Opinión DÍA DEL ESCRITOR - Por Raúl Lima - 1ª parte

¿Es santiagueño Lugones?

El 13 de junio, se conmemora el Día del Escritor. Homenaje a Leopoldo Lugones, que nació en ese día, del año 1874.

13/06/2017 -

Nació en Villa de María del Río Seco, es decir que es cordobés. De sangre santiagueña por parte de su padre, Santiago Lugones (y éste, "por sus cuatro costados"). Desde la época fundacional de Santiago del Estero estuvieron los Lugones en esta ciudad, y de ello se envanece Lugones en el famoso poema dedicado a sus antepasados santiagueños, al iniciar sus "Poemas solariegos", publicados a los 53 años: "Que nuestra tierra quiera salvarnos del olvido/ Por estos cuatro siglos que en ella hemos vivido" Aclaremos que Villa de María del Río Seco está al norte de la provincia de Córdoba, a 46 kilómetros de Ojo de Agua. Conozco escritores que, queriendo forzar las cosas, quieren a toda costa que este gigante de las letras sea santiagueño, basados en que esa localidad del norte de Córdoba alguna vez perteneció a Santiago del Estero, y que su iglesia dependió en un tiempo del Curato de Sumampa. Pero el mismo Lugones se encarga de explicarlo. Asistía Julio Irazusta al 4to. año del Colegio Nacional de La Plata y un día reciben la visita del gran escritor. En charla con sus alumnos sale el tema de su nacimiento y él aclara que es cordobés, que sin perjuicio de que alguna vez -por la antigua indefinición de los límites provinciales- Villa de María hubiera podido ser santiagueña, al momento de su nacimiento pertenecía a Córdoba, y por lo tanto él era cordobés. Fue bautizado en la misma Villa de María del Río Seco y en la partida de bautismo se lee "Arquidiócesis de Córdoba", y a su padre lo designó maestro y receptor de rentas -antes del nacimiento de Leopoldo, el primogénito- el gobernador de Córdoba, Juan Antonio Álvarez, no el de Santiago. Su padre, que había dejado el territorio provincial por desavenencias con los Taboada, se casó en Villa de María con Custodia Argüello, de vieja familia cordobesa, cuyo padre -Exequiel Argüello- era jefe político de Río Seco y gestionó esas designaciones, que proporcionaban un ingreso seguro a la familia que se formaba, ya que la suerte de las actividades agrícolas y ganaderas era incierta. El padre, Santiago Lugones, no tardó en renunciar al cargo de maestro, siempre afecto a las tareas campestres. Compró un pequeño campo en Sumampa y a los mismos Argüello la estancia "Tako Yacu", cerca del cerro Colorado, que Leopoldo visitaba y de donde tomaría tipos rurales para sus "Poemas Solariegos", como el capataz Juan Rojas, quien resultó algo así como para Ricardo Güiraldes Don Segundo Sombra. Pero no son sólo esos "cuatro siglos" de antepasados santiagueños, lo que lo unen a Santiago. Ojo de Agua Leopoldo tenía 3 años y medio, cuando la familia Lugones se radicó en Ojo de Agua. Allí nacieron dos de sus hermanos, y allí permaneció Leopoldo hasta los 11 años. Esos años en Ojo de Agua fueron cruciales para el niño Leopoldo. Asistió a la escuela dirigida por Miguel Novillo Saravia, que en esa época tenía una sola aula y estaba frente a su casa, en el centro de la Villa (hoy la escuela José María Torres, importante y antiguo edificio ubicado frente a la plaza). Ya de niño fue un lector voraz, que visitaba con frecuencia la Biblioteca Popular Gancedo, donde leía la colección de clásicos argentinos que Sarmiento hizo editar. Su madre le enseñaba poesías, que recitaba parado sobre el mostrador del almacén de Don Domingo Sánchez (también frente a la plaza, donde hoy se levanta la actual escuela Leopoldo Lugones). Luego, el curioso mecenas llenaba los bolsillos del niño prodigio de golosinas. Muchos años después, Leopoldo se encuentra en una calle de Buenos Aires, poco antes de su trágica partida, con uno de sus antiguos vecinos de Ojo de Agua, Don. César Carrizo, y le pregunta por su antiguo mecenas y si continuaba con sus veleidades literarias. Ante la respuesta afirmativa, recuerda emocionado: "Ojo de Agua vive intacto, no solamente en mi memoria sino en mi corazón". Y agregará: "Ojo de Agua. Rodeado de selva huraña y densa, de cerros verde azules y campos de siembra, es un jardín de cuento de hadas. Y todo gracias a la caridad de un arroyo y de un manantial…" Y, ya que hablamos de la relación de Lugones con Santiago, quiero mencionar una anécdota que recuerda los estrechos lazos familiares que lo unían a esta provincia. Se inauguraba el busto de homenaje al Cnel. Lorenzo Lugones, en la plazoleta del mismo nombre, frente a la iglesia de San Francisco (Avda. Roca y Avellaneda). Habla el invitado de honor, monseñor Raynerio Lugones, tío de Leopoldo. En medio del acto se abre paso a codazos un adolescente llegado de Córdoba, quien, dirigiéndose al busto del Coronel, improvisa un encendido discurso. En él le dice al busto: "Tu eres la espada de nuestra casa; yo, yo