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"Estamos llamados a desarmar el lenguaje violento y a desactivar la agresividad" de estas épocas 

"Jesús, manso y paciente, nos enseña en su Pasión que más que reaccionar impulsivamente, es necesario escuchar, abrir espacios de diálogo, promover el encuentro, aceptar las diferencias y buscar caminos comunes para salir de situaciones marcadas por la muerte", instaron. 

05/04/2026 06:00 Política
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El arzobispo de Santiago del Estero, cardenal Vicente Bokalic CM, el obispo auxiliar de Santiago del Estero, Mons. Enrique Martínez Ossola, y el obispo de Añatuya, Mons. José Luis Corral SVD, dieron a conocer su saludo especial por estas Pascuas para todos los santiagueños, alentando a ejercitar las expresiones sencillas y profundas de la hermandad.

Tras señalar "el lenguaje violento" y "la agresividad" de nuestros días, los prelados se muestran igualmente esperanzados en que "la fuerza de la Resurrección ya está actuando entre nosotros", en "gestos concretos de solidaridad", como "ante las inundaciones y los desbordes de los ríos Dulce y Salado", donde "brota la caridad".

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Mensaje completo

"Queridos hermanos y hermanas: en esta Pascua contemplamos el amor de Dios revelado plenamente en la entrega de Jesús, un amor que asume nuestra condición humana hasta sus últimas consecuencias. En Cristo, Dios se hace cercano y solidario con todos nuestros dolores y heridas: la soledad, el abandono, la incomprensión, la injusticia, la violencia y los maltratos.

La cruz no es sólo un signo de sufrimiento: es, ante todo, el signo supremo del amor que se entrega sin reservas para salvarnos. Allí se manifiesta, por un lado, la crueldad y el pecado del mundo que generan marginación, indiferencia y muerte; pero, por otro, brilla con fuerza el amor fiel de Dios que no abandona, que perdona y que abre un camino nuevo. En la cruz, Cristo carga con nuestros pecados y con las heridas de la humanidad para redimirlas desde dentro.

Hoy también encontramos muchos crucificados en nuestra realidad. En ellos, el Señor nos llama a acercarnos, a no pasar de largo, a acompañar y a sostener la esperanza con gestos concretos de amor y compromiso.

Pero la cruz no tiene la última palabra. La Resurrección es la victoria de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio, de la luz sobre toda oscuridad. El Crucificado ha resucitado, y con Él renace nuestra esperanza. Nada está definitivamente perdido cuando Dios tiene la última palabra.

Por eso, estamos llamados a desarmar el lenguaje violento y a desactivar la agresividad tan presente en nuestras relaciones, en los medios sociales e incluso en los ámbitos de responsabilidad pública. Jesús, manso y paciente, nos enseña en su Pasión que más que reaccionar impulsivamente, es necesario escuchar, abrir espacios de diálogo, promover el encuentro, aceptar las diferencias y buscar caminos comunes para salir de situaciones marcadas por la muerte. Nos invita también a despojarnos de tantas actitudes, palabras y gestos que ofenden, denigran y rompen la comunión.

La fuerza de la Resurrección ya está actuando entre nosotros. El Resucitado se hace presente en tantos gestos concretos de solidaridad. Lo hemos experimentado en nuestra provincia ante las inundaciones y los desbordes de los ríos Dulce y Salado, donde muchas comunidades han sido afectadas. Allí, en medio del dolor, brota la caridad: personas que, aun en su pobreza, son capaces de acoger, asistir y acompañar.

Estos signos de esperanza y de vida nueva son semillas de Resurrección que necesitamos alentar. Son expresiones sencillas pero profundas de un pueblo que no se resigna, que sabe recomenzar, que genera hospitalidad y tiende la mano para no dejarse vencer por la desesperanza.

Reconocemos y celebramos tantos signos que vencen la muerte, el mal, el odio y la injusticia. En ellos, el Señor nos regala su presencia transformadora. La vemos en familias unidas, en comunidades que sirven con gratuidad a los más necesitados, en trabajadores, docentes, profesionales y tantos otros que viven su vocación como una entrega diaria. También se manifiesta en gestos de reconciliación y en quienes ayudan a sanar heridas en personas marcadas por las adicciones, la injusticia o la falta de oportunidades.

Como Iglesia, queremos seguir anunciando con alegría que Cristo ha resucitado. Queremos llevar su luz y ser verdaderos portadores de esperanza, caminando juntos como Iglesia sinodal, poniendo en común nuestros carismas, dones y servicios para construir una sociedad donde se reflejen los sentimientos de Cristo, reconociéndonos todos como hijos del Padre y hermanos.

Que la fuerza de la Cruz nos enseñe a amar hasta el extremo, y que la luz de la Resurrección transforme nuestra vida. Dejémonos atravesar por el misterio pascual y aprendamos a vivir con humildad y generosidad, haciendo de nuestra existencia un don para los demás.

¡Cristo vive y nos quiere vivos!

¡Feliz Pascua de Resurrección!

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