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EL LIBERAL . Santiago

Crónica del misterio del mural.

Por: Belén Cianferoni. 

14/06/2026 06:00 Santiago
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Crónica del misterio del mural. Crónica del misterio del mural.

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¡Buenas! ¿Todo bien por ahí?

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Yo me quedé mirando el cielo, pensando si iba a llover o si ya estaba para limpiar el patio. El otoño vino con todo y mi patio precisa de mi atención.

Hay que acomodar colores, texturas y profundidades. Buscar que la luz caiga donde tiene que caer y que cada planta encuentre su lugar. Es mucho trabajo y, desgraciadamente, esta semana la mora se desnudó en el patio y dejó gran parte de su follaje en el piso. Mi patio era un collage de verdes, amarillos y hasta algunos azules. Había también bolsas traídas por el viento que llenaban de color todo, pero que en realidad eran un presagio de lo que me iba a suceder ese mismo día.

Me senté frente a la computadora y recibí un mensaje de Pablo Maldonado. Pablo es un sociólogo de la fotografía. Analiza parte por parte las imágenes que toma, genera impacto y suele ver cosas que nadie más ve. Gajes del oficio de ser sociólogo y fotógrafo.

Pero Pablo no traía saludos. Traía un descubrimiento.

—Hola, Belén, ¿sabías que tu crónica está en un mural?

Él estaba sacando fotos y, al hacer zoom, encontró, tímidamente escondida, una crónica de esta autora en el margen superior derecho. Ahí, en un rincón de toda esa explosión colorida, mi crónica estaba quietita, observando maravillada los colores, como testigo silenciosa de una fiesta de papel.

Ustedes me conocen. No puedo mentirles. Soy curiosa y hurgueta.

Así que fui a investigar, a ver si reconocía un patrón o encontraba alguna pista entre tantos colores. Pero cuando llegué solo tuve más interrogantes, dudas construidas arriba de dudas, como un juego de Jenga mal armado.

El mural era mucho más grande de lo que imaginaba y sentía que era una explosión de vida y de fe en tiempos de oscuridad. Miraba los colores, me bañé en los azules, mis ojos jugaron con los rosas y sentí una devoción profunda al encontrar, en medio de todo, las imágenes de Mama Antula. Estaba ahí, mirándome, dándome la bienvenida al mural más misterioso y colorido que haya visto Santiago.

Era de noche cuando fui y no pude apreciar toda su belleza. Pero, poco a poco, fui reconociendo los clásicos mandalas, fragmentos de tipografía del diario y también me encontré a mí misma, casi escondida entre el color.

Mis ojos apreciaban e interrogaban ese mural al mismo tiempo. Era la revolución del color y de la devoción sobre la oscuridad.

¿Qué hacía semejante obra ahí? ¿Por qué estaba mi crónica en ese costado? ¿Sería un error o simplemente alguien la leyó y le gustó ese día? ¿Quién había hecho semejante belleza?

Con los días llegaron algunas respuestas y, con ellas, nuevas dudas picoteándome la cabeza como un pájaro carpintero.

Todo ese mural fue realizado por una sola persona, alguien en situación de calle. Vende flores de papel de colores y camina por las calles cantando canciones de Almafuerte y de Los Redondos. En las estaciones de servicio le regalan diarios que después recicla para levantar este mural inmenso.

Seguramente más de una vez lo habremos visto pasar. Y seguramente también fuimos lo suficientemente crueles como para desviar la mirada.

No sé mucho más de él, pero su recuerdo me acompañó toda la semana como un fantasma. Y entonces recordé aquellas palabras del papa Francisco en 'Fratelli Tutti': todos somos hermanos.

Este mural, que nos maravilla y parece vencer incluso a la inteligencia artificial a pura sensibilidad, tiene algo de milagro cotidiano. Está hecho con diarios viejos, con papel descartado, con manos gastadas y con una fe que no necesita explicación. Tal vez por eso la presencia de Mama Antula ahí no sea casualidad: ella también caminó entre los olvidados, hizo de la intemperie un camino y de la esperanza una forma de resistencia.

No hace falta un templo para creer que las cosas pueden ser distintas. A veces alcanza con una flor de papel, con un recorte de diario o con una pared negra que se niega a quedarse callada. El gris ordena, uniforma y acostumbra; el color desobedece. Nos obliga a detenernos, a preguntar, a mirar de nuevo.

Me estaba yendo y terminando está crónica, pero Don Maldonado trajo un pequeño gran análisis que me hace pensar todo.

Una de esas enseñanzas del budismo que terminan apareciendo cuando una menos las espera. Habla de que en cada instante habitan infinitas posibilidades y de que, incluso en aquello que parece completamente oscuro, existe en potencia una luz esperando encontrar una salida.

Pensé entonces en ese hombre. En la facilidad con la que la sociedad resume una vida en una sola etiqueta. "Está en situación de calle". "Tiene un consumo problemático". "Está perdido". Como si una persona pudiera reducirse a una sola palabra.

Pero ahí estaba el mural para llevarle la contra al gris.

Hecho con diarios descartados, con papel reciclado y con una paciencia casi inexplicable, parecía decir que en cada vida conviven muchos mundos al mismo tiempo. Que una misma mano puede temblar y crear belleza. Que una misma boca puede cantar, insultar o pedir ayuda. Que una misma persona puede decidir putear al que tiene al lado o detenerse para ayudar a un ciego a cruzar la calle.

Así que hoy solo quiero pedirles una cosa: si ven a un hermano en situación de calle en estos días de frío, no desvíen la mirada. Si pueden, den abrigo. Si pueden, den pan. Y si pueden dar un poco más, den también un poco de tiempo para reconocer la humanidad que tenemos enfrente.

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