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Beberaje de novela

- 23:59 Viceversa

Hacia 1995, luego de pasar unos días en la playa de Mar de Ajenjó,

retorné a la casa que me aloja, con la decisión de buscar nuevos elementos

para escribir una novela, propósito surgido durante el mes de

termidor, que te calienta la cabeza.

Aunque por mi edad era tempranillo, ya me sentía un viejo contrabandista

del periodismo, y conocía tanto la miel del aplauso como la hiel

de la crítica. Mediante mi página Copa y Pincel, publicada en El Bebario

de Santrago del Hastío, creo que había llegado al paladar de unos pocos

lectores. Ofrecía sueltos semanales que se leían en un par de tragos.

Nunca pasé del 28° de graduación exigido por las reglas del oficio,

sabiendo que ponía más de humor que de corrosivo acíbar; a esa tinta,

como a la del veneno, la reservaba para mi diario personal.

Pero esa etapa había terminado. Me sentía encerrado en mi estilo

y en la prensa como Houdini lo estuvo en un tonel de cerveza. Decidí

entonces tomarme otros días de vacaciones para pensar en mi futuro.

¿Pero adónde iría? Luego de examinar una noche el Atlante D’Agostini

logré hacer una lista de los lugares que me interesaban.

Descarté Cognac, Champagne, Oporto y Jerez de la Frontera solo

por la distancia, ya que todos despertaban gratas memorias en mi paladar.

Me interesó la región de los Chibchas. Pero también quedaba lejos.

Elegí entonces Cafayate, donde pasé unos pocos días, corriendo el

riesling de perderme entre sus torrontés.

¡Oh, la viña del Señor! Cuánto había escrito sobre ella. Y cuanto me

faltaba investigar, de modo que comencé por la biblioteca. En el estante

de religiones y creencias, el Nuevo Testamento me recordó las bodas

de Canaán, cuando Jesús convirtió el agua en vino, uno de sus más célebres

milagros que sigue mereciendo admiración en estos tiempos de

escasez.

No menos rica fue la exploración del estante de poesía. Encontré allí

el poema “El temulento” de Joaquín Castellanos y los “Sonetos al nacimiento

del vino” de Juan Carlos Dávalos. También “Temor del sábado”

de su hijo Jaime, del que me acordaba algunos versos:

El patrón tiene miedo que se machen

con vino los mineros.

Él sabe que les entra como un viento

como un chorro de gritos en el cuerpo.

Que volverá morado entre bagualas

su voz golpeando dura como un puño

en el tambor del pecho…

Lo anoté con especial interés ya que registraba la asociación entre

la bebida, la rebeldía y la explotación, que no son novedad en estas tierras.

En efecto, la primera estimula la segunda cuando no hay palabra,

gremio ni partido al que recurrir. Ambas denuncian la tercera, ampliamente

estudiada por historiadores y sociólogos

que hablaban desde sus estantes.

Pero el de poesía tenía otras joyas para

ofrecerme: allí estaban “Whiskey and

soda” de César Fernández Moreno y la

“Oda al vino” de Pablo Neruda.

No podía olvidarme de la tierra que

me sostiene. El padrón de Vecinos, Residentes

y Moradores de Santiago del

Estero de 1608, recuperado gracias a

Gastón Doucet, me informó cuántos miles

de cepas de vid cultivaban los vecinos en las

chácaras cercanas a la ciudad, donde trabajaban

familias del lugar –de reducciones o encomiendas- y

esclavos africanos. De paso, no olvidemos que allí nació la chacarera.

Esos años también se sembraba cebada, con la que se elaboraba

alcazar, bebida hoy desconocida cuyo nombre, de indudable origen

árabe, nos sugiere que estaba destinada al consumo de los nobles en

el palacio. La suponemos un antecedente del whisky, que proviene del

mismo cereal.

Desde muchos siglos antes nuestros pueblos habían desarrollado

la producción de aloja, a partir de la vaina de algarrobo (tako) molida en

mortero y macerada en agua, que se mantuvo hasta fecha reciente, como

nos confirma el cancionero: “Añapita para aloja, que alegre ayudaba

a pisar…”

Aunque no había terminado mi búsqueda, me sentí en condiciones

de comenzar a escribir mi novela, que presentaría al concurso nacional

organizado por la empresa que elaboraba un aperitivo de uso extendido.

Como mi destino era también oscuro pensé que era la convocatoria

adecuada, y si mi obra era bien juzgada hasta podía recibir un premium.

Me puse a escribir de inmediato, con el propósito de ir hasta el fondo

del asunto, hasta lograr que fuese blanco. ¡Salud! l


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