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Por qué una mala gestión emocional repercute en cómo gestionas tu tiempo

Por Aldara Martitegui - Periodista de Nius Diario.

- 00:03 Para vivir mejor

Gestionar bien el tiempo suele generar bienestar emocional en la mayoría de las personas. Sin embargo, la relación entre gestión del tiempo y bienestar emocional es más bien la contraria.

Explicamos por qué una buena gestión del tiempo es precisamente la consecuencia de una buena gestión emocional.

Si uno investiga un poco en su entorno laboral o personal sobre qué se entiende por gestión del tiempo; si uno hace algunas búsquedas en Internet sobre este asunto, enseguida comprobará que la mayoría de las personas y/o fuentes de información, interpretan la gestión del tiempo como una habilidad o capacidad que todos podemos aprender y desarrollar y que una de las consecuencias que tiene es que mejora nuestro equilibrio emocional.

Saber gestionar bien nuestro tiempo, saber organizarse uno bien y cumplir con los famosos dead lines, genera bienestar emocional; de eso no hay ninguna duda…¡y es que la cosa tiene mucho sentido! Uno está más tranquilo emocionalmente y satisfecho con su vida, cuando la voz de su conciencia no le está atosigando permanentemente con mensajes tipo: “Te dejaste esta tarea por hacer; a ver cuándo haces eso otro que lleva meses dando saltos en tu agenda; después del verano, sin falta, te pones con ese asunto que lleva pendiente desde hace años; ¡qué desastre! a este paso no llegas a entregar a tiempo este trabajo que te han pedido”.

De modo que hay algo de cierto en la idea de que podemos lograr un mejor equilibrio emocional a través de la gestión del tiempo. Pero no deja de ser una interpretación un tanto superficial del problema. En los últimos años he tenido la suerte de acompañar a muchas personas que tienen esta dificultad -tan extendida y común- para gestionar su tiempo y que sufren por ello porque les genera un gran malestar emocional: aparece el sentimiento de culpa, de ineficacia personal, la baja autoestima, la desmotivación etc. Creo que, definitivamente, este problema está muy relacionado con la digitalización del mundo y con cómo la tecnología ha fagocitado casi todas las dimensiones de nuestra vida, pero ese es otro tema.

Lo que realmente he descubierto en estos años a través de las experiencias de estas personas, es que la mala gestión del tiempo no es la causa de ese malestar emocional que las personas identifican, sino más bien al contrario.

La mala gestión del tiempo es consecuencia de una mala gestión emocional que está tan integrada en sus vidas que pasa completamente desapercibida.


La gestión del tiempo no es una habilidad ejecutiva

La mayoría de las personas cree que gestionar mal el tiempo es consecuencia de una falta de recursos o habilidades administrativas (de tiempo); cree que la buena gestión del tiempo es una aptitud que, en nuestro cerebro, correspondería a las capacidades ejecutivas superiores albergadas en la corteza prefrontal, es decir que es algo que depende directamente de nuestra inteligencia cognitiva, que es aquella que abarca la memoria, la atención, el razonamiento lógico y que se mide a través del coeficiente intelectual (CI). Pero nada más lejos de la realidad.

La gestión del tiempo es -en una primera fase- una cuestión, me atrevo a decir, puramente emocional…lo que pasa es que nuestro paradigma racional nos ha hecho mucho daño al otorgar a nuestra mente pensante poderes que en realidad no tiene. No solo nos creemos todo lo que pensamos, sino que nos creemos que somos lo que pensamos. Esta idea la refleja muy bien el psicólogo Tomás Navarro en su libro Piensa bonito con esta cita: “Tienes un serio problema, y es que confías más en tu pensamiento que en la realidad”.

