Homenaje a Quino: “Mafalda tenía que ser mujer” Homenaje a Quino: “Mafalda tenía que ser mujer”
La escritora y filósofa Simone de Beauvoir decía que lo más escandaloso del escándalo es que uno termina acostumbrándose a él. Mafalda, la nena dibujada que estuvo a punto de convertirse en ciudadana ilustre de Buenos Aires, hace rato cobró humanidad entre los argentinos, y nunca se acostumbró a los escándalos de su barrio, su ciudad, el mundo. En los años sesenta, una época en la que la esperanza de que todo cambiara para mejor era tangible y se expresaba a viva voz, Mafalda comenzó a mirar todo con ojos lúcidos y críticos. Y, detrás de ella, su papá, Joaquín Salvador Lavado, alias Quino, tampoco se acostumbró. Jamás se quedó con las ganas de decir lo que pensaba.
En 2003, cuando la dirección de la revista Sophia buscaba una tira que cerrara cada número con una visión del mundo comprometida y esperanzada a la vez, Quino llegó a nuestro rescate con las andanzas de su niña-gigante: Mafalda. Cuarenta años después de su nacimiento, ella seguía siendo un ícono entre las mujeres y un símbolo del cuestionamiento hacia la cultura establecida, el statu quo y el poder. En agosto de aquel año, en su estudio-refugio de Barrio Norte, tuvimos el privilegio de conversar con él; buceamos en sus interrogantes, sus temas eternos: la relación entre los poderosos y los débiles; el amor y el dolor; la vida y la muerte.
–Y entonces, Quino, para empezar, ¿por qué Mafalda nació mujer?
–En aquellos años, cuando empecé la tira, el movimiento de liberación de la mujer ya era muy importante; recuerdo que algunos grupos feministas de Europa llegaron a usarla como símbolo de su lucha. Cuando empecé a dibujarla, pensé en Mayo del 68 y dije: “Tiene que ser una nena”. ¿Y una nena que hiciera qué? Mafalda tenía que preguntar lo mismo que yo me sigo preguntando cuando veo las noticias: ¿Por qué siguen destruyendo el planeta? Pero además, siempre lo he dicho, las nenas son más despiertas que los varones. Hace un tiempo, una nena de 10 años me hizo un reportaje fantástico en Tucumán.
–¿Qué le preguntó?
–Fuimos con Garaycochea y Crist, y ella nos dijo: “Si a ustedes no les pagaran, ¿seguirían dibujando?”. Ningún periodista adulto se hubiera animado a hacer una pregunta así. Las nenas siempre me han gustado más que los chicos, que son más tímidos. Yo mismo lo era; la timidez de Felipe es autobiográfica.
–Mafalda, entre otras cosas, se sentaba a mirar el mundo. ¿Qué ve Quino ahora cuando se sienta a mirar el mundo?
–En estos días, se inaugura un mural en la estación de subte Perú de la línea A, y han elegido dos tiras donde Mafalda aparece con el globo terráqueo y me parece muy bien. El mundo sigue siendo una preocupación constante. ¿En qué pienso? Quiero saber por qué a estas bestias de políticos como Bush y compañía no les importa un pepino lo que se está haciendo con el planeta. ¿No tienen hijos o nietos? ¿No se preguntan por el mundo que les van a dejar?
–¿Sobre qué otros temas vuelve de manera recurrente?
–Mi último libro se llama La aventura de comer y ése es otro tema que me preocupa: que no sepamos qué estamos comiendo o que directamente comamos porquerías. No hay un tomate que tenga gusto a tomate, y yo, que nací en Mendoza, una provincia donde la verdura es fantástica, no lo puedo aguantar así nomás. Hace pocos días estuve en mi provincia. Fui a visitar a la familia.
–Si pudiera elegir quedarse un tiempo en un solo lugar, ¿cuál sería?
–Mendoza para unos días está muy bien, pero hay muchos otros. Con el tiempo comprendí que es mejor no volver a esos lugares donde lo has pasado bien, porque han cambiado demasiado.
–A la hora de refugiarse, ¿en qué se refugia?
