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Arte en pandemia

Mural pintado por una mujer de 81 años.

- 01:38 Viceversa

Ilda Juárez de Paz tiene 81 años. Esta exdocente, escritora y quichuista santiagueña ocupó las largas horas de encierro de la pandemia en algo creativo y bello: dibujó y pintó con sus propias manos un mural que abarca la tapia del fondo de su casa.

Su inspiración fue la primera escuela rural donde comenzó a trabajar. Se trata de la Escuela 660, del Lote San Juan, un establecimiento en el departamento Aguirre. “De estación Argentina, 25 a 30 kilómetros. Estaba en el límite con Santa Fe, a 350 kilómetros de la ciudad capital. Esa escuela nacional estaba cerrada por falta de personal. Nadie quería abrirla. Por eso la elegí en aquel momento”, recuerda la maestra.

“Ahora ya no existe, creo. Los bajos submeridionales avanzaron hasta ahí y borraron los vestigios de la escuela”, lamenta.

“Lo que pinté es lo que tengo guardado en la memoria. Así la llevo en mi mente. En ese tiempo, cuando yo trabajaba ahí no había cámaras ni teléfonos celulares para sacar fotos, como ahora”.

El proceso creativo

La maestra de quichua contó que había pensado mucho tiempo cómo abordar su idea del mural. En la pandemia, aprovechando el tiempo que debía estar en la casa sin salir, se dedicó a esbozar su proyecto en un papel. Luego sobrevino el proceso de “agrandarlo” en el muro ya preparado con la técnica adecuada. “Yo empecé a dibujar en la pared a partir del medio, con un carbón que había quedado en el asador. Marqué la línea del horizonte y de a poco, todos los días, iba agregando detalles. Dibujé a la Mama Antula al final. Ella va a visitar la escuelita llevando la bendición de Dios”.

“Lo hice por una especial devoción que surgió ya en tiempos de mi esposo. Mañu comenzó a investigar sobre la vida de la beata y me comentaba todo lo que iba leyendo y descubriendo sobre ella. Mi marido era un hombre que creía en las mujeres hacedoras. Y desde entonces comenzamos a rezarle y pedir su intercesión”.

El mural tiene 3 metros de alto por 6 m de ancho. Para pintar el cielo la ayudó su nieta Aylén. “Había que subir en una escalera, y yo no me animaba”, comenta Ilda. Para este trabajo utilizó esmalte sintético. “Compré varios tonos y luego los fui mezclando. Una vez listo, vino a verlo el profesor Kofler, del Instituto Juan Yaparí y le dio el visto bueno. Me preguntó cómo había hecho los detalles”, comenta al respecto, orgullosa de su obra que “ya sufrió dos lluvias y todavía sigue linda”.


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