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EL LIBERAL . Viceversa

Los perros salvajes

06/05/2017 20:18 Viceversa
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Los perros salvajes Los perros salvajes

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El tractor diésel avejentado por el uso,

movía su desvencijada carrocería como

atacado por el mal de san Vito, con un rugido

de motor al que esporádicamente se

le escapaban explosiones de tos. Los dos

acoplados, inertes, se iban llenando de

gente a medida que los capataces inscribían

a los operarios y les daban ubicación.

Aníbal llegó al lugar torcido hacia la derecha

por el peso de una valija reventona

que le excitaba los músculos fibrosos del

brazo y le desacomodaba el sombrero a cada

rato, incapaz de armonizar la marcha y

el esfuerzo.

Su perro, Compadre, lo seguía

de cerca, casi rozándolo; un animal vivaz,

de orejas paradas, con una pelambre aleonada

que cubría su contextura prepotente.

Orinó, por rutina, la rueda del acoplado y

cortando la micción se lanzó a perseguir a

otro perro, corriendo por entre los bultos y

ataduras de colchas grises que dejaban filtrar

olores a empanadas, a queso de cabra,

a mandarinas, que la gente llevaba para

comer en el camino. Algún pico de botella

sacaba su cuello de vino tinto, dejando adivinar

el sabor agridulce, seco, reconfortante,

que al mismo tiempo que despegaba la

tierra de la garganta, hacía más llevadero

el largo trajín del acoplado cuando se zangoloteaba

transmitiendo cada capricho del

camino, cada lomada, cada pozo, en saltos

que se sentían vibrar en todo el cuerpo.

Cuando todos estuvieron arriba, Compadre

intentó subir encaramándose a la compuerta

bajada, pero una patada lo alejó de

allí y la cerraron para iniciar el viaje, mientras

el animal lanzaba un quejido lloroso y

se desplazaba de un extremo al otro del vehículo,

hasta que el tractor se puso en marcha.

Aníbal vio como su perro y otros más

que empezaban a ser abandonados, comenzaron

a correr detrás, pero pensó que

se cansarían y volverían al pueblo.

Todo en su vida era pasajero, precario,

por eso no tenía mujer, su rancho era precario,

también su perro debía serlo, de tal

forma que desapareciera cuando tuviera

que irse. Recordó con claridad la última

cacería en la que habían estado juntos

caminando por el yuyal, cuando oyeron

el silbido de una perdiz.

El animal lo

había mirado nervioso esperando una señal

y cuando el hombre remontó el arma y

apuntó al lugar, Compadre se lanzó disparado,

sin ladrar, logrando que el ave levantara

vuelo. Aníbal disparó al aire y la perdiz

fue a caer en un matorral desde donde

el perro la rescató y la trajo a los pies de su

amo, todavía tibia de vida. También a los

quirquinchos había aprendido a rasparles

el lomo con las patas delanteras para que

se hicieran ovillo; luego los mantenía así,

amedrentados, ladrándoles desaforadamente

hasta que el cazador llegaba y simplemente

los recogía y los metía en la bolsa

de arpillera. Cuando trabajaba en el monte,

aislado en el lote que le asignaban para

hachar, tampoco podía estar mudo todo el

día y tanto como para escuchar una voz, le

explicaba al perro hacia dónde iba a caer el

árbol, desde dónde lo empezaría a trocear;

hasta llegó a llamarlo Compadre, para que

su nombre tuviera sonido humano.

Así le

era más fácil compartir con el perro lo que

habían cazado entre los dos y contarle de

sus furtivas conquistas amorosas cuando

viajaba al pueblo cada quince días, de las

provocaciones de los borrachos en el boliche,

de lo bien parada que dejaba su hombría

en las discusiones y de la inteligencia

con que argumentaba cuando el recibidor

de su trabajo le quería disminuir los metros

de leña que había apilado.

El ruido del motor parecía soplar toda la tierra del camino tapando el horizonte y

cubriendo de olvido el pasado. A pesar de

ello, Compadre siguió corriendo, ciego en

ese humo de suelo, sin ver adonde apoyaba

las patas, porque la tierra le entraba en los

ojos, en las fauces, sus ladridos no alcanzaban

a atravesar el polvo ni el ruido del

motor, por lo que optó por disparar callado,

con una especie de sonrisa de derrota,

con resoplar de narices taponadas.

Cuando

el agua de sus párpados no podía disolver

más el dolor, se paraba a pestañear la

arena, a darse una tregua corta, para luego

seguir, antes de que el tractor se alejara

demasiado porque después costaba alcanzarlo.

