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LA UNIDAD DE LOS PUEBLOS, LA SOBERANÍA Y LA FUERZA DE LAS CONVICCIONES

Por Luis Ger.

26/10/2026 19:48 Opinión
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Por Luis Ger | Referente del Movimiento Justicia y Libertad – Unidad Socialista. Frente Cívico.

Brasil nos deja una enseñanza que los argentinos debemos analizar profundamente. La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en las elecciones presidenciales de Brasil no constituye solamente un resultado electoral. Representa una experiencia política que invita a reflexionar sobre el valor de la unidad, la organización popular, la militancia y la perseverancia democrática.

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Lula logró revertir una elección que había comenzado con una derrota en primera vuelta. Con aproximadamente el 51,77% de los votos, frente al 48,23% de Flávio Bolsonaro, protagonizó una remontada histórica.

Pero los números, por sí solos, no explican toda la dimensión de lo sucedido.Detrás de ellos encontramos una enseñanza: ninguna circunstancia política es necesariamente irreversible cuando existen convicciones, organización, participación ciudadana y capacidad para construir acuerdos.

La unidad no es uniformidad. No exige abandonar nuestras ideas ni renunciar a nuestra identidad. Exige comprender que existen objetivos superiores a las diferencias circunstanciales.Como hemos sostenido tantas veces: «Primero los ideales, después los egos».

Y también que la política no puede convertirse en un negocio ni en una competencia de vanidades personales. La política debe ser, fundamentalmente, un acto de servicio al pueblo.La soberanía comienza por defender a los propios. La experiencia brasileña también permite recuperar un debate central para América Latina: el de la soberanía nacional.

Lula sostuvo posiciones de autonomía frente a las presiones internacionales, particularmente en sus diferencias con Donald Trump por las políticas comerciales y arancelarias. Sus relaciones y desacuerdos con dirigentes como Trump, Javier Milei o Benjamin Netanyahu pertenecen a contextos distintos y no pueden considerarse, sin más, causas determinantes del resultado electoral.

Sin embargo, existe una discusión de fondo que merece ser recuperada: ¿para quién se gobierna y cuáles son los intereses que deben orientar las decisiones de un Estado? Gobernar no significa enfrentar al mundo. Significa relacionarse con él desde la dignidad, la independencia y la defensa de los intereses nacionales.La soberanía no comienza ni termina en un discurso. Se expresa en las decisiones económicas, en la defensa del trabajo, en la producción nacional, en la educación, en la salud y en la capacidad de un pueblo para decidir su propio destino. La Patria no está en venta. La Patria se defiende.

San Martín y la extraordinaria enseñanza de nuestra historia. Los argentinos no necesitamos buscar exclusivamente en otras naciones los ejemplos de unidad y grandeza. Tenemos nuestra propia historia. Y tenemos a José de San Martín.

Cuando el Libertador organizó el Ejército de los Andes, comprendió que la independencia no podía ser la empresa de un hombre ni de un sector social. Convocó a criollos, pueblos originarios, militares, profesionales, artesanos, trabajadores, religiosos y mujeres que contribuyeron con recursos, trabajo y compromiso.Las damas mendocinas participaron activamente en aquella extraordinaria movilización colectiva.

San Martín entendió algo fundamental: para enfrentar a un poder exterior era necesario construir una fuerza interior organizada.Y cuando impulsó decididamente la declaración de la Independencia, comprendió que no bastaba con combatir militarmente a los realistas. Era indispensable que existiera una Nación políticamente soberana. Su insistencia ante los congresales de Tucumán fue una expresión de esa convicción.

Aquí aparece una comparación que merece una profunda reflexión:San Martín procuró fortalecer a los de adentro para enfrentar las imposiciones de los de afuera. Hoy debemos preguntarnos si muchas de nuestras decisiones no terminan haciendo exactamente lo contrario: exigir sacrificios a los de adentro para satisfacer las demandas de los de afuera.Esta diferencia no es solamente económica. Es política, histórica y moral.