La consecuencia de este paradigma racional en el que vivimos inmersos, es que cuando otorgamos a la mente pensante esos poderes (hasta el punto de que nos identificamos con lo que pensamos) a la vez estamos denostando o minusvalorando otra fuente de información sobre nosotros mismos y sobre nuestro entorno que es igual de valiosa o más incluso que la razón: la intuición. Nuestra cultura es más proclive al empleo del razonamiento lógico que al pensamiento intuitivo, lo cual, explica en gran medida, por qué la mayoría de las personas se empeñan en aprender a gestionar el tiempo desde la razón…y hacerlo únicamente desde la razón, es garantía de un fracaso estrepitoso; veamos por qué.


Intuición, emoción, toma de decisiones y gestión del tiempo

La intuición es esa capacidad de comprender o percibir algo de manera clara e inmediata sin la intervención de la razón. “Deberíamos tener más respeto a la intuición que el que se le da actualmente, ya que los estudios recientes sugieren que desempeña un papel crucial en la habilidad humana para tomar decisiones” explican JL. Turabián Fernández y B. Pérez Franco en el artículo La emoción y la intuición como herramientas para gestionar la incertidumbre en la toma de decisiones en medicina de familia. La gestión del tiempo, si lo pensamos un minuto, tiene mucho que ver con la toma de decisiones.

Organizarse la agenda del día es, en el fondo, una toma de decisiones permanente sobre qué cosas abordar, qué cosas aplazar y qué cosas desechar o tirar directamente a la basura. En resumen, a qué decimos ‘sí’ y a qué decimos ‘no’. Aunque desde nuestra mentalidad racional propia del siglo XXI nos cueste integrar esto, lo cierto es que los neurocientíficos cada vez tienen más claro que el principal elemento que interviene en la toma de decisiones es la emoción, no el razonamiento lógico o analítico.

Cuanto más se usa la intuición, dicen los expertos, más se fortalece la integridad personal y mayor sentido de bienestar psicológico se logra De modo que, aprender a gestionar bien nuestro tiempo, más que con hacer buenos razonamientos, tiene que ver con aprender a conectar con nuestras emociones; aprender a escuchar a nuestro yo interior, a ese sabio que nos habla permanentemente a través de la intuición y al que prestamos tan poca atención porque creemos que es más valioso todo lo que proviene de la mente. Sin embargo, cuanto más se usa la intuición, dicen los expertos, más se fortalece la integridad personal y mayor sentido de bienestar psicológico se logra.

Por eso, una buena gestión del tiempo es la consecuencia de una buena gestión emocional y no al revés, como muchos creen. Parte de la inteligencia emocional, tal y como la describió el psicólogo y periodista Daniel Goleman radica en “la capacidad de autoconciencia, de comprender en profundidad las emociones, los puntos fuertes, las debilidades, las necesidades y los impulsos de uno mismo”. Es decir, si uno quiere aprender a gestionar bien su tiempo, debe empezar por conocerse bien a sí mismo: un conocimiento que no viene a través de la razón, del cerebro racional, sino de la intuición, del corazón.


Procrastinar: un ejemplo de mala gestión emocional

Algunos ejemplos de esta relación tan directa entre la mala gestión emocional y la mala gestión del tiempo es la dificultad de muchas personas para decir no y poner límites (lo cual sobrecarga la agenda de tareas) o la famosa procrastinación.

Procrastinar es la conducta sistemática de aplazar para otro momento alguna tarea que tenemos pendiente y sustituirla por otra u otras que nos resultan menos desagradables o más gratificantes. A lo largo de mi vida me he encontrado con decenas de procrastinadores que querían solucionar su problema desde la mente, desde la razón, tratando de encontrar explicaciones lógicas y racionales para no seguir procrastinando… Y encontrarlas las encontraban, ¡decenas de razones! sin embargo, no conseguían dejar de procrastinar. ¿Por qué ocurre esto? En casos como estos, solo queda explorar el interior de esa persona y su relación con esa tarea concreta que procrastina. Es fácil descubrir un conflicto emocional debajo. Procrastinar es, en realidad, esquivar una responsabilidad, escurrir el bulto. Los motivos pueden ser diversos, pero todos tienen que ver con una mala gestión emocional que, a su vez, tiene su origen en una falta de escucha interna, falta de introspección, falta de conexión con uno mismo y con sus emociones.

