Letras santiagueñas

Los perros salvajes

Un cuento de Dante Cayetano Fiorentino

El tractor diésel avejentado por el uso, movía su desvencijada carrocería como atacado por el mal de san Vito, con un rugido de motor al que esporádicamente se le escapaban explosiones de tos. Los dos acoplados, inertes, se iban llenando de gente a medida que los capataces inscribían a los operarios y les daban ubicación. Aníbal llegó al lugar torcido hacia la derecha por el peso de una valija reventona que le excitaba los músculos fibrosos del brazo y le desacomodaba el sombrero a cada rato, incapaz de armonizar la marcha y el esfuerzo.

Su perro, Compadre, lo seguía de cerca, casi rozándolo; un animal vivaz, de orejas paradas, con una pelambre aleonada que cubría su contextura prepotente. Orinó, por rutina, la rueda del acoplado y cortando la micción se lanzó a perseguir a otro perro, corriendo por entre los bultos y ataduras de colchas grises que dejaban filtrar olores a empanadas, a queso de cabra, a mandarinas, que la gente llevaba para comer en el camino. Algún pico de botella sacaba su cuello de vino tinto, dejando adivinar el sabor agridulce, seco, reconfortante, que al mismo tiempo que despegaba la tierra de la garganta, hacía más llevadero el largo trajín del acoplado cuando se zangoloteaba transmitiendo cada capricho del camino, cada lomada, cada pozo, en saltos que se sentían vibrar en todo el cuerpo.

Cuando todos estuvieron arriba, Compadre intentó subir encaramándose a la compuerta bajada, pero una patada lo alejó de allí y la cerraron para iniciar el viaje, mientras el animal lanzaba un quejido lloroso y se desplazaba de un extremo al otro del vehículo, hasta que el tractor se puso en marcha. Aníbal vio como su perro y otros más que empezaban a ser abandonados, comenzaron a correr detrás, pero pensó que se cansarían y volverían al pueblo. Todo en su vida era pasajero, precario, por eso no tenía mujer, su rancho era precario, también su perro debía serlo, de tal forma que desapareciera cuando tuviera que irse. Recordó con claridad la última cacería en la que habían estado juntos caminando por el yuyal, cuando oyeron el silbido de una perdiz.

El animal lo había mirado nervioso esperando una señal y cuando el hombre remontó el arma y apuntó al lugar, Compadre se lanzó disparado, sin ladrar, logrando que el ave levantara vuelo. Aníbal disparó al aire y la perdiz fue a caer en un matorral desde donde el perro la rescató y la trajo a los pies de su amo, todavía tibia de vida. También a los quirquinchos había aprendido a rasparles el lomo con las patas delanteras para que se hicieran ovillo; luego los mantenía así, amedrentados, ladrándoles desaforadamente hasta que el cazador llegaba y simplemente los recogía y los metía en la bolsa de arpillera. Cuando trabajaba en el monte, aislado en el lote que le asignaban para hachar, tampoco podía estar mudo todo el día y tanto como para escuchar una voz, le explicaba al perro hacia dónde iba a caer el árbol, desde dónde lo empezaría a trocear; hasta llegó a llamarlo Compadre, para que su nombre tuviera sonido humano.

Así le era más fácil compartir con el perro lo que habían cazado entre los dos y contarle de sus furtivas conquistas amorosas cuando viajaba al pueblo cada quince días, de las provocaciones de los borrachos en el boliche, de lo bien parada que dejaba su hombría en las discusiones y de la inteligencia con que argumentaba cuando el recibidor de su trabajo le quería disminuir los metros de leña que había apilado. El ruido del motor parecía soplar toda la tierra del camino tapando el horizonte y cubriendo de olvido el pasado. A pesar de ello, Compadre siguió corriendo, ciego en ese humo de suelo, sin ver adonde apoyaba las patas, porque la tierra le entraba en los ojos, en las fauces, sus ladridos no alcanzaban a atravesar el polvo ni el ruido del motor, por lo que optó por disparar callado, con una especie de sonrisa de derrota, con resoplar de narices taponadas.

