Por Alejandro Portabales
Los silvers del futuro: cuando la ciencia consiga derrotar al envejecimiento Los silvers del futuro: cuando la ciencia consiga derrotar al envejecimiento
Durante miles de años la humanidad dio por sentado que la vida tenía un recorrido inevitable: nacer, crecer, envejecer y morir. Sobre esa certeza construimos nuestras sociedades, nuestras economías y hasta nuestras creencias religiosas. Pero ¿qué ocurriría si ese ciclo dejara de ser una ley de la naturaleza y pasara a convertirse en un problema médico? ¿Qué sucedería si la biología lograra regenerar nuestras células indefinidamente y el envejecimiento pudiera tratarse como hoy se trata una enfermedad?
Lejos de ser una fantasía literaria, esta posibilidad comienza a ocupar un lugar cada vez más importante en los laboratorios más prestigiosos del mundo. El genetista David Sinclair, de la Universidad de Harvard, sostiene que el envejecimiento es, en buena medida, un proceso biológico reversible. Sus investigaciones han conseguido rejuvenecer tejidos en animales mediante la reprogramación del epigenoma. A ello se suman los descubrimientos del premio Nobel Shinya Yamanaka, cuyos factores de reprogramación demostraron que una célula adulta puede volver a un estado semejante al embrionario, abriendo un camino completamente nuevo para la medicina regenerativa. También son fundamentales los trabajos de la premio Nobel Elizabeth Blackburn sobre la telomerasa y los telómeros, estrechamente relacionados con el envejecimiento celular, así como las investigaciones del español Juan Carlos Izpisúa Belmonte, quien logró rejuvenecer parcialmente distintos órganos en modelos animales. Incluso empresas como Altos Labs, respaldadas por miles de millones de dólares de inversión privada, han nacido con un objetivo muy concreto: aprender a rejuvenecer las células humanas.
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Nadie sabe si algún día alcanzaremos una verdadera inmortalidad biológica. Sin embargo, imaginemos por un momento que la ciencia logra regenerar indefinidamente nuestros órganos, reparar el ADN dañado y mantener el organismo con una edad biológica constante. No se trataría de vivir eternamente en el sentido absoluto seguirían existiendo los accidentes, las infecciones o las catástrofes, pero sí de eliminar el envejecimiento como causa natural de la muerte.
La primera consecuencia sería revolucionaria.
Desaparecería el concepto tradicional de vejez.
Y con él cambiaría por completo el significado de una palabra que hoy empieza a tener cada vez más peso: silvers.
Actualmente se denomina "economía silver" al conjunto de actividades relacionadas con las personas mayores de 60 o 65 años que continúan activas, saludables y con capacidad de consumo. Pero en una sociedad donde el envejecimiento hubiera sido derrotado, esa definición quedaría obsoleta. Los silvers del futuro ya no serían simplemente adultos mayores. Serían hombres y mujeres de cien, doscientos o trescientos años de edad cronológica que conservarían el aspecto físico, la energía y las capacidades intelectuales de una persona de cuarenta.
Serían una generación completamente nueva.
No destacarían por sus arrugas, sino por la enorme cantidad de experiencia acumulada.
Imaginemos un cirujano que hubiera realizado cien mil operaciones durante dos siglos; un arquitecto que hubiera diseñado ciudades en tres épocas diferentes; un piloto con ciento cincuenta años de vuelo; un violinista que hubiera interpretado durante generaciones las mismas obras perfeccionando cada detalle; o un investigador que dedicara doscientos años a resolver un único problema científico. La humanidad jamás habría contado con un capital intelectual semejante.
Los silvers serían la memoria viva del planeta.
Pero precisamente allí aparecería el primer gran dilema.
La historia demuestra que los mayores avances nacieron cuando nuevas generaciones cuestionaron las ideas establecidas. La Revolución Científica desafió siglos de pensamiento medieval. La Revolución Industrial transformó el trabajo. La revolución informática fue impulsada por jóvenes ingenieros que imaginaron un mundo completamente distinto.
