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Luciano Lutereau: “La victimización se convirtió en la defensa más eficaz contra el deseo”

- 02:53 Viceversa

Con la excusa formal de repensar los siete clásicos pecados capitales, el psicoanalista y doctor en Filosofía Luciano Lutereau indaga en su último libro, “Miserias hipermodernas”, en el mapa de los síntomas contemporáneos y plantea cómo se dirimen el deseo, la relación con el dinero, la obsesión por lo sano, las máscaras que generan las redes sociales o la dificultad para establecer lazos.

El libro es parte de los seminarios del ciclo “Revoluciones íntimas” que Lutereau dictó en el espacio Letras del Sur, al que le seguirán “Fragmentos del lazo social” y otro que abordará las cuestiones relativas al cuerpo. El enfoque, como destaca el filósofo Darío Sztajnszrajber en el prólogo, entiende al sujeto capitalista desde el psicoanálisis para explicar por qué los vínculos se han devaluado hasta convertirse en transacciones neoliberales.

- La hipótesis que trabaja el libro es que la hipermodernidad está más relacionada a la falta que al exceso. ¿Cómo definís eso que falta y que impide el lazo?

- Luciano Lutereau: Tenemos el hábito de pensar los pecados como excesos. A diferencia de los pecados de la Biblia -me refiero a los de los mandamientos- los llamados “pecados capitales” surgieron para determinar el modo en que cada uno se regula a sí mismo. Los mandamientos prescriben una regla clara. Por ejemplo, “no matar” y no existe matar a medias, o un poquito. Quien mata, mata; pero ¿dónde empieza y dónde termina la lujuria? O pensemos en la gula, en lo que ocurre hoy en día, en nuestra sociedad de llamados “trastornos alimentarios”, en los que alguien puede gozar mucho más de lo que no come que de atiborrarse. ¿No es lo que demuestra la anorexia? Claro que eso supone una idea de cuerpo, un ideal de belleza y que comer se haya convertido en un asunto de salud. ¿No existen hoy alimentos que se han vueltos célebres por todo lo que “no” traen? Sin esto, sin lo otro y así ¡hasta se pagan más caro!

Los pecados del siglo XXI, ya no tienen que ver con el exceso, ya no hay lujuriosos que se parezcan al marqués de Sade y sus fantasías de licenciosos: el deseo está en crisis y la deserotización tiende a que cada quien se aísle en su propio goce y apenas comparta algo con los demás, con el consecuente empobrecimiento vincular y la soledad de tener todo y no tener nada, como lo demuestra el avaro que ya no es un rico al estilo del tío del Pato Donald, que nada en monedas, sino que el avaro de nuestro siglo es el mezquina su tiempo, su disponibilidad, el que da lo que le sobra, el que no quiere que le pidan porque, si no, se siente exigido y agobiado.

- En las primeras páginas agradecés por la fe y por el amor. El epílogo es una defensa del cristianismo como la religión que defiende la comunidad. Y el libro comienza con una cita de Lacan que hace referencia a la relación entre religión y psicoanálisis. ¿De dónde proviene tu interés en hacer confluir estas dos ideas, de pensarlos juntos?

- L.L.: En la dedicatoria le agradezco a mis padres, a mi mamá por el amor y a mi padre por la fe. Es un modo de situar algo que descubrí hace un tiempo: creer es algo que va separado del amor y requiere un acto, una decisión, también cierto temor y temblor. El epílogo recuerda el libro de Rafael Gumucio, “Por qué soy católico” y una charla que tuvimos en Santiago de Chile hace algunos años, una tarde en un café, antes de que yo viajase al aeropuerto. Quien conozca a Gumucio, sabe que no se trata de un autor conservador ni dogmático. De aquella charla guardé en el corazón cómo me recordó el modo en que Jesús dijo a su madre, frente a Juan: “Mujer, he ahí a tu hijo”. Jesús fue el primer “Anti-Edipo” (para recordar el título de Deleuze y Guattari) por ese espíritu de donación concedió su madre a quien la necesitaba. Hoy proliferan los anticristos, pero ¿quién va contra Edipo? Es fácil hoy definirse como ateo, pero ¿en qué creen los que dicen no creer? ¿Cuál es su religión? ¿La del capital? ¿La del Yo? ¿La de la espiritualidad que afirma que lo importante es “soltar” y “estar bien con uno mismo”?

Antes que la religión de los padres, el cristianismo es la de los hermanos, es decir, la que promueve amar a los otros, ese mandato imposible que a Freud le resultaba espantoso: “Amar al prójimo como a ti mismo”; pero para entender este mensaje es preciso entender un mensaje bíblico: que el hijo adopta al padre, que la sangre importa menos que el amor. Jesús sigue siendo el misterio del deseo que no se puede justificar y el amor que repara. Cada vez que alguien dice “Jesús, en vos confío” está de este lado, de los hijos abandonados, de quienes dejaron a sus padres, de un deseo que rompe nuestras ideas conservadoras (aunque creamos liberales) de maternidad, de los hijos que fueron recibidos en adopción. Del lado de esa sociabilidad que está en el límite de lo social.

- Muchas de las cuestiones que analizás en el libro están relacionadas con la falta de dique psíquico, de borde interno. ¿Con qué está relacionada esta ausencia, según tu experiencia en la clínica?

- L. L.: Esta es una hipótesis clínica que desarrollo para cada uno de los pecados capitales. La idea de autorregulación, de encontrar el propio límite, sin que eso tenga que venir de afuera, como un obstáculo o un golpe en la frente (el famoso “chocar siempre con la misma pared”) ocupó un lugar privilegiado en el seminario que, luego, se convirtió en este libro. Se asocia también a pensar límites que no son privativos, sino constructivos; por ejemplo, un borde interno (como también llamo a los límites) puede ser el placer. Una experiencia de placer tiene un comienzo y un fin, es lo más transitorio que hay, tarde o temprano concluye, se acaba y es preciso hacer un duelo para pasar a otra cosa. El placer rechaza la acumulación. Es como dice la canción de Charly García: “Lo que fue hermoso, será horrible después”. Llevemos esta idea a la noción de alimentación: degustar, digerir, masticar, hacer el tiempo para alimentarse, disfrutar de cenar con otro, etc., tiende a la mesura. O tomemos otro pecado del que no hayamos hablado, como la envidia, que no consiste en querer lo que el otro tiene (a diferencia de los celos) sino en que el otro no tenga, en dañar lo que el otro tiene, sea mucho o poco, pero de manera completamente desconectada de mi propia capacidad de tener algo. En el análisis, el tratamiento de la envidia lleva a que las personas sean más felices sin grandes ambiciones, pero no por resignación, sino porque descubren lo mucho que puede hacerse con lo que tienen, cuánto esfuerzo les lleva el miedo de que otro les saque algo, la paranoia y la inseguridad con que viven, cuando lo que tenemos en realidad ni siquiera es para nosotros, porque disfrutamos mucho más cuando lo compartimos.


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