Cuando el agua de sus párpados no podía disolver más el dolor, se paraba a pestañear la arena, a darse una tregua corta, para luego seguir, antes de que el tractor se alejara demasiado porque después costaba alcanzarlo. Pronto la lengua afuera se le hizo barro, todo por aferrarse a un cariño que se le cortaba, trotando cada vez un poco menos. En el último intento se lanzó, rengo ya, reventado de cansancio y al alcanzar la polvareda lo abandonaron las fuerzas. Un año después, Aníbal, ya de vuelta, iba a visitar a Carlos, un amigo de la infancia habitante de su mismo pueblo tan poco habitado. Una oscuridad renegrida de noche nublada se había metido en la zona y la humedad la hacía pesada e irrespirable.

El hombre venía descifrando senderos con la linterna y todo caminaba con él: las ramas movedizas, los caminitos encajonados de yuyos, las tinieblas. Todo se desplazaba haciendo una abertura amarilla, para cerrarse luego una vez que había pasado. Su silbido lo venía acompañando desde lejos, más por darle coraje que para entretenerlo, porque le contaron que por allí merodeaba una manada de perros salvajes que atropellaban de a montones, uniendo sus hambres y sus brutalidades para ser más eficaces en el saqueo de majadas de ovejas, de las casas y que hubo casos en que ya se habían atrevido contra la gente. Les había caído el pelo del tiempo en que tenían dueño y ahora les habían nacido cerdas en el lomo, aguijones en las mordeduras y en las uñas, filos, de cavar madrigueras, de desgarrar animales.

Aníbal se desorientó un momento y su propia sombra se le puso adelante cuando alumbró hacia atrás interrogando con la linterna unos gruñidos apenas perceptibles. Cuatro, cinco, seis pares de ojos de una jauría brillaron llenos de luz a medida que el hombre extendía el haz luminoso y distinguía los colmillos blancos, amenazantes como armas cargadas y entre ellos la cabeza de su perro. ¡Compadreee! ¡Compadreee! gritó desesperadamente tratando de hacerse reconocer, pero no tuvo tiempo de dar ni un paso atrás, porque súbitamente se le lanzaron encima varios animales, también el suyo, volteándolo de espaldas.

Se sintió asido por firmes mordiscones que lo arrastraban del pantalón con tal fuerza que no conseguía anclarse en los matorrales y arrancaba el pasto y las plantas en las que se agarraba, y apenas lograba lanzar linternazos al tiempo que vociferaba pidiendo auxilio. Los perros habían aprendido a cazar a sus presas sin hacer mucho ruido y a intervalos el rumor de la ropa raspada contra el suelo se mezclaba con los gruñidos de los hocicos cerrados. Entre los haces de luz que la linterna arrojaba hacia cualquier lado, Aníbal distinguió un antiguo vizcachera que los perros habían agrandado utilizándolo como madriguera.

Sabía que si lo metían allí, no tendría ninguna posibilidad de salvarse y luchó desesperadamente arañando la tierra para agarrarse de algo mientras seguía lanzando alaridos de socorro, pero los terrones se despedazaban entre sus dedos sin lograr parar nada. De vez en cuando alguna patada hacía impacto en los costillares enflaquecidos de las bestias, logrando hacerse soltar por un instante, pero pronto otro animal le mordía el pie o el pantalón y lo seguían llevando como una lombriz atacada por cientos de hormigas furiosas, que por más que se retuerza es arrastrada irremediablemente a la cueva.

Lo metieron por los pies a la madriguera y apenas pudo resistir con los brazos abiertos trabados en la boca del hoyo cuando escuchó los gritos de su amigo que llegaba acompañado de su nieto, quien alumbraba la escena con un sol de noche a gas. El hombre blandía un garrote grueso como un brazo y asestaba golpes que partían columnas vertebrales y cabezas de los animales que atacaban a Anibal hasta que el temor puso en fuga a los pocos que quedaban en pié. Carlos tomó luego a su amigo con la firmeza con que se amarran los trapecistas y lo izó lentamente hasta sacarlo de la cueva, dejándolo tendido boca arriba, exhausto, con todo el cuerpo machucado desgarrado, esperando a que recuperara el aliento. - ¿Ha visto, amigo? - expresó el salvador - Por eso yo, cada que tengo que irme, más vale los mato, aunque se me parta el alma. Aníbal, sin contestar, sucio de tierra y sangre, haciendo un esfuerzo sobrehumano, se sentó, se sentó a vivir…

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