Los perros salvajes Los perros salvajes
El tractor diésel avejentado por el uso,
movía su desvencijada carrocería como
atacado por el mal de san Vito, con un rugido
de motor al que esporádicamente se
le escapaban explosiones de tos. Los dos
acoplados, inertes, se iban llenando de
gente a medida que los capataces inscribían
a los operarios y les daban ubicación.
Aníbal llegó al lugar torcido hacia la derecha
por el peso de una valija reventona
que le excitaba los músculos fibrosos del
brazo y le desacomodaba el sombrero a cada
rato, incapaz de armonizar la marcha y
el esfuerzo.
Su perro, Compadre, lo seguía
de cerca, casi rozándolo; un animal vivaz,
de orejas paradas, con una pelambre aleonada
que cubría su contextura prepotente.
Orinó, por rutina, la rueda del acoplado y
cortando la micción se lanzó a perseguir a
otro perro, corriendo por entre los bultos y
ataduras de colchas grises que dejaban filtrar
olores a empanadas, a queso de cabra,
a mandarinas, que la gente llevaba para
comer en el camino. Algún pico de botella
sacaba su cuello de vino tinto, dejando adivinar
el sabor agridulce, seco, reconfortante,
que al mismo tiempo que despegaba la
tierra de la garganta, hacía más llevadero
el largo trajín del acoplado cuando se zangoloteaba
transmitiendo cada capricho del
camino, cada lomada, cada pozo, en saltos
que se sentían vibrar en todo el cuerpo.
Cuando todos estuvieron arriba, Compadre
intentó subir encaramándose a la compuerta
bajada, pero una patada lo alejó de
allí y la cerraron para iniciar el viaje, mientras
el animal lanzaba un quejido lloroso y
se desplazaba de un extremo al otro del vehículo,
hasta que el tractor se puso en marcha.
Aníbal vio como su perro y otros más
que empezaban a ser abandonados, comenzaron
a correr detrás, pero pensó que
se cansarían y volverían al pueblo.
Todo en su vida era pasajero, precario,
por eso no tenía mujer, su rancho era precario,
también su perro debía serlo, de tal
forma que desapareciera cuando tuviera
que irse. Recordó con claridad la última
cacería en la que habían estado juntos
caminando por el yuyal, cuando oyeron
el silbido de una perdiz.
El animal lo
había mirado nervioso esperando una señal
y cuando el hombre remontó el arma y
apuntó al lugar, Compadre se lanzó disparado,
sin ladrar, logrando que el ave levantara
vuelo. Aníbal disparó al aire y la perdiz
fue a caer en un matorral desde donde
el perro la rescató y la trajo a los pies de su
amo, todavía tibia de vida. También a los
quirquinchos había aprendido a rasparles
el lomo con las patas delanteras para que
se hicieran ovillo; luego los mantenía así,
amedrentados, ladrándoles desaforadamente
hasta que el cazador llegaba y simplemente
los recogía y los metía en la bolsa
de arpillera. Cuando trabajaba en el monte,
aislado en el lote que le asignaban para
hachar, tampoco podía estar mudo todo el
día y tanto como para escuchar una voz, le
explicaba al perro hacia dónde iba a caer el
árbol, desde dónde lo empezaría a trocear;
hasta llegó a llamarlo Compadre, para que
su nombre tuviera sonido humano.
Así le
era más fácil compartir con el perro lo que
habían cazado entre los dos y contarle de
sus furtivas conquistas amorosas cuando
viajaba al pueblo cada quince días, de las
provocaciones de los borrachos en el boliche,
de lo bien parada que dejaba su hombría
en las discusiones y de la inteligencia
con que argumentaba cuando el recibidor
de su trabajo le quería disminuir los metros
de leña que había apilado.
El ruido del motor parecía soplar toda la tierra del camino tapando el horizonte y
cubriendo de olvido el pasado. A pesar de
ello, Compadre siguió corriendo, ciego en
ese humo de suelo, sin ver adonde apoyaba
las patas, porque la tierra le entraba en los
ojos, en las fauces, sus ladridos no alcanzaban
a atravesar el polvo ni el ruido del
motor, por lo que optó por disparar callado,
con una especie de sonrisa de derrota,
con resoplar de narices taponadas.
Cuando
el agua de sus párpados no podía disolver
más el dolor, se paraba a pestañear la
arena, a darse una tregua corta, para luego
seguir, antes de que el tractor se alejara
demasiado porque después costaba alcanzarlo.
