CRÍTICA

Dura mirada de Olivera al cine local

En las 100 películas que generó como director y/o productor trabajó con grandes artistas, pero Federico Luppi (1936-2017) fue uno de sus favoritos.

Como productor y director de más de 100 filmes, Héctor Olivera es uno de los nombres propios de la industria audiovi‑ sual local, pero ya retirado de ella y al filo de los 90 años, asegura que “en Argenti‑ na el cine como actividad comercial no existe”.

“En el país se producen obras de bajo costo financiadas por el Instituto de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa). Segura‑ mente entre estas debe haber algunas películas sobresalientes”, señala a Télam el director de filmes como “La Patagonia Rebelde”, “La noche de los lápices”, “El caso María Soledad” y “Ay, Juancito”.
El cineasta que junto con Fernando Ayala sostuvo durante casi medio siglo la productora Aries, usina de filmes y series televisivas, publicó recientemente su au‑ tobiografía “Fabricante de sueños”.

En el epílogo de “Fabricante de sueños” dice que escribió estas memorias como ser humano, ciudadano y profesional. ¿Hay alguno de esos tres aspectos de la existencia que le hubiera gustado desarrollar más?

Sí, mi vida laboral, pero estuvo ligada a una actividad dependiente del apoyo del público y a través de un impuesto a las localidades regulado por funcionarios que muchas veces se transformaron en cen‑ sores. En “Fabricante de sueños” quizá haya limitado mi actividad profesional, para no aburrir al lector con detalles.
¿Cree que los hacedores culturales como usted deben mantenerse a distancia de esos vaivenes políticos y concentrarse en sus obras y proyectos?

Sin duda y en nuestra vida profesio‑ nal tanto Fernando Ayala como yo trata‑ mos de superar alguna posible presión política. Por ejemplo cuando discutimos si era el momento apropiado para filmar “No habrá más penas ni olvido”. Por un lado, en las encuestas el peronismo tri‑ plicaba al radicalismo, pero si no hacía‑ mos la película antes de las elecciones, quizás la película no podría estrenarse y si ganaba el radicalismo, el filme hubiera tenido un tonito oficialista. Por eso, la produjimos y estrenamos antes de las elecciones. Esta historia por un lado rea‑ firma que quienes hacemos cultura de‑ bemos mantenernos al margen de las presiones políticas para hacer nuestro cine, pero no podemos ser ingenuos y no considerar en absoluto el contexto políti‑ co cuando ponemos en marcha un pro‑ yecto. En una industria con un subsidio del espectador administrado por el go‑ bierno de turno, la influencia política es una realidad.

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