso. ¿Qué podemos aprender de él?

–El misterio es uno de los grandes deleites de la vida, porque nos recuerda que las cosas no son siempre de la misma manera. Hay cosas muy sencillas que no pueden ser explicadas fácilmente por las mentes racionales o científicas.

–¿Por ejemplo?

–La sincronicidad. Los mensajes del cosmos. Los milagros, desde los pequeños e inesperados hasta los más grandes, esos que contradicen toda lógica. Y cuando eso pasa experimentamos lo maravilloso que puede ser dejar de percibir la vida solo a través de nuestra cabeza. Nos abrimos a una experiencia espiritual más amplia para recibir del universo y de la vida eso que es innombrable y desconocido. Solo debemos estar abiertos a los símbolos que aparecen a nuestro alrededor. Eso ocurre también cuando nos permitimos abrir nuestros corazones a nuevas personas, libros, formas de ver la vida, comidas… Cuanto más abiertos estamos resulta más milagroso estar vivos.

–Trabajaste durante muchos años acompañando a niños con cáncer y sus familias. ¿Cómo lograste enfrentar tanto dolor?

–Acompañar a estos niños ha sido muy significativo para mí. Ver padres que atraviesan largos tratamientos y tal vez pierden un hijo fue mi gran aprendizaje sobre la resiliencia. Algunas familias se venían abajo, algo completamente entendible. Pero otras, aun en el momento de mayor dolor, lograban crecer y hacerse más fuertes, más consideradas y generosas. Ha sido fascinante ver cómo, aunque sus corazones estaban rotos, eran conscientes de su pena pero prestaban atención al agradecimiento que sentían por los doctores, las enfermeras y el acompañamiento de sus seres queridos. Esas familias pudieron seguir siendo partícipes de sus vidas, a pesar de todo. Y es algo muy humano: podemos albergar una gran pena y, a la vez, un enorme amor. Podemos sentirnos frustrados, tristes, pero a pesar de eso elegir ser mejores. La luz y la sombra son parte de la vida y esas familias me enseñaron cómo integrarlas.

–Luego de haber conocido el sufrimiento propio y el de tanta gente, ¿qué te hace sentir feliz y agradecida?

–Podría decirte que lo que me hacía feliz hace un año ya no es lo mismo hoy. La pandemia arruinó el 85% de mi trabajo, que era viajar dando cursos, así que tuve que volver a empezar. Pero, como podés ver detrás de mí, hay flores. Tenerlas se ha vuelto un detalle importante en mi vida. Lo mismo que bailar: después de atravesar el duelo por la muerte de mi hermano me ponía el despertador muy temprano para bailar sola antes de que mis hijos se levantaran para ir a la escuela: bailaba porque elegía vivir. La belleza, la música, el arte, la naturaleza, mis dos hijos, mis amigos, con quienes tengo una gran conexión y sin quienes no estaría donde estoy. Escribir… Todo eso me hace muy feliz. l


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