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La batalla de San Lorenzo desde adentro

04/06/2016 21:08 Viceversa
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La batalla de San Lorenzo desde adentro La batalla de San Lorenzo desde adentro

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“Febo asoma tras sus rayos iluminan el histórico convento”

 El 13 de febrero de 1826 llegaban a Buenos Aires, setenta y ocho hombres andrajosos, enflaquecidos, desmejorados y hasta enfermos: era lo que quedaba de Granaderos a Caballo, después de 14 años de combate por las libertades de América, luego de haber dado un asombroso record de 101 batallas y ninguna perdida, con sólo 7 de los hombres con que surgió el impresionante regimiento de San Martín.

 Acababan de dar la última batalla por la Independencia de las Américas: el 9 de diciembre de 1824, en Ayacucho, con San Martín en el exilio, a las órdenes directas de Sucre, pero bajo el mando general de Bolivar, ya no quedaba un solo rastro de la ignominia del poder español. En ese momento con los uniformes hecho trizas, sin pago de sus soldadas, y abandonados a una extraña suerte, llegan a Buenos Aires, frente a los ojos atónitos de los porteños del año 26, olvidados de que todavía se libraban batallas en territorios lejanos, con esos nuevos argentinos que no tenían idea de cuánto y cómo esta Nación había cambiado hasta ser una Republica Unitaria, llegaban para entregar sus armas y uniformes como si vinieran del pasado, trayendo los fantasmas de Belgrano, Pueyrredón, Guemes, Artigas, Brown, González Balcarce, Moreno, y tantos otros.

 A cargo de Bogado, -uno de los siete sobrevivientes originales de Granaderos-, regresaban sin destino ni gloria, marchando hacia el retiro, dignos y elevados a un estado más allá de la muerte, a un lenguaje incomprensible que generaba el estupor de los que los vieron marchar hacia su cuartel general, armando los retazos infinitos de una vida cotidiana que los había dejado a un costado y luego expulsado del entendimiento y del frágil acuerdo en que estaba hecha esa paz nacional, para ocuparse de las miles de intrigas que se dieron desde San Lorenzo, el cruce de los Andes, la Campaña Libertadora, el triunfo en Perú, el alejamiento de su Jefe, y de las últimas batallas.

 El decreto de Rivadavia decía, que se anulaba Granaderos a Caballo y se les daba retiro, sin ninguna pensión, que ninguno de los 78 empobrecidos vencedores reclamaría jamás.

 

 AMANECER DEL 3 DE FEBRERO

 Por Carlos Gigliotti.

 

Había que hacer algo. La situación era casi desesperante. Las expediciones enviadas al Alto Perú fueron casi destruidas y se había perdido toda la zona en manos de los realistas. La expedición enviada al Paraguay bajo las órdenes de Manuel Belgrano, a pesar de hacer prodigios de valor, es derrotada y el Paraguay seguirá su camino solo en busca de su destino. La semana de Mayo había dado una Primera Junta de gobierno patrio pero los realistas no estaban dispuestos de dejarse vapulear por una colonia y perder sus intereses en el Atlántico Sur, con dos puertos de aguas profundas como lo son los de Buenos Aires y Montevideo y más, con lo que significaba la ubicación de las colonias y su proyección geopolítica con los ingleses merodeando…, como siempre.

 

 

LA LLEGADA DE SAN MARTíN A LA NUEVA PATRIA

 El 9 de marzo de 1812, al amanecer, desembarcan de la fragata inglesa George Canning, varios soldados profesionales que habían servido en los ejércitos españoles. Todos americanos que habían renunciado a sus puestos en las fuerzas realistas y venían a ponerse a disposición de la revolución que nacía. Uno de ellos era precisamente José de San Marín que había llegado a Teniente Coronel de caballería y se había batido con fiereza contra las tropas francesas siendo reconocido por su valor y por su inteligencia. A los pocos días se presentan todos ante las autoridades para ponerse a las órdenes y que dispongan de ellos. Claro que semejante ayuda no podía despreciarse. Fue así que luego de varias reuniones, la jefatura militar de Buenos Aires encomienda a San Martín la formación de un regimiento de caballería moderno para hacer frente, junto a las fuerzas que se estaban reuniendo, la amenaza de los realistas que estaban del otro lado de la rivera del Rio de la Plata, en Montevideo.

