Por Belén Cianferoni.
Crónica para espantar el mal Crónica para espantar el mal
A veces sentimos cómo el mal se escabulle en nuestros días. Sentimos que el miedo y el hambre podrían atacarnos. Lo percibimos cerca, acechando, incursionando entre nuestras neuronas. Primero llega al corazón y juega a detenerlo. Y seguir adelante con el corazón quieto es tarea de equilibristas. Porque luego avanza sobre tu estómago, haciendo nudos, y nos tira cemento en los zapatos.
Detenemos todo. Miramos cómo nuestros pasos se vuelven lentos, temerosos. Pero seguimos. Sentimos cómo los animales bestiales de nuestra infancia afilan el cuchillo a la distancia, listos para comerse nuestra cabeza con papas.
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El mal se disfraza de muchas formas: en una factura, en una deuda, en una heladera vacía, en la comida que no se vende. A veces usa campera y corbata. Otras veces es un informe médico, una resonancia magnética, o la última gota de un remedio que se agota. Se viste con todas las pilchas imaginables y aparece en los lugares más inverosímiles.
¿Dónde está?
Abajo de la cama, en el rugido del estómago, jugando en la plaza en una hamaca que se mueve sola, en un semáforo rojo, en un auto que no quiere parar ni frenar... A veces simplemente camina plácidamente por la peatonal.
Te canta como el crespín, como el llanto del kakuy o como las cadenas del almamula.
El miedo está. Sientes que te ha ganado y que no tienes dónde esconderte. Suspiras bajito y avanzas.
Pero el universo no nos ha dejado solos. Miras al costado y sabés que hay alguien sonriendo. Algunos lo llaman Dios, otros lo llaman amor... Yo lo llamo mamá.
Porque cuando acecha la maldad, en nuestras trincheras suenan las voces de nuestras madres: siendo escudo, brindando alivio, con un beso o con un plato de comida caliente.

Feliz día a las que detienen el avance de la maldad... aunque tengan tanto miedo como nosotros. Porque el mal no se rinde fácil: vuelve, insiste, cambia de cara. Pero ahí están ellas, firmes, aunque les tiemblen las manos. Guardan en los bolsillos estampitas, llaves, caramelos o silencios, y con eso, apenas con eso, nos enseñan a resistir. A espantar el mal con una mirada, con un "ya va a pasar" dicho entre dientes.
Y entonces entendemos que la fuerza no es no tener miedo, sino seguir andando con él del brazo. Que el verdadero conjuro no está en los rezos ni en los amuletos, sino en ese amor que, sin hacer ruido, sigue poniendo el cuerpo cada día.








