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La inteligencia artificial ya entró al consultorio

Por Dr. Carlos I Scaglione. 

(Foto ilustrativa Google)

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11/08/2026 16:36 Opinión
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La medicina está comenzando a cambiar de la mano de algoritmos capaces de diagnosticar, anticipar enfermedades, analizar biopsias y hasta acompañar decisiones terapéuticas. El desafío no será detenerla, sino evitar que la tecnología termine deshumanizando aquello que nació para cuidar al ser humano.

Durante siglos, la medicina avanzó apoyándose en una herramienta fundamental: la inteligencia humana. El médico observaba, preguntaba, palpaba, comparaba y, finalmente, decidía.

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Hoy esa inteligencia tiene un nuevo acompañante.

La inteligencia artificial ya no es una promesa del futuro. Está en los hospitales, en los laboratorios y en los sistemas de diagnóstico. Y probablemente estamos apenas ante el comienzo de una transformación que modificará profundamente la manera de ejercer la medicina.

Algunas plataformas permiten comprender la magnitud del cambio.

Aidoc y Nanox.AI utilizan inteligencia artificial para analizar imágenes médicas y detectar o priorizar determinados hallazgos. Paige AI aplica algoritmos a la anatomía patológica para colaborar en la detección del cáncer. Viz.ai ayuda a identificar situaciones neurológicas críticas y acelerar la comunicación entre los equipos asistenciales.

En otro terreno, Tempus AI trabaja con información clínica y genómica para avanzar hacia una medicina más personalizada; Insilico Medicine utiliza IA en el descubrimiento de nuevos medicamentos; Huma permite monitorizar pacientes a distancia; y Abridge puede transformar la conversación entre médico y paciente en documentación clínica.

Son ejemplos diferentes de una misma tendencia: la máquina comienza a participar en casi todas las etapas del proceso médico.

Y lo que viene puede ser mucho más trascendente.

La próxima generación de sistemas no se limitará a analizar una radiografía o una resonancia. Podrá integrar simultáneamente la historia clínica, los análisis de laboratorio, las imágenes, la anatomía patológica, la información genética y la evolución del paciente.

En segundos podrá buscar millones de antecedentes científicos, comparar casos, detectar patrones y proponer alternativas diagnósticas o terapéuticas.

La medicina podrá ser, por primera vez, predictiva además de diagnóstica, Podrá detectar el riesgo antes de que aparezca la enfermedad, Pero detrás de esta extraordinaria posibilidad aparece una pregunta incómoda: ¿quién controlará esa inteligencia?

Porque los algoritmos no son neutrales. Aprenden de los datos que reciben. Y si los datos tienen errores, prejuicios o desigualdades, la máquina puede reproducirlos a una velocidad y escala desconocidas.

También aparece el problema de la responsabilidad.

Si una inteligencia artificial recomienda un diagnóstico equivocado, ¿quién responde? ¿La empresa que desarrolló el algoritmo? ¿El hospital que lo utilizó? ¿El médico que aceptó la recomendación?

Y hay una pregunta todavía más profunda: ¿qué ocurrirá con la relación entre el médico y el paciente?

La medicina moderna ya ha sufrido una paradoja: cuanto más sofisticada se volvió la tecnología, muchas veces menos tiempo tuvo el médico para mirar al enfermo., El profesional terminó mirando más la pantalla que los ojos del paciente., La inteligencia artificial podría profundizar esa tendencia.

Pero también podría producir exactamente lo contrario, Si una máquina puede realizar en segundos aquello que hoy ocupa horas de trabajo administrativo, analizar miles de imágenes, ordenar una historia clínica o buscar información científica.

El médico podría recuperar algo que la burocracia sanitaria le fue quitando: tiempo, Tiempo para escuchar, Tiempo para pensar, Tiempo para explicar, Tiempo para acompañar, Por eso, la discusión sobre la inteligencia artificial en medicina no debería reducirse a preguntar si las máquinas reemplazarán a los médicos.

La pregunta verdadera es qué clase de médicos queremos formar para trabajar con ellas.

La inteligencia artificial puede reconocer un patrón, pero no comprende una vida, Puede analizar millones de imágenes, pero no sabe qué significa para una familia un diagnóstico de cáncer, Puede sugerir un tratamiento, pero no puede asumir el sufrimiento, la incertidumbre y la esperanza de quien debe aceptarlo, Puede procesar información con una velocidad extraordinaria, pero todavía no conoce el valor de una palabra dicha en el momento adecuado.

La máquina puede aumentar enormemente la capacidad intelectual de la medicina, Lo que no debería hacer es disminuir su humanidad, Quizás el médico del futuro no sea aquel que compita con la inteligencia artificial, sino aquel que sepa utilizarla para ser más preciso, más rápido y, paradójicamente, más humano.

Porque la verdadera revolución no consistirá en conseguir que las máquinas piensen como médicos.

Consistirá en conseguir que los médicos utilicen máquinas cada vez más inteligentes sin dejar de pensar como seres humanos.

Y tal vez allí esté la gran paradoja de esta revolución tecnológica, la inteligencia artificial podría terminar devolviéndole a la medicina aquello que la tecnología, la burocracia y la velocidad le fueron quitando: tiempo para escuchar, tiempo para pensar y tiempo para cuidar, Ese será, finalmente, su verdadero examen.

No si puede reemplazar al médico, sino si puede ayudarnos a ser mejores médicos.

Por el Dr. Carlos I Scaglione, Docente de la UNSE.

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