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EL LIBERAL . Santiago

Una más. Otra vez. ¿Hasta cuándo? ¿Quién sigue?

Cada femicidio deja una estela de familias destruidas, hijos huérfanos, comunidades paralizadas y una sociedad entera que se acostumbra peligrosamente al horror.

21/02/2026 06:00 Santiago
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Una más. Otra vez. ¿Hasta cuándo? ¿Quién sigue? Una más. Otra vez. ¿Hasta cuándo? ¿Quién sigue?

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Una más. Otra vez. ¿Hasta cuándo? ¿Quién sigue? Son las preguntas que se repiten como un eco doloroso cada vez que una mujer es asesinada por el solo hecho de ser mujer. Preguntas que no encuentran respuesta y que cargan las espaldas de quienes viven con miedo, de quienes miran atrás al caminar, de quienes saben que su vida puede depender de una decisión ajena.

En Argentina, la violencia de género no es un hecho aislado sino una tragedia sistemática. Según los registros de organizaciones especializadas, en los últimos años se comete aproximadamente un femicidio cada 30 a 40 horas. Es decir: mientras se lee esta nota, otra mujer puede estar siendo golpeada, amenazada o luchando por sobrevivir.

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En lo que va de 2026, distintas ONG y observatorios ya alertan sobre varios casos en el país, y en los primeros 50 días en nuestra provincia dos mujeres fueron brutalmente asesinadas. Ramona Emilia apareció desmembrada y quemada, envuelta en una colcha detrás del cementerio el pasado lunes. Ayer, en el monte, Thania fue acribillada a tiros en la cabeza. Hechos que muestran que la violencia no se detiene, no descansa y no distingue edades ni contextos.

Lo más desgarrador no es solo la muerte, sino la lógica de posesión que la precede: hombres que creen ser dueños de la vida de las mujeres, que deciden cuándo controlarlas, cuándo castigarlas y, en el extremo más brutal, cuándo quitarlas del mundo. Como si fueran objetos. Como si fueran territorio. Como si no fueran personas.

Cada femicidio deja una estela de familias destruidas, hijos huérfanos, comunidades paralizadas y una sociedad entera que se acostumbra peligrosamente al horror. Porque cuando la noticia deja de sorprender, el riesgo es aún mayor.

La pregunta final no debería ser solo quién fue el asesino, sino qué falló antes: qué señales se ignoraron, qué protección no llegó, qué sistema no respondió a tiempo. Porque si nada cambia, la próxima pregunta —la más terrible— seguirá siendo la misma: ¿Quién sigue?

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