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El vuelo de las apinosas

- 23:29 Viceversa

—¿Isabel? —vuelvo a llamarla y no responde.

Un frío intenso cierra mi garganta. Corro hacia la vereda. Veo la reja de la entrada cerrada y me detengo. Mis manos tiemblan. No puedo escuchar los sonidos exteriores, los latidos del corazón me zumban en los oídos. Siento como si todo mi cuerpo se hubiera comprimido desde adentro. Una bóveda helada donde se agrandan los pulmones y hace que el aire duela al salir. No estoy habituada a perderla de vista. Miro el reloj colgado en la pared de la cocina. Son las tres de la tarde de esta siesta de verano. “A veces, las madres exageramos”, pienso. “¿Cómo sería el mundo sin los cuidados maternos. Sin la intuición de una madre?”. “Cuántas cosas más se añadirían a la lista de orfandades?”. Mis pensamientos vuelven a la cocina. A través de la ventana observo el patio exterior. Vacío. Nadie, nada. Las siestas son peligrosas. El miedo continúa creciendo y los pensamientos fatales se retuercen en mi estómago.

—¿Isabel? —repito. —¡Isabel!

Continúo buscándola por las habitaciones, debajo de la cama. Detrás de los sillones de la sala. Nada. Los juguetes del comedor están desparramos junto a su manta de flores. “Recién la vi aquí. Tiene que estar en la casa. ¿A dónde estará esta niña”, me digo. “Cuando abrí la puerta, para atender al chico de las bolsas, no salió. Estoy segura”.

Intento calmarme y recordar el episodio del jardín. “Tranquila, Laura, tranquila”. Hace unos meses atrás, una siesta igual a esta, cuando Isabel aún estaba aprendiendo a construir sus primeras oraciones y a pronunciar bien las palabras, se escondió en el jardín del fondo. El más amplio. Detrás de unos arbustos. Juan y yo la buscamos por toda la casa. Revisamos tres veces el jardín y no vimos a la niña. Isabel no respondía a nuestros llamados. Permaneció guarecida en esa fortaleza de ramas fuertes y hojas verdes durante más de quince minutos. Repentinamente, apareció y corrió hacia nosotros. Sonreía y saltaba de alegría. La reprendí:

—¡Isabel, eso no se hace!. ¡Eso no se hace! —. Juan me miró, reprochando mis palabras. Se arrodilló junto a la niña. Ella traía algo oculto. —Mirá papá, mirá: ¡las apinosas existen! —, dijo, y abrió sus manos. Vimos dos mariposas azules. Las alas les brillaron por el sol. Al cabo de unos segundos volaron lejos. Desaparecieron. Fue el día en el que Isabel descubrió las mariposas. Le gusta jugar en el jardín. La he visto desde la ventana, estira sus brazos hacia ambos lados y da vueltas en círculos pequeños. Se marea y ríe a carcajadas. Dibuja laberintos de aire en su vuelo de “apinosa”. Salgo al jardín a buscarla. La llamo y no responde. Me acerco a la muralla verde y no está la niña. Subo las escaleras del patio interno y grito su nombre. Reviso cada habitación de la planta alta. El patio interno y el lavadero. Nada. No estoy acostumbrada a que Isabel desaparezca tanto tiempo.

“¿Cuánto tiempo sería demasiado tiempo para perder de vista a un hijo?”, me pregunto, sin encontrar una respuesta que me consuele. Mis piernas tiemblan. Me cuesta desplazarme. Bajo. Subo. No puedo controlar las acciones que repite mi cuerpo. Otra vez bajo. Otra vez miro el reloj sin ver la hora. Busco, nuevamente, en el jardín de afuera.

—¡Isabel!, ¡Isabel! —. Nada. Me estremezco. Quiero correr y solo logro llegar, con gran esfuerzo, al teléfono. Llamo a Juan. —¡Juan!, Isabel. No la encuentro. Otra vez. Hace media hora, no sé, creo —digo y corto. La voz que sonó en el teléfono no fue la mía. Fueron palabras entrecortadas que chirriaron dentro de un cable enredado.