Un proyecto nacional debe comenzar por reconocer que el verdadero destinatario de la acción de gobierno es su propio pueblo.No hay soberanía auténtica cuando se debilita la producción nacional, se deterioran los salarios, se abandona a los jubilados o se transforma la salud y la educación en privilegios. No hay Patria libre sin un pueblo con derechos. No hay independencia política duradera sin independencia económica y justicia social. La militancia no es odio: es amor por el pueblo.

Otra reflexión que deja Brasil es la importancia de la militancia.

La movilización ciudadana, la participación de organizaciones sociales, los estudiantes y la actividad territorial y digital tuvieron un papel destacado en la segunda vuelta.Pero la militancia que necesitamos reivindicar no debe confundirse con la agresión, la intolerancia ni la descalificación de quienes piensan diferente.

Militar no es odiar al adversario.Militar es defender una idea, estudiar la realidad, escuchar al otro, organizar a la sociedad y trabajar por transformar las injusticias.Militar es servir.El odio puede movilizar emociones inmediatas, pero no sustituye un programa de gobierno, una propuesta de desarrollo ni una organización democrática.La convicción necesita razonamiento. La pasión necesita formación. Y la militancia necesita autoridad moral.La coherencia no se proclama: se demuestra.

Quien pretende conducir debe comenzar por dar el ejemplo. Porque conducir no es mandar, y mucho menos imponer. Es convencer, escuchar, construir y asumir responsabilidades. Como tantas veces hemos planteado: «La unidad se construye con paciencia, no con gritos».

La Argentina necesita recuperar un proyecto nacional. Nuestro país atraviesa discusiones profundas sobre el papel del Estado, la distribución de la riqueza, el desarrollo productivo, la deuda, el trabajo y su inserción internacional.Son debates legítimos en una democracia.Pero ninguna diferencia debería impedir la búsqueda de acuerdos básicos alrededor de la soberanía, la Constitución, la convivencia democrática y el bienestar general.

La enseñanza que podemos extraer de Brasil no consiste en copiar un liderazgo ni trasladar mecánicamente una experiencia electoral.Consiste en comprender que las sociedades pueden reorganizar sus fuerzas, superar divisiones y construir nuevas mayorías cuando existen propuestas capaces de expresar aspiraciones colectivas.La unidad debe ser política y programática, no solamente electoral.No alcanza con reunir dirigentes para una fotografía. Es necesario acordar qué país se pretende construir, cómo se distribuirán las responsabilidades y qué compromisos concretos se asumirán ante la ciudadanía.Porque distribuir el poder también significa construir un poder ciudadano más fuerte. Y porque el futuro no se espera: se construye con participación, formación, trabajo y compromiso.

Una reflexión final. San Martín no organizó la independencia desde el odio a quienes pensaban diferente dentro de su pueblo, sino desde la necesidad de reunir voluntades alrededor de una causa histórica. Lula, en circunstancias absolutamente distintas, logró ampliar sus apoyos electorales y revertir un resultado adverso. Ambas experiencias, sin desconocer sus enormes diferencias, permiten reflexionar sobre el valor de la organización colectiva. No hay transformación profunda sin convicciones.No hay convicciones capaces de perdurar sin formación.No hay organización democrática sólida sin respeto por el otro. Y no hay unidad verdadera cuando los intereses personales se colocan por encima del bien común. La Argentina necesita recuperar su capacidad de diálogo, de construcción colectiva y de pensamiento nacional, sin renunciar a la pluralidad de ideas que caracteriza a toda sociedad libre.

No se trata de construir enemigos. Se trata de construir una Nación. No se trata de imponer el pensamiento único. Se trata de encontrar, entre nuestras diferencias, aquello que nos permita trabajar juntos. No se trata de odiar más. Se trata de comprender mejor, razonar, convencer y actuar con amor por nuestro pueblo. Porque la política, cuando se ejerce con ética, compromiso y sensibilidad social, puede ser una de las expresiones más elevadas de solidaridad humana.

Unidad no es uniformidad. Soberanía no es aislamiento. Militancia no es odio. Y gobernar no es someterse a los poderosos, sino servir al bien común. Nuestra historia demuestra que los grandes desafíos requieren grandes acuerdos. Y que ningún pueblo debe resignarse a aceptar como inevitable aquello que puede transformar mediante la democracia, la organización y la participación.

¡El cuándo es ahora!

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