Pronto la lengua afuera se le hizo barro,

todo por aferrarse a un cariño que se le

cortaba, trotando cada vez un poco menos.

En el último intento se lanzó, rengo ya, reventado

de cansancio y al alcanzar la polvareda

lo abandonaron las fuerzas.

Un año después, Aníbal, ya de vuelta,

iba a visitar a Carlos, un amigo de la infancia

habitante de su mismo pueblo tan poco

habitado. Una oscuridad renegrida de noche

nublada se había metido en la zona y

la humedad la hacía pesada e irrespirable.

El hombre venía descifrando senderos con

la linterna y todo caminaba con él: las ramas

movedizas, los caminitos encajonados

de yuyos, las tinieblas. Todo se desplazaba

haciendo una abertura amarilla, para cerrarse

luego una vez que había pasado. Su

silbido lo venía acompañando desde lejos,

más por darle coraje que para entretenerlo,

porque le contaron que por allí merodeaba

una manada de perros salvajes que

atropellaban de a montones, uniendo sus

hambres y sus brutalidades para ser más

eficaces en el saqueo de majadas de ovejas,

de las casas y que hubo casos en que ya se

habían atrevido contra la gente. Les había

caído el pelo del tiempo en que tenían dueño

y ahora les habían nacido cerdas en el

lomo, aguijones en las mordeduras y en las

uñas, filos, de cavar madrigueras, de desgarrar

animales.

Aníbal se desorientó un momento y su

propia sombra se le puso adelante cuando

alumbró hacia atrás interrogando con

la linterna unos gruñidos apenas perceptibles.

Cuatro, cinco, seis pares de ojos de

una jauría brillaron llenos de luz a medida

que el hombre extendía el haz luminoso

y distinguía los colmillos blancos, amenazantes

como armas cargadas y entre

ellos la cabeza de su perro. ¡Compadreee!

¡Compadreee! gritó desesperadamente

tratando de hacerse reconocer, pero no

tuvo tiempo de dar ni un paso atrás, porque

súbitamente se le lanzaron encima varios

animales, también el suyo, volteándolo

de espaldas.

Se sintió asido por firmes

mordiscones que lo arrastraban del pantalón

con tal fuerza que no conseguía anclarse

en los matorrales y arrancaba el pasto y

las plantas en las que se agarraba, y apenas lograba lanzar linternazos al tiempo que

vociferaba pidiendo auxilio. Los perros habían

aprendido a cazar a sus presas sin hacer

mucho ruido y a intervalos el rumor de

la ropa raspada contra el suelo se mezclaba

con los gruñidos de los hocicos cerrados.

Entre los haces de luz que la linterna

arrojaba hacia cualquier lado, Aníbal distinguió

un antiguo vizcachera que los perros

habían agrandado utilizándolo como

madriguera.

Sabía que si lo metían allí, no

tendría ninguna posibilidad de salvarse y

luchó desesperadamente arañando la tierra

para agarrarse de algo mientras seguía

lanzando alaridos de socorro, pero los terrones

se despedazaban entre sus dedos

sin lograr parar nada. De vez en cuando alguna

patada hacía impacto en los costillares

enflaquecidos de las bestias, logrando

hacerse soltar por un instante, pero pronto

otro animal le mordía el pie o el pantalón y

lo seguían llevando como una lombriz atacada

por cientos de hormigas furiosas, que

por más que se retuerza es arrastrada irremediablemente

a la cueva.

Lo metieron

por los pies a la madriguera y apenas pudo

resistir con los brazos abiertos trabados

en la boca del hoyo cuando escuchó los gritos

de su amigo que llegaba acompañado

de su nieto, quien alumbraba la escena con

un sol de noche a gas. El hombre blandía

un garrote grueso como un brazo y asestaba

golpes que partían columnas vertebrales

y cabezas de los animales que atacaban

a Anibal hasta que el temor puso en fuga

a los pocos que quedaban en pié. Carlos

tomó luego a su amigo con la firmeza con

que se amarran los trapecistas y lo izó lentamente

hasta sacarlo de la cueva, dejándolo

tendido boca arriba, exhausto, con todo

el cuerpo machucado desgarrado, esperando

a que recuperara el aliento.

- ¿Ha visto, amigo? - expresó el salvador

- Por eso yo, cada que tengo que irme,

más vale los mato, aunque se me parta el

alma.

Aníbal, sin contestar, sucio de tierra y sangre, haciendo

un esfuerzo sobrehumano, se sentó, se sentó a vivir…

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