soy la pluma". De modo que, sin necesidad de forzar la realidad con torturadas y erróneas interpretaciones, lo dicho basta para mostrar que Santiago tiene sobrados motivos de orgullo por la participación que le cupo en la gestación y en la formación de este coloso de las Letras. La etapa cordobesa Desde los 11 a los 22 años Leopoldo vivió en Córdoba (hasta los 21 en "Córdoba capital", como dicen los cordobeses) y el último año en San Francisco. Vivía Leopoldo en la calle Santa Rosa, cerca de La Cañada, en casa de su tía Rosario Bulacio de Argüello, y que fuera de sus abuelos maternos. En esa misma casa se reunirá después la familia, cuando su padre decide radicarse en Córdoba. En Córdoba ingresó en el ilustre colegio Monserrat. A los doce años rinde -con diez- su ingreso al mismo. "Buen alumno primario y pésimo estudiante de segunda enseñanza", se calificará a sí mismo. A pesar de su inteligencia genial y de su memoria prodigiosa, sus notas eran irregulares, a veces brillantes, otras mediocres, perjudicadas siempre por su conducta rebelde. Con quien sería, andando el tiempo, su cuñado –González Luján- se dedicaban, con esfuerzo digno de mejor causa, a hacer la vida imposible del también ilustre rector del Monserrat, el santiagueño Dámaso Palacio, el "Cabezón" Palacio, futuro rector de la Universidad de Córdoba, dos veces gobernador de Santiago y por fin ministro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. En los últimos años del secundario, entregado de lleno a la actividad literaria y a la política, abandonó el colegio sin recibirse. Octavio Amadeo, en ingeniosa crónica, recuerda que las beatas amigas de la madre de Leopoldo, que iban a la Novena de San Francisco, veían pasar a este mozo que volvía vestido con anticuada levita y chaleco blanco, desmelenado, y se preguntaban: "¿Pero, de dónde ha sacado la Custodia a este mozo tan mandinga?" En el campo de las letras, admira a Andrade y a Almafuerte, quienes influyen en el particular estilo literario que va adquiriendo. Era su época de socialista anarquista, furioso anticlerical. Escribía en diaritos cordobeses y le pedían que recitara en teatros. Declara, en el periódico "La Libertad" que él "…pertenece al gremio obrero, ya que no cuento con otros medios de vida de los que pueden darme mis brazos y mi cabeza…"… Fomenta las huelgas y arenga a los huelguistas. Al pie de la estatua al Gral. Paz pronuncia un furibundo discurso anticlerical. En realidad, -como dice Efraín Bischoff-, Lugones no hacía sino denunciar la realidad que diez años después desnudaría el crudo informe de Bialet Massé sobre las condiciones de la clase obrera en el interior del país. La madre se escandaliza con los artículos periodísticos de "este muchacho loco", que alienta el duelo como forma de resolver los conflictos (Acotemos aquí que, a lo largo de su vida, desafió a duelo dos veces. La segunda se concretó, a espada, y venció a su rival sin herirlo demasiado. Era un consumado tirador de esgrima, que practicaba en la pedana del Círculo Militar, en Buenos Aires). El "stablishment" cordobés veía con desagrado y preocupación a este joven tremebundo, de verba encendida, que funda un Centro Socialista. Para colmo, su pluma era afilada pero demolía como una maza. ¡Qué paradoja! El seudónimo con que escribía era "Gil Paz". La familia, preocupada, le consigue un trabajo -dibujante del departamento Topográfico-; al mes renuncia y el puesto lo ocupa su hermano Santiago. Y un día, después de una breve estancia en San Francisco, desde donde continúa con tremendas polémicas periodísticas, y donde trabaja en una Escribanía (y se queja que vivía "entre las legumbres y la lechuga"), a los 22 años, nuestro joven energúmeno se va a Buenos Aires, en busca de horizontes más amplios. En Buenos Aires Llevaba cartas de recomendación. Una, del citado Javier Lazcano Colodrero. Otra, de Carlos Romagosa. Pero el espaldarazo que le allana el camino y le abre las puertas del diario "La Nación", viene de Roberto Payró, socialista como él. Y ayudó también el recuerdo de un tío de Lugones, Benito Lugones, autor de "Los beduinos urbanos", quien había fallecido en París unos años antes y fuera estimado redactor de La Nación. Al poco tiempo regresa a Córdoba para casarse con Juana González Luján, de familia puntana, hermana de su amigo del Monserrat. Y el matrimonio se radica en Buenos Aires. A su querida y respetada esposa le dedicará si libro "El libro fiel", que escribirá años más tarde. Al poco tiempo, llega un elogio importantísimo para su estilo literario. El nuevo espaldarazo es nada menos que de Rubén Darío, el nicaragüense que venía de Chile, y encandilaba con sus rimas, sus princesas y sus perlas, que hoy nos suenan un poco cursis. Buenos Aires comienza a hablar de Lugones. (Mañana, la segunda y última parte)

 
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