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Monseñor Corral responde a la interpelación de dónde está Dios en tiempos de pandemia

En un diálogo con EL LIBERAL, el obispo de Añatuya habla de la angustia por las muertes de seres queridos y por el cierre de fuentes de trabajo a causa de lo peor del avance del Covid 19 en todo el mundo.

- 01:57 Santiago

“A más de un año de iniciada la crisis de la pandemia Covid-19 podemos constatar sus efectos en la vida y la salud de muchas personas, como así también las implicancias económicas, sociales y políticas colaterales. Junto a la emergencia epidemiológica que ha acaecido, con el sabido colapso del sistema sanitario, vino el impacto en el receso económico, en la educación donde se habla de ‘catástrofe educativa’ y en muchos otros ámbitos de la vida de la gente”, dice monseñor José Luis Corral, obispo de Añatuya en diálogo con EL LIBERAL.

“Hemos transcurrido diferentes fases desde el susto y conmoción inicial, los confinamientos más severos hasta las aperturas más flexibles –sostiene el prelado-. Se han aplicado diferentes tipos de medidas, algunas más certeras y otras cuestionadas como ineficaces; se ha ido cambiando de dirección y se han ensayado diferentes programaciones para reducir las consecuencias adversas. A la par se han suscitado múltiples intentos de explicar el origen, el desenvolvimiento y el comportamiento del virus, las proyecciones de su control o su eliminación”.

“En medio de todo esto, muchos han sido y son los afectados por los contagios y otros tantos los que mueren por ello. Nuestros días son marcados por el sufrimiento y el dolor, sobre todo el de quienes pierden sus seres queridos. Numerosas personas sienten en carne viva el miedo, la impotencia, la incertidumbre, lo cual los lleva a la desesperación, a los desbordes, a la depresión o al pánico”.

- Padre, hay quienes se preguntan dónde está Dios, en medio de tanta angustia y de muerte de seres queridos

“Dios en los pliegues del sufrimiento. La pandemia está manifestando su rostro más agresivo y cruel, sigue dando batalla porque no cede ni da tregua. En esta experiencia, donde tocamos fondo, emergen las preguntas ¿cuándo llegaremos al final de esto? ¿Cómo y con quiénes? También es frecuente escuchar la interpelación ¿dónde está Dios? o ¿qué nos quiere decir Dios con todo esto?

Como creyente vivimos la certeza que Dios está presente en cada acontecimiento humano, aún en las realidades más trágicas y límites. La fe no da explicaciones o teorías acerca del mal, sino que nos otorga una luz e impulso para el camino para sostenernos y superar lo que es causa de agobio y de aflicción”.

“Ser creyentes no nos libra de pasar por esas vivencias, pero nos confiere un sentido trascendente para sobrellevarlo. Jesucristo no resuelve teóricamente el problema del mal y del sufrimiento, sino que nos da la clave a través de sus llagas de crucificado-resucitado. Jesús se identifica con los pobres, con los que sufren, y nos alcanza su fuerza y consuelo en la hora desfavorable. El Señor nunca abandona a su pueblo pese a su apariencia ausente; es el momento de cultivar la virtud de la paciencia y de la esperanza”.

“La pandemia es un signo de los tiempos, también nos exige recrear la forma en que somos Iglesia, la forma que celebramos nuestra fe y llevamos el Evangelio a todos. Estas circunstancias inéditas nos piden creatividad y audacia pastoral, no es tiempo de pasividad ni de resignación. Es tiempo para la conversión y la transformación, para ayudar a sanar heridas, reconciliar a los hermanos y convertir el desaliento en esperanza. La Iglesia se ha sumado a todos los esfuerzos para proteger y ayudar a los más frágiles con todo su accionar caritativo desplegado, sostiene el culto y la oración comunitaria, y como testigo de Cristo no renuncia a su vocación de ser sal y luz en el mundo

Dios actúa en la historia, es un Dios de la vida, que nos protege y nos ayuda para que comunitariamente pasemos de la soledad a la solidaridad. La solidaridad nos reclama salir de los lugares que nos encierran en el egoísmo, en miradas estrechas, en intereses mezquinos; es acercarnos al prójimo para construir un mismo sentir y una sociedad que garantice el derecho a la vida, a la salud, a la justicia y a la paz”.

