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Ramón Carrillo, el médico santiagueño que transformó la salud pública de la Argentina

El médico sanitarista tenía una concepción social de la medicina. Creía que ésta debía orientarse no hacia los factores directos de la enfermedad -los gérmenes microbianos- sino hacia los indirectos.

- 00:42 Santiago

Ramón Carrillo, el padre del sanitarismo en la Argentina, fue un destacado neurólogo y neurocirujano, que llevó a cabo una transformación sin precedentes en la salud pública de nuestro país desde una concepción social de la medicina. Creía que ésta debía orientarse ‘no hacia los factores directos de la enfermedad -los gérmenes microbianos- sino hacia los indirectos’. ‘La mala vivienda, la alimentación inadecuada y los salarios bajos -sostenía- tienen tanta o más trascendencia en el estado sanitario de un pueblo, que la constelación más virulenta de agentes biológicos’.

En 1946 Juan Domingo Perón lo designó al frente de la Secretaría de Salud Pública, más tarde elevada al rango de ministerio. Durante los ocho años de gestión, en combinación con la Fundación Eva Perón, realizó una tarea titánica. Entre 1946 y 1951 se construyeron 21 hospitales con una capacidad de 22.000 camas.

La fundación construyó policlínicos en Avellaneda, Lanús, San Martín, Ezeiza, Catamarca, Salta, Mendoza, Jujuy, Santiago del Estero, San Juan, Corrientes, Entre Ríos y Rosario. Se estableció la gratuidad de la atención de los pacientes, los estudios, los tratamientos y la provisión de medicamentos. Un novedoso tren sanitario recorría el país durante cuatro meses al año, haciendo análisis clínicos y radiografías y ofreciendo asistencia médica y odontológica hasta en los lugares más remotos del país, a muchos de los cuales nunca había llegado un médico.

Se lanzaron planes masivos de educación sanitaria y campañas intensivas de vacunación, con lo que en pocos años se logró la erradicación del paludismo, la eliminación de las epidemias de tifus y brucelosis, se logró combatir casi por completo la sífilis y disminuir la incidencia de la enfermedad de Chagas.

Además, el índice de mortalidad por tuberculosis se redujo en un 75 por ciento y la mortalidad infantil descendió a la mitad. Se crearon más de 200 centros de atención sanitaria en todo el país y más de medio centenar de institutos de especialización.

Carrillo impulsó la creación de Emesta, primera fábrica nacional de medicamentos, ideada para el abastecimiento de remedios a bajo precio. También apoyó a laboratorios nacionales, a través de incentivos económicos, procurando que la población tuviera acceso a los remedios.

Un recorrido por la vida del impulsor de la medicina social

El impulsor de la medicina social había nacido en Santiago del Estero el 7 de marzo de 1906. Fue un alumno brillante y comprometido, de convicciones fuertes, que terminó el secundario resuelto a seguir la carrera de medicina. Para eso, dejó su Santiago natal y viajó a Buenos Aires volcándose de lleno al estudio. En 1929 se recibió con medalla de oro. Alma inquieta y decidida, alternó entre la teoría y la práctica, realizando trabajos científicos junto al reconocido neurocirujano Manuel Balado, escribiendo para la Revista del Círculo Médico, y trabajando en las prácticas en el Hospital de Clínicas.

En 1930 obtuvo una beca de la UBA para perfeccionarse en Europa como neurólogo y neurocirujano. Viajó por Holanda, Francia y Alemania, y regresó a Buenos Aires en 1933, en plena década infame.

Fue una etapa que se caracterizó por la ausencia de la participación popular, la persecución a la oposición, la tortura a los detenidos políticos, la creciente dependencia de nuestro país y la proliferación de los negociados. Tomó contacto con las figuras emblemáticas de una corriente nacionalista: Homero Manzi, Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz.

Los avances tecnológicos y científicos en medio de guerras lo llevaron a profundas reflexiones. ‘El hombre de hoy -decía- ha hecho sus esclavos a la electricidad y a la fuerza nuclear y será pronto el empresario de las fuerzas del mar y del sol. Estamos frente a un poder catastrófico que puede ser peligroso para el hombre mismo. La civilización vuela en aviones y cohetes, mientras que la cultura recorre todavía a pie los caminos del mundo. El hombre actual ha perdido la buena costumbre de la reflexión y la meditación. Llegará a la luna antes de haber extirpado de sí mismo algunos resabios bárbaros que lo empujan a la guerra y a la destrucción”. l


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