Por: Alberto Tasso
Cuaderno de provincia: Una visita a Orestes Di Lullo Cuaderno de provincia: Una visita a Orestes Di Lullo
La pequeña historia que voy a contar hoy sucedió hace ya medio siglo, creo que fue en 1974 pero no estoy del todo seguro. Lo cierto es que eran mis primeros años en Santiago, y uno de mis principales deseos era conocer su historia. Me convertí en un visitante asiduo de las bibliotecas: la 9 de Julio y la Sarmiento eran jagüeles para un lector sediento.
Navegando en el mar (mediterráneo) de la literatura santiagueña no tardé en descubrir dos faros que me guiaron a los que no dejo de recurrir desde entonces: Orestes Di Lullo y Bernardo Canal Feijóo. Sus obras eran numerosas y apenas pude desbrozarlas entonces. Esto explica que deseara conocerlos. Bernardo vivía en Buenos Aires y debí esperar uno de sus periódicos viajes. Pero Orestes estaba aquí, y un día decidí visitarlo.
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La entrevista
Voy al momento. Sé que era invierno, que terminé mi jornada en la Dirección de Colonización, almorcé con mi familia (vivíamos entonces en Moreno 197 Norte), monté el Citroën y volví al centro. Tenía la dirección anotada en mi libreta: Libertad 781.
Agrego un dato no menor: eran las 2 de la tarde, hora impropia para una visita sin haberla concertado. Además "hora'i siesta", un pecado en las costumbres lugareñas.
Lo cierto es que unos minutos después de tocar el timbre abrió la puerta una señora a quien le dije quién era y a que venía. Fue a consultar y poco después me hizo pasar a la sala, donde por lo visto tenía parte de su escritorio. Una mesa, libros, un sillón y una silla donde me ofrecieron sentarme.
Un minuto después se abrió la puerta de un pasillo vidriado y entró Orestes, vestido con una robe de chambre marrón oscuro. Nos dimos la mano, se sentó en el sillón y me hizo las preguntas del caso, para saber quién era y qué me motivaba. Luego de responder le dije que estaba leyendo La alimentación popular en Santiago del Estero y quería saber cómo había surgido ese libro. Su rostro, hasta entonces serio, sin ser severo, esbozó por primera vez una sonrisa.
-Fue hablando con la cocinera de Nano Paz, que nos convidó un locro en los primeros tiempos de La Brasa. No éramos más de diez. Mientras los demás conversaban me levanté y me acerqué a ella, que estaba revolviendo una olla grande, hirviendo a lento fuego de carbón. La señora tenía unos 70 años, era de fácil conversación y le gustó mi pregunta: cómo preparaba su locro, sus ingredientes, el tiempo de preparación y de cocción. Fueron diez minutos de charla. Al volver a la mesa, anoté todo en mi cuaderno.
Después me contó que siguió recogiendo recetas de otras cocineras. Valoraba el saber de las mujeres sobre la salud y la alimentación, que coincidían con su interés de médico y su naciente vocación por el folklore. Pasé a otro tema y le conté que había conocido un obraje en Urutaú, y que eso me motivó a empezar a leer El bosque sin leyenda, iba por el segundo capítulo.
-Ah, el obraje Una herida que no ha cicatrizado
Y quedó pensando un minuto.
-Hablé con muchos hacheros en el hospital Mixto, llegaban con Chagas, sífilis o el paaj que les afectaba la piel, eso me interesaba porque me formé como dermatólogo. Obrajes no conocí muchos, me acuerdo de la visita a Ottavia, ahí me llevó Olmos Castro para ver a dos enfermos por accidentes de trabajo. No les pagaban indemnización ni salario durante la recuperación, que ya estaban en la ley reciente pero no se cumplía. Con mi informe de médico Don Amalio les aplicó una multa que pagaron, pero les quedó doliendo.
Llevábamos ya media hora conversando y no quería interrumpirlo en sus quehaceres cotidianos, así que comencé a despedirme. Se puso de pie y me dijo:
-Antes le muestro algunos de mis trabajos.
