Por: Amalía Domínguez.
Adriana Sirito: "La verdadera revolución de nuestro tiempo no es cibernética sino espiritual" Adriana Sirito: "La verdadera revolución de nuestro tiempo no es cibernética sino espiritual"
¿Qué nos queda de humanos cuando la velocidad del algoritmo reemplaza a la pausa del pensamiento? La politóloga Adriana Sirito introduce un término clave para comprender la crisis existencial contemporánea: "Almafobia"
Existe un temor sutil, casi imperceptible, que recorre las capas de la sociedad actual. No es el miedo al colapso tecnológico ni a la supremacía de las máquinas, sino algo mucho más íntimo y perturbador: el miedo a mirar hacia adentro. A este fenómeno, que define como el rechazo silencioso a la propia interioridad y a las preguntas esenciales de la existencia, la investigadora y escritora Adriana Sirito lo ha denominado «Almafobia».
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Adriana Mariel Sirito es politóloga egresada de la Universidad Católica Argentina, docente universitaria, consultora e investigadora. Ha realizado estudios de posgrado en España y Chile, y es la fundadora de Management Humanista Empresarial. Su trabajo se centra en el punto de encuentro entre el desarrollo tecnológico y el capital espiritual de las organizaciones.
En su obra "Almafobia", editada por el sello Robalir, la autora propone detener el vértigo cotidiano para examinar cómo la hiperconectividad y la exigencia de rendimiento permanente nos van vaciando de sentido. Lejos de adoptar una postura tecnofóbica o apocalíptica, el planteo de Adriana Sirito utiliza el avance de la inteligencia artificial como un espejo. Un espejo que no hace más que amplificar una crisis mucho más profunda y previa: la pérdida de la hondura espiritual en el ser humano.
Con una escritura sensible y rigurosa, el libro de Adriana Sirito que cuenta con los prólogos del diplomático Juan Archibaldo Lanús y del historiador español Enrique San Miguel Pérez se presenta como un mapa imprescindible para quienes intuyen que, detrás de las pantallas, todavía late una dimensión humana que se niega a desaparecer.
«La verdadera revolución no es cibernética sino espiritual», señala la ensayista, invitándonos a comprender que la velocidad y el ruido exterior se han convertido en un mecanismo de defensa colectiva para evitar el silencio. En esta «civilización del vértigo», el descanso se asimila a la ineficiencia y la contemplación se juzga inútil.
A través de un diálogo fluido con grandes referentes del pensamiento como Viktor Frankl, Byung-Chul Han o Hannah Arendt, pero sin perder jamás una calidez profundamente humana nacida de la propia experiencia vital, la autora no se limita a trazar un diagnóstico de la ansiedad contemporánea. «Almafobia» es, fundamentalmente, una propuesta de rescate. Frente a una época dominada por la automatización y la polarización, el texto postula que la inteligencia espiritual entendida no como un patrimonio religioso, sino como la capacidad humana de cultivar la conciencia, sostener vínculos auténticos y actuar con propósito es la verdadera frontera de resistencia que nos queda por habitar.
¿Cuál sería su propuesta para rescatar a la sociedad actual del afán de evitarse a sí mismos, de mirarse íntimamente, evitando el constante scroll en sus pantallas?
La primera tarea no es tecnológica sino antropológica. Hemos aprendido a estar hiperconectados con el mundo y desconectados de nosotros mismos. El problema no es el teléfono, sino el vacío que intentamos anestesiar a través de él.
En "Almafobia" sostengo que padecemos una especie de miedo a nuestra propia interioridad. Nos cuesta detenernos porque el silencio nos confronta con preguntas esenciales: quiénes somos, qué sentido tiene nuestra vida, qué heridas cargamos, qué anhelos profundos nos habitan.
Vivimos en una cultura que nos ofrece infinitas formas de distraernos, pero muy pocas herramientas para encontrarnos con nosotros mismos. El scroll permanente no es solamente una conducta tecnológica; muchas veces es el síntoma de una dificultad más profunda para habitar nuestra propia existencia.
Mi propuesta es recuperar espacios de interioridad en la vida cotidiana: momentos de silencio, contemplación, lectura, diálogo profundo, oración o reflexión personal. No se trata de rechazar la tecnología, sino de evitar que ocupe el lugar que corresponde a nuestra conciencia. Una sociedad que pierde la capacidad de encontrarse consigo misma termina perdiendo también la capacidad de encontrarse auténticamente con los demás.
