LETRAS SANTIAGUEÑAS

El gorrión y el niño dormido

Héctor Yocca Acuña.

Los primero rayos del sol de aquella mañana de invierno, luego de filtrarse por entre las hojas de las plantas, fueron a depositarse sobre su humanidad aparentemente dormida. ¡Su cuerpecito de niño dormido...! con las manos pretendía formar un circulo, atrapando a su alrededor ese trozo de vida que, para él, se reducía a esos cuantos trapos que abrigaban su desnudez... a algo que en una época quiso ser calzado para sus pies, y que, con el paso del tiempo, cansado de tanto andar, se dejó estar, y como un pájaro que abre sus alas, como una boca abierta en protesta, dejó escapar unos dedos rosados y tiernos, que pugnaban por escapar en búsqueda de la tan ansiada libertad..

Sus prietas manecitas atrapaban entre sus dedos, unas monedas logradas vaya a saberse cómo; un pedazo de pan, ya duro por el frío, y sus ojos inocentes miraban fijos un cielo del que había sentido comentarios, acerca de una mansión con jardines, de flores eternas y bellas, de mesas con abundantes y exquisitos manjares, y al que en tantas ocasiones había soñado conocer. A su alrededor, la vida seguía su curso...

Las altas rejas de la catedral permanecían cerradas, como celosos guardianes que cuidan el ingreso no deseado a su interior. Marcaban lo prohibido y lo permitido.

Un gorrión, tan inocente como ese niño dormido, picoteaba las migajas que habían caído a su alrededor y como jugueteando con su picotear, parecía querer transmitirle vida... esa vida que hacía rato, y en una noche sin testigos, en una madrugada como tantas otras, con la única compañía de su soledad, de su inocencia, de su tristeza sin fin, su orfandad que le golpeaba, cansadas de tanto peregrinar, habían decidido, ellas, como los demás, abandonarlo...

Y, a pesar de la frialdad que envolvía a su pequeña, pero tan castigada humanidad sus labios dejaban esbozar una sonrisa tibia y feliz, como una plegaria de gratitud, hacia ese Dios que le extendió sus brazos para recogerlo...

La mañana crecía en tiempo. Los pájaros en las copas de los arboles iniciaban bulliciosamente un nuevo día.

En el interior del templo, un Cristo desde su cruz, dejaba escapar una lágrima.

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