–Siempre en el mismo lugar, en mi mesa de dibujo. Cuando quiero retirarme del mundo, vengo a este lugar. Con Alicia también nos gusta mucho ir al cine. Sentarnos ahí y ver cómo se van apagando las luces. Al lado de esa magia de ir al cine, un hecho colectivo tan maravilloso, no entiendo cómo se puede ver películas de otra manera. Ahora los chicos ven películas mientras comen con los padres y suena el teléfono. Eso no tiene nada que ver con el cine.
–¿Su ideal sigue siendo el lenguaje mudo?
–Claro. Yo empecé dibujando humor mudo, pero un día caí en la revista Rico Tipo y Divito me dijo que la gente que compraba la revista quería leer y tener más material. Si no hubiera sido por eso, yo seguiría haciendo humor mudo. Lo mío es dibujar, no hablar.
–¿Llegó a llevarse bien con los textos?
–Me costó muchísimo porque vengo de una familia andaluza y no tengo ningún antepasado argentino ni italiano ni nada. En mi casa sólo se hablaba en andaluz. Recién cuando llegué al colegio, empecé a aprender el “argentino”. Y me ha quedado el raye de hablar de tú. Desde que mi madre murió, cuando yo tenía 13 años, a las mujeres las trato de tú. Será que todas las mujeres son un poco mi mamá…
–Siendo el menor de tres hermanos, ¿le hubiera gustado tener hermanas mujeres?
–Me hubiera encantado, porque también tuve pocas primas. Lo que tuve fue una abuela fantástica, una andaluza con un sentido del humor extraordinario. La abuela era del partido comunista, y cuando venía a casa a vender bonos del partido, se armaban unas discusiones espantosas. Mis padres eran republicanos, pero no eran comunistas y, entonces, discutían mucho. Cuando tenía 10 años, en casa había una radio grandota donde podía escuchar Radio Pekín y Radio Moscú. Aquello era fantástico.
–¿Cómo recuerda a su madre?
–Mamá también era muy graciosa; una gordita parlanchina. Vivíamos en una casa chorizo con fondo de tierra y ahí llegó a tener cien gallinas. También tenía muchísimas plantas. Mi madre era una mujer cariñosa, pero tenía carácter fuerte. Papá, en cambio, era muy tranquilito. En esa época mamá compraba lentejas o arroz, que se vendían sueltos, y nos ponían a los chicos a sacar las piedritas y palitos del medio.
–¿Nunca se le dio por cocinar, tanto que le gusta la comida?
–La comida me encanta, pero en casa siempre cocinó Alicia. Tal vez no se me dio porque, en aquella época, cuando había que matar a una gallina, mi madre me hacía tenerle las patas a la gallina, y cuando le cortaba el pescuezo, yo sentía los estertores de la pobre gallina desangrándose…
–¿Admira a alguna mujer?
–Admiro a todas las enfermeras del mundo. Siempre pienso en ellas. Son seres casi invisibles; casi nadie habla de ellas.
–¿Con quién le gustaría sentarse a conversar?
–No pienso en esas cosas. Incluso a Barenboim, si lo tuviera enfrente, tampoco sabría muy bien qué decirle. Supongo que encontraría tema de conversación, pero hay gente que me inhibe. Yo conocí bastante a Umberto Eco y con él me siento un piojo inculto, porque es un tipo de una lucidez apabullante.
–Eco ha dicho que Mafalda “merece el respeto de una persona real”…
–Sí… (se ríe). Y yo también lo respeto mucho a él. Lo único que no me gusta de Eco es que no le guste el vino tinto.
–Su humor, ¿refleja una identidad argentina?
–Puede ser. Lo que ocurre con Mafalda es que, después de todo lo que pasó, ya no es sólo argentina. Yo mismo no me he sentido un argentino típico, tal vez por esta educación andaluza y por haberme criado en Mendoza, que en los años cuarenta y cincuenta era casi una provincia mediterránea: el verdulero era italiano; el almacenero era español; aparecían siriolibaneses vendiendo cosas… argentinos conocí poquísimos… (sophiaonline.com.ar)