La persona se siente fatal solo de ‘pensar’ en ponerse a hacer eso que había planificado hacer...y deja de hacerlo: “Ya si eso lo haré mañana”, se dice Muchas personas procrastinan porque existe una gran incoherencia interna entre lo que la persona cree que debe hacer por mandato externo, y lo que la persona realmente desea hacer por mandato interno (sin ser consciente de ello). Son personas que no tienen la costumbre de escucharse, que jamás en su vida se han hecho la pregunta de ¿yo… qué es lo que quiero? respondiendo desde la intuición, la emoción y el corazón, no desde la mente. Cuando un procrastinador llega a este nivel de conocimiento profundo sobre ‘quién es’ y diseña cómo quiere vivir en coherencia con ese ‘quién es’, deja de procrastinar en aquello que procrastinaba porque generalmente descubre que el motivo por el que no estaba abordando esa tarea, era sencillamente que esa tarea no tenía nada que ver con su esencia, y que le estaba generando una gran incoherencia.

La persona finalmente suelta, sustituye esas tareas por otras que sí tienen que ver son ‘quién es’ y siente un gran alivio. Esta persona ha descubierto a qué quiere dar prioridad en su vida (qué es importante y qué no) y, desde ahí, empieza a gestionar bien su tiempo casi de manera natural. Otro de los motivos más comunes por los que muchas personas procrastinan o aplazan hasta el último momento una determinada tarea es por el miedo al fracaso.

Es curioso que las cosas que en realidad son las que más le llenan a uno, las que más les gusta hacer, en las que más experto es uno, las que más tienen que ver con ese ‘quién soy’ sean las que muchas veces postergamos. Lo que suele ocurrir en estos casos es que la persona tiene altas expectativas sobre el resultado de su ejecución de esa tarea. Se supone, se espera, se asume que la persona lo va a hacer estupendo, incluso mejor que la vez anterior.

Esta expectativa, que suele ser interna, genera muchísima presión. Desde la mente, surge la duda: ¿Y si no me sale bien? Ese pensamiento genera una emoción: incertidumbre, miedo al fracaso. Esa emoción desata una cascada de sensaciones incómodas en el cuerpo: falta de aire, sudoración, taquicardia, dolor abdominal. La persona se siente fatal solo de ‘pensar’ en ponerse a hacer eso que había planificado hacer...y deja de hacerlo: “Ya si eso lo haré mañana”, se dice.

Para no sentirse tan mal se pone inmediatamente a hacer otra cosa…justo una cosa que le da igual, o que ni siquiera le aporta una gran satisfacción ¡vaya casualidad! Cuando una persona explora, mira para dentro, escucha sus emociones y descubre que el miedo al fracaso era el motivo de tanta procrastinación, se da cuenta de que, además de una explicación a tanto malestar, tiene por fin un punto de partida, una casilla de salida desde la que iniciar un camino para aprender a escuchar ese miedo al fracaso y a gestionarlo en vez de darle la espalda. Generalmente, las personas que consiguen superar un miedo al fracaso como este, lo hacen porque escuchan ese miedo, lo aceptan y encuentran los recursos necesarios para enfrentarse a él.

Todo este proceso (que es largo y que merecería un artículo aparte) finalmente tiene un efecto en la vida de esta persona: que deja de procrastinar. De modo que, en ambos ejemplos vemos cómo una buena gestión emocional, una buena capacidad de conexión con uno mismo y de introspección, puede llegar a tener un impacto directo en cómo esa persona gestiona mejor su tiempo no desde la mente, desde la razón, sino desde la intuición y el corazón. Definitivamente la buena gestión del tiempo es consecuencia de una buena gestión emocional.

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