Me condujo al pasillo iluminado y bien fila una serie de esculturas en madera. Eran pequeñas, de 30 o 40 cm, talladas en ramas o raíces que representaban figuras humanas; me dijo algunos de sus nombres, hombres y mujeres de cierto lugar, algún santo. Confieso que quedé admirado porque también era aficionado a la gubia y el formón. Nuevamente le agradecí la charla y nos despedimos con otro apretón de manos. Eso fue todo.
Después: los libros y el museo
Pasado el tiempo, cuando fui conociendo la figura y la obra de Orestes Di Lullo, sus palabras en este encuentro cobraron fuerza. Su nombre ocupa un lugar central en la literatura del siglo, como lo muestran su bibliografía, su biografía y la crítica que mereció hasta el presente. Su labor de médico no oculta la de escritor. A su tesis sobre "El paaj; una nueva dermatitis venenata" (muestra lo riesgoso de dormir a la sombra de un quebracho porque su lloro te flecha) sigue La alimentación popular en Santiago del Estero (1935), obra precursora en su tiempo.
Más conocido es El bosque sin leyenda. Ensayo económico-social (1937) una obra compleja y polifacética, enriquecida por la mirada del médico sanitarista, el historiador y el etnógrafo que reunía el autor. Su título ya es desafiante por la implícita refutación de El país de la selva de Ricardo Rojas; lo que sigue es descriptivo y crítico, cruzando la sociología con el alegato político. Es un estudio de la mayor importancia para seguir el curso de las ideas sobre la explotación forestal. Su tesis coincide con la de Michaud, sosteniendo que la "aventura forestal" ha sido un obstáculo para el desarrollo. De pluma vigorosa, de tono nostálgico y a veces pesaroso, Di Lullo ha sido el gran artífice en la tarea de poner a la historia de Santiago por escrito, sin olvidar su vasta obra sobre el folklore, que lo llevó a integrar academias en varios países.
Esta vinculación con la historia se fue profundizando desde que se hizo cargo de la Dirección del Museo Histórico, en 1941. En realidad se lo acababa de crear, sabemos que fue iniciativa suya. Lo hizo en la casa de los Díaz Gallo, y en su gestión recorrió las casas de las familias "históricas", persuadiéndolas de la conveniencia de donar al museo armas, esculturas y retratos, muebles, instrumentos de trabajo, imágenes religiosas y otras piezas artesanales de uso común, desde puertas hasta rejas y morteros. Lo visité en varias oportunidades, cuando lo conducía Sara Díaz de Raed y más tarde Domingo Bravo. Recuerdo un molino de dos piezas de piedra redondas, de dos metros de diámetro, la inferior acanalada facilitaba la molienda de trigo.
Es necesario recordar que el Museo Histórico fue trasladado en 2010 al Centro Cultural del Bicentenario, donde ocupa muy buenas salas de exposición en planta baja y primer piso. En mi visita no pude ver el molino de piedra, pero seguro debe estar. Recordando el concepto de museo como "institución permanente que adquiere, conserva, investiga, comunica y exhibe colecciones de valor histórico, artístico, científico o cultural" estoy entre los que desean saber cómo realiza estas tareas y cómo las difunde. Tendré que ir a averiguarlo y colaboraré con su difusión pública.
Según escribió el historiador Eduardo Lazzari hace unos años "La que fuera sede del Museo Histórico Provincial espera su restauración como uno de los inmuebles patrimoniales más importantes de la historia santiagueña. En este sentido el ejemplo de la casa de don Andrés Chazarreta es un buen horizonte para pensar en el futuro de la vieja y querida casa colonial de los Díaz Gallo, un sueño que sin duda Di Lullo compartiría".
El próximo 4 de julio se cumplirán 128 años del nacimiento de Di Lullo, y el 25 de julio 86 de la creación del Museo Histórico. Valen las fechas para recuperar memoria colectiva.








