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EL LIBERAL . Santiago

Crónica de las cosas inconclusas 

Por Bélen Cianferoni 

27/09/2026 06:00 Santiago
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Esta mañana viene siendo muy santiagueña, po' señor. Me quedo corto septiembre y siento que ya terminó antes de empezar. Incluso trajo una reina. Coronamos una reina de los estudiantes. Es que somos gente muy linda y con buen corazón, sabido es. Felicidades a la reina.

Mi lista de septiembre viene golpeando duro y parejo. Pero yo le doy batalla. Una tras otra. Actividades. Papeles. Libros. Videos. Sueños. Compromisos. Pero todo se hace.

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No sé en qué momento me volví adulta. Siento que ayer estaba en un bar pidiendo un capuchino y escribiendo un poema llorando porque me dejó un ex. Ese bar ya no existe, ya tuvo tres nombres. El capuchino ya no se vende más, ahora todo es flat white o latte. Y mi ex ni me acuerdo porque hasta el tiempo se llevó su nombre. Ya ni me acuerdo cuál era.

La poesía te acompaña hasta para ver una bolsa moviéndose por el viento. Esa bolsa es mágica y esplendorosa, es sabia. Conoce los secretos del universo y si la seguís con la mirada por un momento hasta podés encontrar mucha información sobre la ubicación de nuestra galaxia y nuestro lugar en el mundo. La poesía es el canal. La bolsa y vos necesitan de la poesía para poder hablar con la bolsa.

Estoy esperando empanadas de Doña Sesín y mientras el hambre me dibuja imágenes exquisitas en mi cabeza, veo cómo la poesía hoy en día viene siendo un momento que no me estoy regalando.

Tengo tanto para hacer y tengo tantas cosas inconclusas que directamente no miro la luz del sol mientras trabajo.

Una se pierde dentro del trabajo, ¿y la poesía dónde está?

Creo que se me secó un poquitito.

Ya volverá a crecer.

Me siento como una muñeca sin cabeza que aún no está terminada porque su creadora se fue a jugar por ahí con otras nenas.

A veces doy vueltas por mi casa y veo todas las cosas que tengo empezadas. Un libro. Un texto. Una idea. Una planta que necesita otra maceta. Un mensaje que tengo que contestar. Una promesa que hice hace tres semanas. Una película que empecé y nunca terminé. Una canción que me gusta y que hace meses no escucho. A esa persona que debí llamar hace mucho, pero el tiempo teje un mar de distancia con ella.

La vida adulta es tener una cantidad impresionante de pestañas abiertas en la cabeza. Una quiere cerrar alguna, pero abre otra. Y así vamos. Haciendo. Cumpliendo. Llegando tarde. Llegando temprano. Llorando a escondidas porque los adultos también lloramos.

Llegando como podemos. Porque también hay que reconocerlo: la vida nos llena de obligaciones, pero eso no significa que tengamos que entregarle toda la vida a las obligaciones.

Hay que pelearla. No siempre con grandes gestas. A veces pelearla es levantarse y hacer lo que toca, o lo que se pueda y está bien. A veces es mandar ese mail. A veces es terminar un trámite en Anses. A veces es decir que no. A veces es descansar. Y a veces, aunque parezca una pavada, es volver a escribir un poema.

Esta semana me acordé de algo que me hizo pensar en todas estas cosas inconclusas.

Quiero felicitar a mi amiga Marinés Scelta que ganó el Premio Nacional de Poesía del Fondo Nacional de las Artes.

Y mientras pienso en ella, pienso también en todos los poetas que siguen escribiendo en medio de la vida, porque nadie espera a que la vida esté ordenada para escribir.

Si esperáramos a tener todo resuelto, no escribiríamos nunca.

La poesía aparece con los platos sin lavar, con las cuentas, con los turnos médicos, con los trabajos atrasados, con los hijos, con las clases, con las pérdidas, con las mudanzas, con los dolores de espalda y con el mensaje que todavía no contestamos.

Aparece incluso cuando una no tiene tiempo.

O justamente por eso, Marinés ganó un premio y yo pienso en eso como quien encuentra una flor creciendo en una grieta. No porque la grieta haya desaparecido. Sino porque algo decidió crecer ahí.

Quizás de eso se trate también seguir adelante. De no esperar que la vida quede perfectamente acomodada para empezar a vivirla.

Una hace lo que puede. Una junta los pedazos. 

Una pelea las cosas. Una se equivoca. Una vuelve. Una escribe.

A veces consigue un premio. Otras veces consigue simplemente terminar el día comiendo una empanaditas. Las dos cosas importan.

Mientras escribo esto me acaba de venir otro asunto a la cabeza: El libro de poesía inglesa de Alberto Tasso.

Alberto, querido: acabo de acordarme públicamente de que todavía no te lo devolví.

No tengo defensa. No hay excusa. Este es mi compromiso público, delante de todos los croniqueros:

Te voy a devolver el libro.

Porque mi mente anda tan ocupada que lo urgente supera a lo importante y, aparentemente, también supera a la memoria.

Pero el libro está.

Y eso ya es bastante.

Hay cosas que quedan inconclusas porque no sabemos cómo terminarlas. Y hay otras que quedan inconclusas porque la vida nos lleva por delante. Por eso necesitamos la poesía. Para hacer un pequeño agujero en medio de la obligación.

Para mirar una bolsa bailar con el viento.

Para acordarnos de un amor que ya no importa.

Para felicitar a una amiga.

Para devolver un libro y no sufrir con la piedra de Sisifo.

Saludos mis estimados croniqueros. Quieren empanadas? Metanlé nomás.

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