“La pandemia nos desenmascaró y pone en evidencia toda nuestra fragilidad humana, nuestras brechas y desigualdades sociales, y por eso también pone a prueba nuestra capacidad de salir adelante juntos con la conciencia de actuar por el bien común. La palabra griega “pandemia” significa pan=todos y demos=pueblo; por eso, algo que afecta a todos será compromiso de todos para buscar salidas. Podemos hacer de esta crisis una oportunidad para que aparezca una nueva humanidad. La solución está en nuestras manos y nosotros estamos en las manos del Dios de la historia, que ha vencido a la muerte y nos hace pasar de las tinieblas a la luz”.

“A la pregunta ¿dónde está Dios? podemos responder como lo dijo un teólogo, “está en las víctimas de esta pandemia, está en los médicos y el personal de salud que las atienden, está en los científicos que buscan vacunas antivirus y nuevos métodos para combatirlo, está en todos los que colaboran diariamente y ayudan para solucionar el problema, está en los que rezan por los demás y en los que difunden esperanza”.

- Qué análisis hace sobre el dilema de cerrar la economía para cuidar la salud ante la realidad de las miles de pérdidas de fuentes de trabajo?

“La salud y la economía en la espesor del padecimiento. Junto a las terroríficas, y a veces morbosas noticias que recibimos por los diferentes medios sobre la pandemia también aparecen otras noticias alternativas, positivas y esperanzadoras, que sin negar la realidad no hunden en el espanto y horror. También de la pandemia vamos sacando algunos aprendizajes, como descubrir los valores esenciales que nos ayudan a resituar todo, muchas cosas que creíamos indispensables e intocables se tornan relativas, muchas otras nos obligan a modificar conductas, hábitos y consumos. Cuando nos creíamos señores de la ciencia y del progreso hoy nos sentimos más vulnerables, muchas seguridades se estallan, nos sentimos más interdependientes e interconectados, tanto para el bien como para el mal”.

“Aún no acabamos de dimensionar el problema en toda su magnitud y de dar en el clavo; algunos lo minimizan y otros lo exageran; algunas medidas son tardías, insuficientes o inadecuadas. Todo ello va generando agotamiento, cansancio y hasta frustración en una buena parte de la población. Sigue presente la preocupación de cómo salimos de los aislamientos y el camino para reactivar la economía sin dejar de proteger la salud con buenas medidas para evitar el aumento de los contagios y disminuir la velocidad de los mismos”.

“La pandemia ha dejado miles de víctimas, el impacto económico es difícil de medir y puede llegar a ser devastador. Es tarea de todos mitigar la pandemia como también los daños económicos cuando sabemos que no hay siempre condiciones ni recursos para un rescate financiero como lo hacen países mejores posicionados. Aún no podemos vislumbrar totalmente la etapa post-pandemia, pero debemos estar preparados para reparar los daños que ocasionó a una gran parte de la población. Muchos terminarán pagando el costo de no tener trabajo y muchos países, como el nuestro, se verán complicados en sus economía”.

“Por eso este escenario nos pide muchos diálogos, buscar acuerdos y consensos, donde entre todos se acerquen ideas y compromisos para aplicar las políticas que sean las más adecuadas posibles para proteger las vidas humanas, las empresas, las fuentes de trabajo, la educación, la libertad religiosa, las instituciones, porque todo está interligado y no resiste falsos dilemas. Corresponde no cansarnos de apelar a la responsabilidad de todos, cada uno en su nivel y lugar, evitar todo lo que pueda perjudicar la propia vida y la de los demás. Protegernos y contener para que no se vea afectada gravemente la vida de los demás, para disminuir la tasa de infección y así, controlada la epidemia, comenzar a resurgir”.

“Cuando pase el shock, tendremos mejor comprensión de la situación y desde la perspectiva podremos percibir lo que pasamos, porque todavía está en ebullición y no termina aún de sedimentar. Mientras tanto es tiempo de sembrar fe y cuidado, responsabilidad social y diálogo, esperanza y confianza”, concluyó monseñor Corral. l


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