Ezequiel Nicolás Suárez

Seminarista

A los 21 años me sentí fascinado por el Señor. Lo conocí a Jesús durante mi juventud y eso me ha llevado a dejar todo, amigos, salidas y todo lo que muchos consideran característico de la juventud, y proyectos también. Sin embargo, decidí seguir a Jesucristo y dejar todo para andar sus pasos. Hoy, que me encuentro en el Seminario me atrevo a decirles a los jóvenes que sienten el llamado del Señor que se animen a decirle que sí, a entregar su vida por los demás, por el Señor y por amor.

Me entusiasmó al principio la vida de Jesús, quería saber de su vida, de su obra. Así empecé a descubrir mi vocación.

Además mi familia me hablaba mucho de Dios, conocí muchos seminaristas durante ese tiempo y participé de misiones. Todo eso me contagió las ganas de seguir a Cristo y llevarlo a todos los rincones, y entré al Seminario.

Así, de a poco me di cuenta de que esto era lo que yo quería. Tenía muchas ganas de seguir a Jesús, de ser sacerdote hasta que me entrevisté con el padre Julián y así arranqué.

El apoyo de la familia es fundamental para encarar el camino, porque hay momentos en los que a pesar de sentirte firme en la decisión, surgen dudas momentáneas y ahí deben estar ellos.

Tuve momentos de incertidumbre, pero muy cortos y pasajeros que me ayudaron a entender que el llamado de Dios es más fuerte y por eso sigo convencido de lo que elegí ser en mi vida.

Igualmente hay que decir que hay cosas que cambian en la vida del seminarista pero que lo disfrutamos todos.

Estudiamos en un profesorado público y nuestros compañeros nos hacen preguntas, quieren saber todo, y tratamos de explicar lo que nos pasa. Además hay chicos que incluso nos hacen burla pero siempre con respeto y nos divertimos mucho. Algunos ya nos dicen que bautizaremos a sus hijos, los casaremos.

Y ese es nuestro objetivo, estar para servirlos a ellos, con los sacramentos que podamos.

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