 Es el nacimiento de un regimiento que será reconocido en toda América: El Regimiento de Granaderos a Caballo. San Martín ubicó su cuartel general, provisorio, en La Ranchería (estaba ubicada en la esquina de las actuales calles Perú y Moreno), hasta que se acondicionara los terrenos elegidos en la vieja quinta de El Retiro. Claro que había un punto importante: encontrar a los hombres que lo formaran. Así comenzó la búsqueda que San Marín, personalmente, iniciara. Y paradoja del destino, los primeros reclutas llegaron de… ¡casualidad! A comienzos del mes de abril, llegan hasta las puertas de la comandancia un grupo de doce hombres. San Martín sale a recibirlos y preguntar lo que deseaban:

 -“Queremos hablar con el jefe del lugar”-

-“Con él hablan”-

-“Mire, hablo uno, venimos a incorporarnos a su escuadrón…¿por qué está formando uno, no es cierto? Fuimos destinados al regimiento de Dragones pero nos dijeron que sobrábamos; y nos dijeron que ud. andaba necesitando gente”-

-“¡Por su puesto…Pasen. Uds. son mis primeros granaderos!”-

 Increíble. Los primeros granaderos fueron doce hombres que sobraban de otro regimiento…

 Poco a poco fueron llegando nuevos reclutas y ya para fines de mayo de 1812 se trasladaron a los cuarteles de El Retiro. Y desde ese momento se comenzó a forjar el carácter y el alma del regimiento. La tarea es monótona, rutinaria. Recordemos que los jóvenes de estas tierras no estaban acostumbrados a una disciplina y mucho menos a recibir órdenes. Debían aprender a pararse en forma marcial, a caminar y luego a marchar, a saludar a un superior en forma correcta. Estas primeras semanas pasaron en la forma rutinaria más pesada que se podría pensar. Todavía no habían recibido las tropillas de caballos necesarias y por lo tanto solo se practicaba lo básico e indispensable. Pero algo se percibía en el ambiente: Nadie, absolutamente nadie se quejaba. Todos se ayudaban entre sí. San Martín somete a una disciplina severa a los reclutas, inflexible, pero esto será la base del cuerpo. El mismo explicaba los ejercicios en forma muy sencilla para luego hacerlo repetir a cada uno de los futuros granaderos hasta que se logre la perfección del movimiento.

 

Con la llegada de nuevos reclutas, San Martín puede dedicarse a un punto importante: elegir a los futuros oficiales. Para ello selecciona a jóvenes de las familias más importantes del Buenos Aires del siglo XIX y crea para ellos la primera Academia Militar que funcionó en nuestro país. Allí, todos los días dictaba clases de táctica y estrategia y del manejo de armas, principalmente del sable, el icono de todo granadero. Redactó el primer código militar y lo hizo cumplir sin contemplaciones. Para ello creo el llamado cabo de puerta que era el encargado de revistar a todos los que salían de licencia para que estén perfectamente correctos en aseo e impecables con su uniforme. San Martín era estricto con sus granaderos pero para con sus oficiales la atención era específica. No les dejaba pasar absolutamente nada. Es que en ellos recaía el prestigio del regimiento. Los oficiales y los granaderos fueron modelo de corrección y educación donde se presentaban. Eso obró San Martín con el regimiento.

 Con la llegada de las cabalgaduras, otra fue la cuestión. Lo primero para un granadero era su caballo. Era su extensión dentro del regimiento. él estaba primero antes de iniciar el día. Se lo debía cepillar, revisar sus herraduras y racionar su alimento. Luego sí, comenzaba el día. En la instrucción general participaban todos, oficiales, suboficiales y granaderos. La enseñanza de la equitación fue lo menos problemático pero todos los mozos de esta tierra casi debieron aprender a montar nuevamente. Era importante la postura, la tensión de las riendas al andar, al trote y al iniciar la carga y algo nuevo para ellos: el uso de los estribos. Todo era nuevo para ellos pero lo aprendieron. En las afueras de la ciudad, lejos de posible espionaje que pudieran llevar alguna información al centro del poder realista en el Río de la Plata, a Montevideo, se realizaban la evolución en conjunto. Marcha y contramarcha; movimientos coordinados al trote y al galope; aprender el ataque de flanco y el manejo del sable y la lanza. Pero había algo se le prestaba mucha atención: A la carga de caballería. Esto sería el toque mágico de los granaderos. El Empuje de esas cargas de caballería coordinado y estudiado al máximo. Esto sería la marca registrada del regimiento.

 

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