“También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado” “También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado”
En
aquel tiempo, al salir Jesús
de la sinagoga, entró en casa
de Simón. La suegra de
Simón estaba con fiebre muy
alta y le pidieron que hiciera
algo por ella. él, de pie a
su lado, increpó a la fiebre,
y se le pasó; ella, levantándose
en seguida, se puso a
servirles. Al ponerse el sol,
los que tenían enfermos con
el mal que fuera se los llevaban;
y él, poniendo las manos
sobre cada uno, los iba
curando.
De muchos de ellos salían
también demonios, que gritaban:
“Tú eres el Hijo de Dios”.
Los increpaba y no les dejaba
hablar, porque sabían que
él era el Mesías.
Al hacerse de día, salió a
un lugar solitario. La gente
lo andaba buscando; dieron
con él e intentaban retenerlo
para que no se les fuese.
Pero él les dijo: “También
a los otros pueblos tengo que
anunciarles el reino de Dios,
para eso me han enviado”.
Y predicaba en las sinagogas
de Judea.
Comentario
“Tengo que anunciar el
Reino de Dios”, parece el eslogan
de la campaña o, mejor,
de la vida entera de Jesús.
Y lo hace, ante todo, humanizando
al hombre. Hoy lo
vemos curando a todos: comienza
con la suegra de Simón,
sigue con los enfermos
y acaba con los endemoniados.
Aquí sí que se cumple
bien el tiempo de gracia que
anunció en Nazaret, no mucho
tiempo atrás. Hasta en
el modo de las sanaciones se
nos revela un estilo evangélico.
Apunta el evangelista
dos detalles significativos:
la suegra de Simón, una vez
curada, en seguida se pone
a servir; y Jesús les imponía
las manos uno por uno, personalmente.
En contraste, siempre al
acecho, se cuela el egoísmo
de la gente que pretende
retener a Jesús. No quieren
que se les escapen tantos favores.
El apropiarse de Dios,
de la religión, es una tentación
sutil pero arraigada. Jesús,
sin embargo, corta rápido:
‘He de ir a otros pueblos,
para eso he venido’. Su misión
universal está muy clara.
Lo que en Jesús sucede
con tanta naturalidad en sus
seguidores, según atestigua
la experiencia, es difícil. Es
difícil lograr ese equilibrio de
humanizar el mundo sin menguar
la santidad del trabajador
del Reino.
Eva n g e l i z a r ya n o e s
anunciar a Jesucristo para,
después, sanar. Como en Jesús,
predicar el Evangelio es
no saber en dónde comienza
la palabra y en dónde termina
el imponer las manos para
sanar.
Al hilo del relato de hoy,
no estará mal darnos un toque
sobre esos valores del
discípulo de Jesús: Somos
enviados, servidores, sólo
queremos servir a la causa
de Jesús en los demás.
Y, como Jesús que imponía
las manos uno a uno, miramos
a todos de una manera
personal, cercana, dándole
importancia a cada uno, como
expresión de amor cristiano.
Y, por supuesto, no nos
empeñemos en “retener” a
Jesús, a Dios, a la religión.
En el anonimato de las redes
sociales, se ve a gente
que pretende echar de la
Iglesia a los que no piensan
como ellos. Eso es manipular
y querer apropiarse de Dios.
Qué poco queremos a Dios,
cuando lo achicamos de tal
manera.