Pronto la lengua afuera se le hizo barro,
todo por aferrarse a un cariño que se le
cortaba, trotando cada vez un poco menos.
En el último intento se lanzó, rengo ya, reventado
de cansancio y al alcanzar la polvareda
lo abandonaron las fuerzas.
Un año después, Aníbal, ya de vuelta,
iba a visitar a Carlos, un amigo de la infancia
habitante de su mismo pueblo tan poco
habitado. Una oscuridad renegrida de noche
nublada se había metido en la zona y
la humedad la hacía pesada e irrespirable.
El hombre venía descifrando senderos con
la linterna y todo caminaba con él: las ramas
movedizas, los caminitos encajonados
de yuyos, las tinieblas. Todo se desplazaba
haciendo una abertura amarilla, para cerrarse
luego una vez que había pasado. Su
silbido lo venía acompañando desde lejos,
más por darle coraje que para entretenerlo,
porque le contaron que por allí merodeaba
una manada de perros salvajes que
atropellaban de a montones, uniendo sus
hambres y sus brutalidades para ser más
eficaces en el saqueo de majadas de ovejas,
de las casas y que hubo casos en que ya se
habían atrevido contra la gente. Les había
caído el pelo del tiempo en que tenían dueño
y ahora les habían nacido cerdas en el
lomo, aguijones en las mordeduras y en las
uñas, filos, de cavar madrigueras, de desgarrar
animales.
Aníbal se desorientó un momento y su
propia sombra se le puso adelante cuando
alumbró hacia atrás interrogando con
la linterna unos gruñidos apenas perceptibles.
Cuatro, cinco, seis pares de ojos de
una jauría brillaron llenos de luz a medida
que el hombre extendía el haz luminoso
y distinguía los colmillos blancos, amenazantes
como armas cargadas y entre
ellos la cabeza de su perro. ¡Compadreee!
¡Compadreee! gritó desesperadamente
tratando de hacerse reconocer, pero no
tuvo tiempo de dar ni un paso atrás, porque
súbitamente se le lanzaron encima varios
animales, también el suyo, volteándolo
de espaldas.
Se sintió asido por firmes
mordiscones que lo arrastraban del pantalón
con tal fuerza que no conseguía anclarse
en los matorrales y arrancaba el pasto y
las plantas en las que se agarraba, y apenas lograba lanzar linternazos al tiempo que
vociferaba pidiendo auxilio. Los perros habían
aprendido a cazar a sus presas sin hacer
mucho ruido y a intervalos el rumor de
la ropa raspada contra el suelo se mezclaba
con los gruñidos de los hocicos cerrados.
Entre los haces de luz que la linterna
arrojaba hacia cualquier lado, Aníbal distinguió
un antiguo vizcachera que los perros
habían agrandado utilizándolo como
madriguera.
Sabía que si lo metían allí, no
tendría ninguna posibilidad de salvarse y
luchó desesperadamente arañando la tierra
para agarrarse de algo mientras seguía
lanzando alaridos de socorro, pero los terrones
se despedazaban entre sus dedos
sin lograr parar nada. De vez en cuando alguna
patada hacía impacto en los costillares
enflaquecidos de las bestias, logrando
hacerse soltar por un instante, pero pronto
otro animal le mordía el pie o el pantalón y
lo seguían llevando como una lombriz atacada
por cientos de hormigas furiosas, que
por más que se retuerza es arrastrada irremediablemente
a la cueva.
Lo metieron
por los pies a la madriguera y apenas pudo
resistir con los brazos abiertos trabados
en la boca del hoyo cuando escuchó los gritos
de su amigo que llegaba acompañado
de su nieto, quien alumbraba la escena con
un sol de noche a gas. El hombre blandía
un garrote grueso como un brazo y asestaba
golpes que partían columnas vertebrales
y cabezas de los animales que atacaban
a Anibal hasta que el temor puso en fuga
a los pocos que quedaban en pié. Carlos
tomó luego a su amigo con la firmeza con
que se amarran los trapecistas y lo izó lentamente
hasta sacarlo de la cueva, dejándolo
tendido boca arriba, exhausto, con todo
el cuerpo machucado desgarrado, esperando
a que recuperara el aliento.
- ¿Ha visto, amigo? - expresó el salvador
- Por eso yo, cada que tengo que irme,
más vale los mato, aunque se me parta el
alma.
Aníbal, sin contestar, sucio de tierra y sangre, haciendo
un esfuerzo sobrehumano, se sentó, se sentó a vivir…