Tampoco sé si Juan entendió. Vuelvo a correr hacia cualquier lado. Voy y vengo, gritando. Me apoyo sobre la pared del comedor. Siento, con mi mano derecha, un tambor que explota en el medio del pecho. “¿Y si salió cuando abrí la puerta para atender al chico de las bolsas? ¿Y si cruzó la calle y se perdió en alguna esquina? ¿Y si...?”, me enojo conmigo. Las hipótesis fatídicas no me dejan actuar. Me congelan. “¿Todas las madres somos así?”, pienso. “¿Por qué nos llenamos de conjeturas oscuras?”. Me quedo quieta, sin saber a dónde ir ni qué hacer. Llega Juan, me abraza.

—Busquemos juntos, tranquila, es solo un juego de niños —me dice para calmarme. Juntos y, luego, cada uno por su lado, continuamos repitiendo el nombre de nuestra hija por toda la casa. ¿A dónde se van las mariposas? Intento imaginar un lugar. Sigo temblando. Al volver al lavadero, descubro la silla de mimbre sobre la mesita de plástico. Arrimadas contra la pared en forma de trapecio. Veo entonces que, desde el techo bajo del lavadero, cuelgan los piecitos de Isabel.

—¡Aquí está, Juan! —, grito, o creo hacerlo porque no escucho mi voz, un nudo en la lengua hacina las palabras. Juan tarda. Trepo con ansiedad. La escucho hablar en voz baja. Al acercarme, puedo ver que sostiene en los brazos a su muñeca preferida. Aprieta fuerte los párpados. Una y otra vez. Y luego le pregunta a la muñeca :

—¿Ves?, así...—. Muy concentrada vuelve a repetir la demostración: cierra los ojos, sonríe, aprieta fuerte los párpados por unos instantes. Se queda quieta como si durmiera sentada. Luego, abre los ojos, levanta las cejas, sonríe y con un leve movimiento sacude a su muñeca. La observo en silencio. Me llama la atención que lo repita tantas veces. La interrumpo.

—¿Qué haces, Isabel? —le pregunto con voz suave para no sobresaltarla. Ella me mira con sus ojos dulces como si no hubiera estado perdida. Sonríe, y la magia de esa sonrisa desvanece todas las conjeturas oscuras. Con espontaneidad responde: —Matilda quiere volar. Y yo le estoy enseñando a fabricar sus alas. La abrazo. Nos bajamos. Le enseño que es peligroso trepar. Juan nos abraza también. Sonríe, besa a Isabel y sale de la casa para terminar de hacer no sé qué. Nosotras vamos hacia el cuarto. Nos recostamos juntas. Finjo dormir para que Isabel se quede quieta y logre descansar.

Ahora Isabel y Matilda duermen. Yo cierro los ojos, aprieto los párpados por un instante. Luego los abro y observo la luz que entra por la ventana. Me doy cuenta de que el tiempo hizo que lo olvidara. Cierro los ojos otra vez, aprieto los párpados por unos minutos más. Me quedo quieta. “¿Ves?, así...”, me digo. Y siento como la luz de la ventana comienza a crecer dentro de mis ojos cerrados.


“EL CÍRCULO”

Nosotros le decíamos la Señorita Na (se llamaba Bernarda). Nunca lo hubiera comprendido de no ser por ella. Pasaron muchos años desde el preescolar. –Hoy conoceremos el círculo- dijo aquella siesta con dulce voz. Y todos los niños, entusiasmados, comenzaron a garabatear circunferencias de diferentes tamaños y colores.

Entretanto, mi mano derecha se negaba -rotundamentea obedecer la invitación de la maestra.

Empuñé con decisión el lápiz, y nada. Ningún trazo. Cuando ella descubrió el capricho en la mirada, me escondí debajo de la mesa –enrolladitoamordazado por la timidez. Pese a todo, colocó su mano sobre la mía y murmuró unas palabras que no comprendí sino hasta hoy.

Luego, en voz alta y firme, dijo ante toda la clase: – ¿Ven?, no es tan complicado – Ahora estoy aquí, con el torso desnudo, llorando. Tendido sobre esta cama tibia –enrolladito- respirando entrecortado. Recuerdo a la Señorita Na. Y a Heráclito. Mi mano derecha se niega a soltar la vida, mientras “el principio y el fin se confunden…”

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