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A 74 años de la muerte de la compañera Evita

Por: Daniel Milki -Dirigente peronista-

26/07/2026 13:55 Opinión
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Una Noche

Noche. Llueve. En un barrio de latas o de apenas algunos raleados ladrillos, la oscuridad envuelve toda. Adentro de una de esas habitaciones débilmente iluminada por un velón un hombre se debate entre la vida y la muerte atacado por hemorragia estomacal. Grandes vómitos de sangre lo van deteriorando. Su mujer llora en silencio, impotente. ¿Qué podría hacer? ¿Con quien dejaría los hijos que, llorosos miraban ese cuadro? ¿Cómo arrastraría al hombre bajo la lluvia, entre el barro y la oscuridad? Los sollozos se apagan y renacen. ¡Si pudiera llamar por teléfono y pedir una ambulancia! Pero había un teléfono a más de diez cuadras en el almacén y no se atrevía de dejar a su marido en ese estado. Y aunque lograra llegar hasta allí sabía que la ambulancia no tomaría el pedido por no atravesar esas infernales calles de barro.  

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Llora la mujer y a la luz de la vela se le distingue un gesto de resignación, cuando se oye llamar a la puerta. Es el compañero de trabajo del enfermero que viene averiguar sobre su estado de salud. La vista del cuadro lo sacude. Hacía unos tres días estuvo para traerle unos pesos y acompañar al enfermo y ahora lo encontraba en ese estado.  

Rápidamente el amigo toma una determinación: transportar sobre sus hombros al enfermo. Corre la mujer de lado para el otro, lo arropa, recomienda al hijo mayor (siete años) el cuidado de los otros, echa llave la puerta y me abordan la intemperie.  

Entre el barro, sorteando las caídas, arrastrando al enfermo que desfallece, al amigo le parece que una cuadra es como recorrer el infinito. ¿No sería su impulso una imprudencia irremediable? ¿Y si volvieran? ¿No era eso entregarlo a la muerte?  

La mujer se pegaba al cuerpo del marido haciendo más pesado el desplazamiento. En su afán de ayudar, obstaculizaba. Por dos veces los fuertes brazos del amigo estuvieron a punto de ser vencidos por el peso del cuerpo atravesado de dolor.  

De pronto esa atroz calle de un barrio pobre de Avellaneda es iluminada por los potentes faros de un auto que se aproximaba. ¿Quién podía andar a esas horas y en el barrial? Los autos no andaban en esa calle ni siguiera en pleno día. Era extraño; más bien increíble.  

Pero coche ha llegado hasta ellos y una voz de mujer, clara y vibrante dice:

— Sí es un enfermo, suba rápido.

Se acercan. Agradecen. Sí, necesitamos urgente atención para este enfermo que se muere: una úlcera perforada. La esposa agrega:

— No tenemos a donde llevarlo; no tenemos recomendación para algún hospital; no tenemos recomendaciones para algún hospital.

Del coche baja una joven, se ve a la luz de los faros que es bella y que esta vestida con elegancia. Ayudó a subir a los tres.

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— No se preocupen, yo conozco a un médico de un hospital. Vamos allá.

Y dio la orden al chofer de un taxi –porque resulto ser un taxi el coche aparecido– para que los llevara lo más rápidamente posible a un hospital de la ciudad de Buenos Aires.

En el trayecto la mujer del enfermo al ver a su marido entrar en la inconciencia y al recordar a los tres niños que habían quedado solos en la villa.

— ¿Sufre usted? – pregunta la joven. Y le tendió su mano y la abrazaba.

Llegados al hospital bajo primero la joven, rápidamente, y le dijo al portero que buscaba al Dr. Martín. "Está en la guardia", dijo el portero.

— Dígale que Eva Duarte le trae un enfermo grave.

Ahí supieron su nombre. Cuando apareció el médico ella converso sobre la situación y, ante la amenaza del "no tenemos cama", ella le dijo:

— Ah no, a este enfermo me lo tenes que internar; búscale cama de donde sea, despacha a alguno no tan necesitado o búscate una de un vecino, pero lo tenes que atender sino me muero.

— Va a necesitar operación de urgencia –dijo el médico después de un rápido examen. ¡Ah, Evita, quien pudiera ser uno de tus protegidos!

Solucionado el asunto de la internación, el enfermo fue operado y empezó una lenta recuperación. Después de pasar la noche acompañando al amigo y a la esposa, siendo ya el otro día, Eva le dijo que tenía irse porque estaba filmando una película y tenía que presentarse trabajar. "Vendré más tarde", dijo.

Diariamente estuvo yendo al hospital al interiorizarse de la evolución y a acompañar al enfermo. Llevaba remedios y comida para la mujer y los chicos.  

El amigo era un obrero ferroviario que trabajaba en los talleres de Remedios de Escalada y como la mayoría de los trabajadores de este gremio era un anarco-sindicalista descreído y escéptico.  

Eva Duarte y el obrero se hicieron amigos, conversaron mucho sobre la situación política del país del que Eva tenía ideas ya muy claras y a partir de entonces la vida que los había acercado los hizo actuar en muchas circunstancias críticas para ellos y la Patria, hasta que finalmente los separo con la muerte de ella cinco años después.

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