Quizás la verdadera revolución de nuestro tiempo no sea digital, sino interior. Porque sólo quien es capaz de mirarse profundamente puede construir vínculos genuinos, ejercer su libertad y encontrar un sentido que vaya más allá de la inmediatez.
¿Cuál es su opinión sobre la religión en la época actual? ¿Cree que ha perdido valor en la sociedad como artífice de la conciencia espiritual?
Creo que estamos viviendo una paradoja interesante. Mientras disminuye la adhesión institucional a algunas religiones, aumenta la búsqueda de sentido. Es decir, no necesariamente hay menos hambre espiritual; lo que existe es una transformación en las formas de vivirla.
La religión sigue siendo una de las grandes escuelas de interioridad, trascendencia y construcción de comunidad. Ha ofrecido durante siglos respuestas a las preguntas más profundas del ser humano: quién soy, para qué vivo, qué significa amar, sufrir o morir.
Sin embargo, las instituciones religiosas enfrentan hoy el desafío de dialogar con una cultura marcada por la velocidad, la fragmentación y el individualismo. Allí radica una oportunidad extraordinaria: volver a mostrar que la espiritualidad no es una reliquia del pasado, sino una necesidad profundamente humana.
La cuestión central no es si la religión perdió valor, sino si hemos logrado transmitir su riqueza existencial en un lenguaje comprensible para las nuevas generaciones. Cuando la religión logra conectar con las preguntas reales de las personas, sigue siendo una fuente extraordinaria de sentido, esperanza y humanización.
En un mundo atravesado por la incertidumbre, la aceleración tecnológica y la crisis de los vínculos, la experiencia religiosa puede seguir ofreciendo algo que ninguna innovación puede reemplazar: una respuesta al anhelo humano de trascendencia y una invitación a salir de uno mismo para encontrarse con los demás y con Dios.
¿Hacia qué tipo de espiritualidad se encamina el ser humano moderno?
Veo emerger una espiritualidad más personalizada, menos ligada a estructuras tradicionales y más centrada en la experiencia individual. Muchas personas buscan bienestar, plenitud, equilibrio emocional o conexión interior, aunque no siempre lo nombren como una búsqueda espiritual.
También es importante distinguir espiritualidad de religión. La espiritualidad es una dimensión constitutiva del ser humano: la capacidad de preguntarse por el sentido de la vida, de trascenderse, de buscar la verdad, la belleza y el bien. La religión, en cambio, es una forma concreta, comunitaria e histórica de vivir esa búsqueda, ofreciendo tradiciones, símbolos, prácticas y respuestas compartidas. Toda religión implica una experiencia espiritual, pero no toda espiritualidad se expresa necesariamente en una religión.
El desafío contemporáneo consiste en evitar que la espiritualidad se reduzca a una experiencia puramente individual o emocional. Cuando se transforma únicamente en una herramienta de bienestar personal, corre el riesgo de perder su dimensión de compromiso, encuentro y apertura a una verdad que nos trasciende.
La gran tarea de nuestro tiempo consiste en reconciliar tecnología y trascendencia, innovación e interioridad, inteligencia artificial e inteligencia espiritual. Podemos desarrollar máquinas cada vez más inteligentes, pero eso no resolverá las preguntas fundamentales de la existencia humana.
Por eso sostengo que el gran desafío del siglo XXI no es solamente tecnológico. Es profundamente espiritual. Cuanto más avance la inteligencia artificial, más necesitaremos desarrollar aquello que ninguna máquina puede reemplazar: la conciencia, la libertad, el amor, la capacidad de otorgar sentido y la experiencia de la trascendencia.
En el fondo, la pregunta no es si el ser humano será espiritual o no, porque la búsqueda de sentido es inherente a nuestra condición humana. La verdadera pregunta es dónde buscará ese sentido. En una época fascinada por la tecnología, el consumo y la inmediatez, corremos el riesgo de llenar todos los vacíos excepto el más importante: el del alma.
Esa es, precisamente, la invitación de "Almafobia": perder el miedo al alma para volver a encontrarnos con nuestra humanidad más profunda. Porque cuanto más artificial se vuelve el mundo, más humana debe volverse nuestra respuesta.








