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“Me quiero quedar en un mundo donde el otro importa”

- 23:59 Para vivir mejor

Por Florencia Rodríguez Petersen

ESPECIAL PARA EL LIBERAL

Hace años, Sofía Alisio (41), licenciada en Ciencias Políticas y con una carrera como consultora, formó una familia con Juan: siempre supieron que querían para sus hijas –de 4 y 7 años– una vida a la que define “como de pueblo”. Por eso decidieron mudarse antes de que la mayor comenzara el jardín de infantes. Querían vivir en un lugar que les permitiera estar más en contacto con la naturaleza y, aunque no fue la primera opción, cuando llegaron a Maschwitz supieron que ese era el lugar indicado. El ritmo era más calmo, las casas tenían más espacio y, definitivamente, podrían tener mucho más contacto con la naturaleza. “Buscábamos un cambio de vida, estar más tranquilos y esta ciudad nos dio eso: algo más agreste. Incluso, recibimos más de lo que esperábamos también a nivel cultural, hay una linda movida acá”, dice.

 

Primer hito: la caída, el golpe y una red de contención

“Queríamos para ellas una crianza distinta a la que habíamos tenido nosotros. En el embarazo y la primera infancia de la más grande yo leía mucho sobre crianza consciente y quería eso para ellas”, cuenta Sofía. Buscaba que sus hijas tuvieran una educación donde las cualidades humanas tuvieran protagonismo y encontró, en la pedagogía Waldorf, justamente eso: un espacio donde se valoraran las individualidades y se acompañara y respetara a cada uno en los procesos de aprendizaje, sin forzar tiempos o habilidades. Pensó en un colegio, pero mientras esperaba que le respondieran si había vacantes, conoció otra institución, la Escuela Arcángel Gabriel, que quedará para siempre ligada a su historia.

El 7 de febrero de 2020, Sofía fue a la escuela movida por el deseo de colaborar con la institución y con la educación de sus hijas: “Como son escuelas autogestivas, estamos muy acostumbrados los padres a participar del mantenimiento de la misma”, aclara y agrega: “Ese día se hacía una jornada para pintar el techo de la escuela. La escuela genera un compromiso. Lo que hacés es para tu hijo. En el ejemplo también se enseña: responsabilidad, trabajo, que si uno quiere algo lindo… debe ser parte”.

Ese día -que no recuerda- se convirtió en un hito en su vida. “Pisé mal y me caí. Me quebré con una viga la columna, por lo que estoy en silla de ruedas, y me caí de cabeza al piso”, relata. No dramatiza. Explica cómo los médicos actuaron con rapidez en el Hospital Municipal de Escobar para descomprimir el hematoma ocasionado por el golpe y cómo después la comunidad del Arcángel Gabriel, gracias a contactos de algunos padres, consiguió que la internaran en el Hospital Fernández. “Había cadenas de oración por todos lados. Una vez ahí me estabilizaron en un día, aunque estuve en coma unos días más”.

 

Segundo hito: despertar y recibir la vida como don

Sofía se despertó 15 días después. No sabía, entonces, que su papá había muerto unas horas antes. “Tenía demencia senil. No estaba grave, pero sí como entregado, en un proceso de desprenderse. Tuvo una descompensación y se fue. Él decidió dar su vida por mí. Lo negoció: ‘Yo me voy y ella se queda’, como cuando los jugadores chocan las manos, sale uno y otro entra”, asegura, convencida de que hubo un acto de amor.

“Con mi papá teníamos un vínculo hermoso. Nos unía lo simple. Nos entendíamos. Siempre tuve un reparo y un entendimiento con él. Al final iba, le cantaba, le ponía cremas. Y él torcía la cabeza cariñosamente. Yo sabía que eso le hacía bien. Lo que le podía dar era amor y que era lo que él necesitaba recibir”. Hoy, a un año y medio de aquella partida, Sofía recuerda: “Cuando supe que él había muerto no me puse triste: entendí que él había decidido partir”.

