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A veces estar mal... está bien

Por Karina Bianco. Para El Liberal.

- 23:11 Para vivir mejor

“¡No podés estar así! Tenés todo para estar bien. Pensá que esto también va a pasar”. ¿Cuántas veces le dijimos esta frase a alguien querido que se encuentra atravesando un momento de tristeza o un bajón anímico? Estos dichos, algo imperativos, pero instalados socialmente, parecen indicar que no se debe sentir tristeza después de una pérdida, traición o enojo. Es que estar mal tiene mala prensa y por eso sentimos que no tenemos derecho a transitar la angustia en profundidad. Para Mariano Qualeta, psicólogo clínico y organizacional, “en nuestra cultura, estar mal se considera una mala energía que ahuyenta a los demás. Por lo tanto, disponemos de pocas oportunidades para experimentar tal estado. Sobre todo cuando no se desea preocupar a quienes, en realidad, podrían ayudarnos. Y menos a quienes, sabemos, van a compadecernos. Sin embargo, estar mal es el preludio de una excelente relación con uno mismo: es un momento de registro y conexión de nuestro saber consciente con el inconsciente. Es una conversación entre el Yo y el Mí. Implica la formidable interdependencia entre las señales sensoriales y emocionales de nuestro cuerpo con nuestra corteza cerebral”.

Existen discretos procesos de descubrimiento de los constantes momentos de transición y transformación que nos atraviesan durante toda la vida, y esos momentos cobran significado cuando mantenemos una buena relación entre nuestras capacidades sensoriales y las capacidades racionales. Por eso, es importante aprender a identificarlos y a respetarlos.

Hay una tendencia generalizada a sobreestimular el estar bien como un exceso de positividad. “Donde no hay espacio para estar mal –reflexiona Andrea Saporitti, psicóloga y máster en Matrimonio y Familia– no hay espacio para la pregunta, para la introspección profunda y entonces parecería que estar mal no está bien. Pero debemos entender que atravesar las situaciones de dolor implica tiempo para encontrar, de alguna manera, la respuesta. Debemos entender que para estar bien hay que permitirse estar mal, y así evitar somatizaciones en el futuro”.

Tristeza o depresión

La tristeza, al igual que la ira, el miedo o la felicidad, es una emoción básica del ser humano. Es una respuesta natural de nuestro cerebro, pero si esa tristeza perdura en el tiempo puede convertirse en una depresión. “El sentirte mal es el motor para salir de ese lugar”, explica la psicóloga transpersonal Patricia Feldman y agrega: “Porque ese ejercicio te hace pensar qué te pasa. Podríamos decir de que la persona hace el clic en el momento que siente que el zapato que lleva puesto le aprieta. O sea, que ya no está cómodo en ese rol”.

¿Pero cuánto tiempo es normal sentirse triste?

Para la licenciada Saporitti, “si ese estado emocional se mantiene sostenido en el tiempo o la persona no puede compartir el dolor o no encuentra nada que la motive demasiado, debería consultar con un especialista, porque no está encontrando recursos internos para salir”. Paradójicamente, dice, cuesta mucho estar bien. “A muchas personas les asusta, porque tienen miedo de que aquellos que estaban a su alrededor ya no estén pendientes de sostenerlas y se queden solas”.

Los especialistas coinciden en que cuando ese “estar mal” se convierte en identidad y se transforma en el único protagonista de la vida de esa persona, debemos encender la luz de emergencia. ¿Cuándo? Cuando el sufrimiento y el pesar se convierten en una forma de ser y no en una forma de estar.

“O sea, cuando el suceso de estar mal ya no existe como espacio de transformación (autocomprensión, y construcción de una nueva narrativa de sí mismo), sino como forma de mantener el status quo, de hacer ruido de cambio para no cambiar nada, con una queja descargada e indiscriminada del circuito emocional”, profundiza Qualetta y destaca que “también es importante establecer cuándo ese estar mal nos afecta directamente a nosotros y cuándo hay una intención dirigida a otro. Si está vinculado a uno mismo, hay más posibilidades de pasar a una fase exploratoria, pero cuando está al servicio de lograr la atención de afuera, es más difícil romper el hábito y salir de la identidad de estar mal”. En base a este último punto, el terapeuta asegura que se debe distinguir el “estar mal” del “sentirse mal”: “Muchas veces nos encontramos con personalidades nostálgicas o sobreadaptadas que navegan hábilmente por el sufrimiento y la autoexigencia, respondiendo al contexto con síntomas emocionales y somáticos, sin que surja ninguna crítica interna sobre estas circunstancias que atraviesan, porque forman parte de su paisaje”.

¿Cómo se destraba ese mecanismo? El licenciado Qualetta explica: “Sólo con la aparición del otro como testigo, o cuando estos fenómenos sobrepasan el umbral anti estímulo que la persona desarrolla, aparece el dolor orgánico. Hay un factor extremo que le marca la anormalidad de lo que antes no veía. Esto abre, entonces, la paradoja de poder sentirse bien y estar mal, y viceversa. Si bien no hay un bienestar o un malestar universales, vivimos en un contexto que nos brinda señales que nos van educando desde la crianza a adoptar y rechazar hábitos que, aun siendo perjudiciales para nuestra salud, son incorporados porque nos integran al contexto: nos dan pertenencia”.

El tema aparece con crudeza en la serie surcoreana Está bien no estar bien (It’s okay to not be okay), el éxito de Netflix donde la trama de los cuentos de hadas sirven, capítulo a capítulo, para integrar la historia de una escritora que tiene una actitud negativa ante la vida y de un enfermero especializado en cuidados mentales, quienes deben emprender un viaje de autoconocimiento para escucharse, abrazar el malestar y sanar así viejos dolores. “No cometas el mismo error que yo, que traté de correr cuando ni siquiera podía caminar. Cuando estés cansada, descansa un poco. Cuando estés triste, adelante, llora. Está bien tomarse un descanso. Entonces, seguramente llegará el día en que podrás volver a correr”, en la voz de uno de los personajes.

Por eso, como sostiene Qualetta, es tan importante saber qué tan buena es la conexión receptiva de nuestros sentidos, ya que ellos nos guían, al permitirnos ser y estar en forma diferente a lo que nos pide el contexto, respetando nuestro ritmo y la salud de nuestro ser en el mundo. “Al inicio de nuestra existencia, cuando apenas reptamos, es cuando nuestros sentidos están potencialmente más activos. Luego, al alzarnos, con la entrada de lo simbólico, comienza a desarrollarse una red de conexiones corticales (desarrollo de imágenes y pensamientos) que, si bien nos abren nuevos caminos, pueden disminuir otros. Por esa razón, resulta muy importante desarrollar una buena conexión entre esas zonas sensoriales y las corticales, para que logremos hacer un buen balance entre lo que la cultura nos ofrece y lo que nuestro organismo precisa. De esta relación logramos identificar qué necesita o qué desea nuestro ser no solo para estar o no mal, sino para comprenderlo y darle lugar al sentirse bien. Así, decir que estamos mal puede ser el primer paso hacia nuestro bienestar”, concluye el especialista.

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