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EL LIBERAL . Santiago

Una novela sobre mujeres, memoria y pertenencia

Por Amalia Domínguez 

27/09/2026 06:00 Santiago
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Una novela sobre mujeres, memoria y pertenencia Una novela sobre mujeres, memoria y pertenencia

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El próximo 3 de octubre, a las 16, en la Sala Carlos Manuel Fernández Loza, la escritora santiagueña Trinidad Rodríguez Lombardi, acompañada por la Lic. Alicia Fernández, presentará El Linaje, en el marco de la Feria del Libro de Santiago del Estero. La novela recorre más de un siglo de historia santiagueña, entre 1860 y 1975, y recupera paisajes, costumbres, personajes, sabores, saberes populares y la memoria de varias generaciones de mujeres. Médica y cardióloga infantil radicada en Paraná, Rodríguez Lombardi vuelve a su provincia natal para presentar una obra profundamente ligada a sus raíces.

—¿Qué significa para vos volver a Santiago del Estero para presentar El Linaje?

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—Es algo muy movilizante. Yo me fui de Santiago del Estero a los 18 años para estudiar Medicina y después de recibirme me instalé en Paraná. Mi vida transcurrió fundamentalmente entre la medicina, la maternidad y el trabajo, pero Santiago nunca dejó de estar conmigo. Hay lugares de los que uno se va físicamente, pero que siguen viviendo adentro. Volver ahora como escritora tiene, además, un significado muy especial. No regreso solamente a presentar un libro: regreso a mis pagos, que conozco desde la infancia y que durante muchos años ocupó un lugar en mi corazón, sin darme cuenta. La novela me permitió volver a mirar Santiago con otros ojos y, al mismo tiempo, recuperar algo muy profundo de mi propia historia.

—Sos médica, pediatra y cardióloga infantil. ¿Cómo convivieron la medicina y la literatura en tu vida?

—Durante muchos años convivieron de una manera bastante silenciosa. La medicina fue mi profesión y una parte enorme de mi identidad. Soy médica de la Universidad Nacional de Córdoba y desarrollé mi carrera en Pediatría, Terapia Intensiva pediátrica y, posteriormente, en Cardiología Infantil. Trabajo en Paraná, en el Hospital Materno Infantil San Roque. La literatura, en cambio, fue siempre ese otro lugar donde podía mirar la vida desde una perspectiva diferente. La medicina me enseñó a observar, a escuchar, a buscar causas, a reconstruir historias a partir de pequeños datos. Y escribir también tiene algo de eso: observar profundamente a las personas, entender sus silencios, sus vínculos, sus heridas y aquello que las transforma. En El Linaje, quizás sin proponérmelo de manera consciente, esas dos partes de mi vida terminaron encontrándose.

—¿Cuándo apareció la necesidad de escribir una novela sobre Santiago del Estero?

—Apareció a partir de la memoria familiar y de las historias de las mujeres que forman parte de mi linaje. Pero mientras avanzaba en la escritura entendí que no quería contar solamente una historia familiar. Quería que esas mujeres estuvieran insertas en el Santiago del Estero en el que habían vivido. Por eso la novela fue creciendo y se transformó también en una investigación histórica. El Linaje transcurre entre 1860 y 1975, y detrás de la ficción hay trabajo de documentación sobre la provincia: el ferrocarril, el río Dulce y sus inundaciones, el Mercado Armonía, la Biblioteca Sarmiento, figuras como Antenor Álvarez y Pedro Saint-Germain, su ingenio azucarero, el Convento de San Francisco y tantos otros aspectos de la historia santiagueña. Quería que el lector pudiera sentir que esas mujeres caminaban realmente por ese Santiago, que respiraban su aire, que conocían sus calles, que pervivían con su río y su monte, que veían llegar el ferrocarril y que formaban parte de una sociedad que iba cambiando.

—La naturaleza tiene una presencia muy fuerte en la novela. ¿Qué lugar ocupa el monte santiagueño?

—El monte es casi un personaje más. Para mí representa mucho más que un paisaje. Es memoria, identidad, refugio y también conocimiento... Hay una relación muy profunda entre las mujeres de la novela y los yuyos, es decir, las plantas medicinales y los saberes transmitidos de generación en generación. Me interesaba recuperar esa mirada sobre la naturaleza, esa idea de que el monte tiene sus propios secretos y que muchas veces las mujeres fueron las encargadas de conservar esos conocimientos. También están los sabores y los aromas de Santiago: el arrope, las recetas familiares, el pastel de novias, el dulce de tomate con clavo de olor. Son elementos aparentemente pequeños, pero que construyen una identidad.

—En El Linaje aparecen también palabras y expresiones vinculadas al quichua. ¿Por qué era importante incorporarlas?