¿Qué ocurriría si esas generaciones nunca reemplazaran a las anteriores?
La experiencia, que hoy consideramos una enorme virtud, podría convertirse en un obstáculo para la innovación. Un científico con trescientos años de trayectoria acumularía un conocimiento inmenso, pero quizá también una enorme resistencia a abandonar las teorías que él mismo ayudó a construir. La creatividad necesita experiencia, pero también necesita renovación.
Algo semejante ocurriría con el poder.
En la actualidad, la muerte actúa silenciosamente como el gran mecanismo de renovación institucional. Presidentes, jueces, empresarios, profesores universitarios y líderes sociales terminan dejando paso a otros. No siempre tan rápido como muchos desearían, pero finalmente ocurre.
Si el envejecimiento desapareciera, ese recambio natural también desaparecería.
Podrían existir presidentes con ciento cincuenta años de carrera política, empresarios que controlaran durante siglos las principales compañías del planeta, jueces que interpretaran las leyes durante generaciones enteras y familias que acumularan fortunas imposibles de igualar porque nunca habría herederos que fragmentaran esos patrimonios.
La consecuencia sería una nueva forma de gerontocracia.
No una gerontocracia de ancianos frágiles, sino de personas jóvenes en apariencia, extraordinariamente lúcidas, con siglos de experiencia... y con un poder prácticamente imposible de disputar.
Tampoco la población evolucionaría como muchos imaginan.
La primera reacción consiste en pensar que el planeta explotaría demográficamente porque nadie moriría. Sin embargo, la realidad podría ser exactamente la contraria.
Los países más desarrollados ya presentan índices de natalidad muy inferiores a los necesarios para reemplazar su población. Las personas retrasan la maternidad y la paternidad por razones económicas, profesionales o simplemente personales. Si además desapareciera el reloj biológico, ¿qué urgencia habría para tener hijos a los treinta años si se dispone de doscientos años para decidirlo?
Lo más probable es que los nacimientos disminuyeran aún más. Incluso los gobiernos podrían verse obligados a establecer sistemas de autorización para la reproducción, similares aunque mucho más sofisticados y éticamente complejos a las políticas de control demográfico que algunos países ensayaron en el siglo XX. Paradójicamente, una humanidad casi inmortal podría terminar teniendo menos habitantes que la actual.
Sin embargo, el mayor problema no sería la demografía.
Sería la desigualdad.
Toda innovación médica importante comienza siendo costosa. Ocurrió con los trasplantes, con las terapias biológicas, con muchos tratamientos contra el cáncer y con las terapias génicas más avanzadas. No existe ninguna razón para pensar que la regeneración celular sería diferente.
Durante décadas convivirían dos especies sociales.
Por un lado, quienes pudieran comprar siglos de vida gracias a los avances de la biología. Por otro, quienes continuarían envejeciendo de manera natural.
La brecha económica se convertiría entonces en una brecha biológica.
Los silvers del futuro no serían únicamente los más experimentados. Probablemente serían también los más ricos, los más influyentes y quienes concentrarían el conocimiento, el capital y las decisiones políticas.
La verdadera pregunta ya no sería cuántos años tiene una persona.
La pregunta sería cuánto tiempo lleva acumulando experiencia, patrimonio e influencia.
Quizá el gran desafío del siglo XXII no consista en descubrir cómo regenerar indefinidamente nuestras células. Tal vez el verdadero desafío sea mucho más complejo: diseñar instituciones capaces de garantizar el recambio de ideas, evitar la concentración eterna del poder y asegurar que la longevidad no se convierta en un privilegio reservado para unos pocos.
Porque si la ciencia logra vencer al envejecimiento, los protagonistas del futuro no serán los robots ni la inteligencia artificial.
Serán los nuevos silvers.
Una generación de seres humanos cuya juventud ya no se medirá por la edad del cuerpo, sino por la capacidad de seguir imaginando un mundo diferente después de haber vivido varios siglos.
(Créditos: Infobae)








