Evangelio según San Lucas 21,12-19.

29/11/2017 -

Jesús dijo a sus discípulos:

“Los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí.

Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir.

Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán.

Serán odiados por todos a causa de mi Nombre.

Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza.

Gracias a la constancia salvarán sus vidas”.

Comentario

La Palabra de ayer y de hoy nos habla de luchas. ¿Quién no las tiene? Luchas de intereses, luchas de poder, luchas por mantenerte en el camino...

Cuando somos niños, pensamos que la fe es una especie de escudo que nos protegerá de todos los males, presentes y futuros.

Algo así como una varita mágica que hace que las dificultades se superen al instante. Cuando leemos a fondo el Evangelio, descubrimos que es verdad que el final es feliz, y que entonces “no habrá llanto ni dolor...”, pero que para llegar allí hay que pasar por la lucha, la tribulación... la muerte. Jesucristo también es Camino en esto.

Su resurrección llega tras la pasión. No eludió nada, sino que todo lo afrontó.

La fe no nos evade de nada, sino que nos introduce más en la vida, en su densidad y espesor. Pero sí nos ayuda a caminar, en medio de todo. Sin creer en la fatalidad. Confiando, más bien, que “a los que aman a Dios, todo les sirve para bien”. Y en ese “todo” incluimos que una dificultad, un problema, una enfermedad... pueden ser ocasión de una vida más lúcida, más confiada, más plena.

En toda lucha, Dios está con nosotros. Y no va a permitir que la prueba supere nuestras fuerzas.

Y en la lucha final contra la última enemiga -la muerte- tenemos la presencia de nuestro Hermano mayor, que ya pasó por ella. Jesucristo, desde su cruz, acompaña para siempre toda lucha.

“Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. Pide el don de la perseverancia... y deja que tu confianza crezca.

 
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