—Porque el lenguaje también es territorio. No quería que Santiago del Estero apareciera solamente como un escenario donde ocurren los acontecimientos. Quería que su identidad estuviera presente en la manera de hablar, de nombrar, de pensar y de transmitir los afectos. El quichua santiagueño forma parte de esa identidad y de esa memoria. Hay palabras y expresiones que tienen una fuerza que no siempre puede trasladarse completamente al español. Por eso aparecen en la novela. No como un adorno, sino como parte de una cultura viva. Para mí, conservar esas palabras es también una forma de honrar a quienes las recibieron de sus mayores y las mantuvieron vigentes.

—La novela está protagonizada por varias generaciones de mujeres. ¿Qué querías contar a través de ellas?

—Quería contar mujeres diferentes. Mujeres con fortalezas, contradicciones, deseos, silencios, saberes y también con heridas. Cada una tiene una manera distinta de relacionarse con la vida y con el mundo. Tiene un don, un elemento, y una diosa que la bendice, deidad propia de las costumbres paganas del noroeste. Hay mujeres vinculadas a la medicina popular, otras a la cocina, a la música, a la poesía. Son mujeres que, muchas veces, hicieron enormes cosas dentro de espacios aparentemente pequeños: un dormitorio, una cocina, un patio, un monte. Me interesaba rescatar ese poder que muchas veces no aparece en los relatos históricos tradicionales. Porque la historia también está hecha de mujeres que cuidaron, que sostuvieron familias, que transmitieron conocimientos, que amaron, que resistieron y que dejaron una huella, aunque nadie escribiera sus nombres en los grandes libros de historia.

—¿Cuánto hay de memoria familiar y cuánto de ficción en El Linaje?

—La novela parte de una raíz muy personal, pero no es una autobiografía ni pretende ser un relato histórico documental. Hay historias familiares que dejaron una mella en mi corazón, que definieron en alguna medida quién soy hoy, y por eso, merecían ser narradas. También hubo investigación para reconstruir la época. Cuando uno escribe sobre más de cien años de historia, no puede quedarse solamente con aquello que recuerda o que le contaron. Hay que investigar cómo era la ciudad, cómo se viajaba, qué sucedía con el ferrocarril, qué instituciones existían, cómo se vivía, qué se comía, qué acontecimientos atravesaban a la sociedad. La ficción aparece entonces para unir todo eso. Para imaginar las vidas de esas mujeres y hacerlas caminar por una historia coherente.

—Después de tantos años viviendo fuera, ¿qué sentís que significa hoy ser santiagueña?

—Creo que uno comprende algunas cosas del lugar de origen recién cuando se aleja. Parafraseo nuestra amada chacarera: 'y estaba en donde nací, lo que buscaba por ahí'. Nunca voy a dejar de ser santiagueña. Quedaría escindida, incompleta, si no integrara en mi alma la tierra que me ha visto nacer. Yo me fui muy joven. Construí mi vida en otro lugar, estudié, trabajé, formé mi familia. Pero Santiago ha seguido estando. Y escribir El Linaje ha sido una manera de volver a conversar con esa parte de mí. Por eso presentar la novela aquí tiene un significado enorme. Es como cerrar un círculo, pero también significa gratitud hacia ese pedazo de cielo que ha cobijado mi primera mirada, a ese espacio tibio y amoroso que ha sido mi primera cuna, a los brazos mishkilas que han sido mi primer amor.

—¿Qué te gustaría que se lleve un lector santiagueño después de leer El Linaje?

—Me gustaría que se reconozca. Que encuentre algo de su propia historia, de sus abuelas, de sus madres, de sus casas, de sus paisajes, de sus sabores o de sus palabras. Y también me gustaría que quien no sea santiagueño pueda acercarse a Santiago del Estero desde otro lugar. Que pueda descubrir su historia, su paisaje, su cultura y esa enorme riqueza de saberes que muchas veces permanece invisible para quienes miran desde afuera. El Linaje es, en definitiva, una novela sobre mujeres, memoria y pertenencia. Pero también es una carta de amor a Santiago del Estero.

Reseña: El Linaje

Dicen que la memoria de las mujeres sopla como el viento. Atraviesa siglos, cuerpos y silencios. Isaura, la iniciadora, en sus manos la tierra y el aire se confunden. Cura, invoca y resiste. Elena transforma su pena en dulzura. Cada dulce es un conjuro para olvidar lo que arde demasiado. Alberta desafía el dolor con melodías. Su música es resistencia. Su cuerpo, llama. Iris escribe para romper la maldición. Entre la tormenta su voz se vuelve libertad. "El linaje" es una historia que trasciende el amor y la lealtad, de las mujeres que no se rinden. Aire, tierra, fuego y agua. Un solo hechizo que nunca se apaga.

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