 

Tercer hito: “Llorar no es una opción, la vida se disfruta”

“Todavía no camino”, dice Sofía, y el tono de su voz da cuenta del peso que hay en ese todavía. Por un lado, el pronóstico de los médicos: algunos consideran que es difícil que vuelva a caminar, otros le plantearon que las células no dañadas de la médula se pueden regenerar, algo que, con alguna intervención, podría permitirle recuperar movilidad. Todos coinciden en que la clave es no detenerse. “Y yo no paro nunca”, acota.

“Hago kinesiología de martes a viernes. Le doy duro. Pongo el cuerpo. Transpiro. Genero endorfinas. Y me hace bien a la cabeza porque si no estoy sentada todo el día”, dice. Y enseguida explica que desde que volvió a su casa, el 25 de marzo de 2020, a casi dos meses de la caída, supo que tenía dos opciones: “Entreno y algún efecto puede haber, o me quedo en la cama y no es la vida que quiero elegir. Tengo dos hijas chiquitas… Pero lo hago por mí, no por ellas. Aunque ellas son mi fuente de energía en los momentos en que recaigo”.

Lejos de ocultar su dolor, lo vive como parte del proceso. Respeta sus bajones, esos días en los que todo parece ser cuesta arriba, pero no se queda tirada. “No me quiero quedar en la cama llorando. La vida es una sola y se disfruta”, afirma. Y agrega: “Hoy, en mi familia, la discapacidad no es un impedimento o algo malo sino un desafío. Mis hijas me ven a mí, ven la lucha, el esfuerzo y el deseo de salir adelante. A veces también me ven llorar”.

Cuenta que al principio sentía presión cuando la gente le decía “¡Qué fuerte sos! Sos una leona”. Ella veía su debilidad, “podía estar una semana llorando”, dice. Y reconoce que el tiempo sirvió para reconocer su fortaleza. “Sí, soy una leona. Estoy acá. Logré no quedarme caída. Soy una leona que tiene su parte débil y su parte fuerte”.

 

Cuarto hito: el otro importa, nadie se salva solo

“Estuve internada hace unas semanas porque me pusieron una placa en la cabeza. Al lado mío había una señora mayor a la que había chocado un auto que se fue dejándola ahí tirada. Me dí cuenta de que no se puede vivir sin mirar al otro, abandonando a alguien luego de atropellarlo. Aprendí que el otro importa… y mucho”, relata Sofía. Vuelve a su experiencia marcando el contraste y cuenta que al mismo tiempo la maestra de su hija menor, atenta a los detalles, la llamaba diariamente para contarle cómo había sido la jornada escolar.

Se emociona por saber y sentir que “los otros”, lejos de abandonarla, la sostienen. “Los vínculos son muy fuertes y arman una red de contención que no te deja caer. Aprendí el poder del amor. Me levanté después de dos semanas en coma y vi que les traían milanesas a mis hijas, una mamá del colegio había organizado todo para festejarle el cumpleaños. No faltó nada”, comenta con emoción.

Y estos cuidados impactaron profundamente en ella. “Pasó algo que no elegí, que fue abrirme. Mi corazón se abrió. Una abuela me daba arteterapia y hago terapia con una mamá que es psicóloga. Estuve internada en Fleni y la escuela pagó esa internación. Me quiero quedar en un mundo así, donde el otro importa. Y quiero construir un mundo así”, dice.

La historia de Sofía atravesó por completo a la comunidad de la escuela Arcángel Gabriel, que desde el primer momento prestó atención a sus necesidades: desde cuidar a las niñas, hasta acompañar a Juan en el proceso o costear los tratamientos.

Las familias pusieron en marcha diversas estrategias de recaudación de fondos y, aunque hoy a muchas les cuesta pagar el compromiso económico con la institución debido a la pandemia, ellas siguen aportando los $130.000 mensuales que Sofía precisa para continuar con su rehabilitación, que incluye kinesiología, medicamentos y sondas vesicales, entre otros tratamientos. “Me hizo tanto bien todo el amor que recibí, un sostén muy real”, dice refiriéndose a esa red de amor que la contiene. l


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