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La ingeniería de la soledad: la extrema derecha hacia el triunfo político de la autoexplotación

Por el Lic. Diego Ramos.

23/10/2026 20:06 Opinión
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Mientras el máximo exponente de la despolitización, Javier Milei, exhibía con orgullo en su visita no oficial a España el abandono del Estado y su absoluta irresponsabilidad gubernamental, la Argentina se precipita hacia un deterioro sin precedentes: desindustrialización galopante, precarización laboral, un riesgo país por las nubes y un autoritarismo que aflora en cada intento de censura.

Es imprescindible visibilizar y desmenuzar la pedagogía de la anti política de esta extrema derecha. Para ello, resulta fundamental señalar los mecanismos que pone en marcha para lograr lo impensable: que el ciudadano de a pie —don Juan, doña Rosa, el joven de la esquina— sostenga casi con orgullo la bandera del propio sacrificio. ¿Qué instrumentos están en juego y en qué plano operan? Los ejemplos abundan. En la antesala del balotaje en Brasil, por ejemplo, se escuchaba a un joven sintetizar esta encrucijada: "Lula, gracias por los beneficios, pero mi pastor me pidió votar por Bolsonaro…"

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Es en este terreno donde convergen la autoexplotación, la irrupción de la inteligencia artificial y los discursos de la teología de la prosperidad: un entramado en el que la sociedad aprende a sobrevivir en soledad y renuncia a pensarse colectivamente. Se trata de una transformación silenciosa, pero profundamente política, que atraviesa a nuestros pueblos. Mientras se multiplican los eslóganes sobre la libertad individual, el éxito y la autorrealización meritocrática, se erosiona la capacidad fundamental de la vida democrática: reconocernos como parte de un destino común. Como advierte el filósofo Byung-Chul Han, estamos ante la forma más sofisticada de dominación, donde el individuo se convierte en el verdugo y explotador de sí mismo.

Es aquí donde el fascismo se reinventa en su versión más seductora para calar en las mayorías: un populismo de derecha que convence a la sociedad de que ya no hace falta un tirano o una autoridad externa que imponga el rendimiento. Ahora, es el propio individuo quien se exige de forma despiadada y permanente, creyendo ingenuamente que esa autoexplotación es el ejercicio pleno de su libertad. El mandato disciplinario mutó: ya no dice "debes obedecer", sino "tú puedes lograrlo". En esta operación reside el primer éxito de la extrema derecha: si el éxito depende exclusivamente de vos, también serás el único culpable de tu propio fracaso.

Históricamente, las luchas sociales identificaban con claridad las estructuras externas de opresión: sistemas económicos injustos, precarización laboral y decisiones políticas que generaban exclusión. Hoy, en cambio, la responsabilidad se desplaza por completo hacia el individuo. Cuando en una entrevista callejera en Argentina un trabajador afirma "no llego a fin de mes, voy a buscar otro trabajo", no solo expresa la urgencia de sobrevivir, sino la trágica naturalización de su suerte. El problema radica en que esa respuesta individual se vuelve la única imaginable, dinamitando cualquier pregunta por las causas estructurales de la precariedad. La injusticia deja de entenderse como un problema político para experimentarse como una culpa personal. Aquí se consolida el segundo éxito de la extrema derecha: la despolitización absoluta de la sociedad.

Es en esta grieta donde la extrema derecha despliega su ingeniería cultural, desplazando las culpas del Estado y del mercado hacia la responsabilidad individual. El ciudadano sufre las decisiones políticas, pero pierde la capacidad de señalarlas. A esta dinámica se acopla la inteligencia artificial: lejos de emancipar, subordinada al imperativo de la productividad, termina adiestrándonos para soportar lo insoportable —dando alivio al agotamiento, consuelo a la frustración y compañía artificial a la soledad—. Paradójicamente, estamos más acompañados que nunca en lo digital y más solos que nunca en lo político. Esta lógica encuentra su correlato sagrado en la teología de la prosperidad neopentecostal, donde la fe se mide en clave de rendimiento económico. Si el éxito es bendición y el fracaso es tibieza espiritual, la injusticia social deja de combatirse en lo colectivo y pasa a expiarse en la intimidad de la conciencia.

Sin embargo, sería un equívoco interpretar este panorama exclusivamente desde el pesimismo. Las diversas expresiones de descontento que hoy conmocionan a sociedades como la francesa —por citar su caso más resonante— permiten vislumbrar un fenómeno que podríamos denominar el anarquismo del mal humor social: una reacción defensiva frente a la embestida de la precarización, la degradación del día a día y la erosión de los proyectos comunes.

Pero la política nunca se extingue, pues el pueblo es, ante todo, una categoría política inalienable. El llamamiento a convertir esa reacción intuitiva en una praxis política articulada exige a la dirigencia del campo popular y progresista estar a la altura histórica y abandonar toda mezquindad. En el pueblo que ocupa la calle se preserva una última esperanza: el malestar social puede ser la huella de una democracia herida, pero es también la señal inconfundible de un pueblo que se resiste a renunciar a una vida justa y digna.

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