Opinión Por Padre Ramón Tenti - Párroco de Nuestro Señor de Mailín

Peregrinación a la capilla de Mama Antula (Silípica)

18/08/2017 -

Nuestro pueblo santiagueño ama las peregrinaciones, miles de hermanos peregrinan todos los años al Señor de Mailín, a la Virgen del Valle, y otras devociones que convocan a los peregrinos para expresar su fe en Dios, el Señor que "ama, perdona y consuela". Las peregrinaciones son un signo que aglutina valores genuinos de la "religiosidad popular", del modo sencillo de vivir la fe del pueblo de Dios. En estos tiempos de crisis de valores, y de alejamiento de muchas personas de las instituciones religiosas, también de nuestra Iglesia, rescatar y fortalecer esta expresión de fe es de vital importancia para el anuncio del Evangelio y el seguimiento de Jesús. Las riquezas espirituales y humanas que poseen las peregrinaciones nos ayudan a seguir caminando en la fe para servir mejor a los hermanos. En ellas podemos experimentar el "consuelo y el perdón de Dios". Cuando peregrinamos sentimos que Dios camina a nuestro lado, que se hace cercanía para bendecirnos y comunicarnos su amor. Vivimos, como pueblo de Dios, la experiencia del perdón, el Padre nos reconcilia ofreciéndonos una nueva oportunidad, un nuevo modo de vivir. Este peregrinar lo hacemos junto a otros hermanos, como pueblo de Dios, no aislados, sino juntos, en la esperanza de recibir el Reino de Dios que Jesús ha hecho presente con sus palabras y gestos, y sobre todo con su muerte y resurrección. ¡Qué lindo sentirme parte de ese pueblo! Soy discípulo y misionero del Reino, pero junto a los hermanos, a las comunidades, a todos los que caminan conmigo. Jesús caminaba entre los hombres y pueblos anunciando el Reino, desinstalado de su propia familia, de su grupo de referencia, en la búsqueda peregrina de cumplir la voluntad de Dios. Ese caminar de Jesús se refleja en su comunidad, la Iglesia es peregrina por naturaleza, una" Iglesia en salida" como le gusta decir al papa Francisco, que lleva a Jesús a todos, para que lo conozcan, amen, adoren y sirvan. Cuando peregrinamos damos testimonio de estar al servicio del Reino, superando la tentación de la autorreferencialidad. Salir de sí mismos y caminar junto a otros nos humaniza, nos vuelve más sensibles a las necesidades de los otros, por eso en las peregrinaciones los gestos de ayuda, solidaridad, de ternura sobreabundan. Cada peregrino se siente responsable de su hermano, lo protege, lo anima, lo apoya al caminar. Es esta una palpable imagen de la humanidad tal como la creó el Padre Dios, todos iguales, todos hermanos, ayudándonos unos a otros a caminar por la vida buscando la felicidad tan anhelada. La peregrinación a los pies de la "Beata de los Santiagueños", nuestra querida Mama Antula, nos rejuvenece como Iglesia santiagueña. Nos ayuda a reencauzar nuestro camino de evangelización diocesano, cercano a los pobres, al pueblo sencillo que expresa su fe de esta manera, enriquecida por sus plegarias, sus cantos de júbilo, sus gestos de penitencia, sus repiques de bombos, sus danzas alegres, sus romerías de velas, cintas de colores, ofrendas, y música de acordeones y erques. Peregrinar a la casa de la Mama Antula, expresa nuestra santiagueñidad, pobre de pan pero rica en gestos de misericordia y hospitalidad. Mientras vamos caminando, nuestra Iglesia se vuelve señal que apunta al Reino de Dios, que recupera la memoria de los mártires y de los testigos anónimos que muestran el rostro amoroso de Dios que nos renueva en la fe para seguir caminando tras los pasos de Jesús, y en la esperanza de que es posible anhelar un nuevo cielo y una nueva tierra. Ser parte de esta peregrinación, de esta comunidad peregrina, nos emparenta cada día más con la Iglesia que soñó Jesús. ¡Los esperamos para caminar juntos! La Mama Antula nos lleva a Jesús.

 
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